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"La fiesta del Chivo"

Una compañera de trabajo me contó que, en el hotel donde nos alojamos, en una de sus primeras estancias, había visto a Vargas Llosa. Cuando empecé a leer esta novela certera y dolorosa, entendí que el nobel peruano, precisamente, se había inspirado en el Crowne o en el cercano Jaragua para el principio de la historia. Me emocioné. La literatura, la gran literatura, se llevó todo mi aburrimiento por delante y me regaló tres mañanas luminosas y plenas. La narradora, Urania Cabral, vuelve a Santo Domingo y está alojada en una de esas torres que miran al Caribe, ese mar tan hermoso, tan ajeno al ruido y al humo del tráfico -"tránsito"- en el Malecón, avenida George Washington, Distrito Nacional, República Dominicana.

¿Debemos llevar a los viajes algún libro que transcurra en el sitio al que se viaja? O más bien, ¿algo sobre las antípodas? ¿Algo que no tenga nada que ver con nuestro destino? O incluso, ¿debemos leer en los viajes? La realidad, el calor, los sonidos, los sabores distintos, son la realidad y no deberíamos necesitar nada que complemente a la realidad. En este viaje he encontrado, para siempre, la respuesta a esas viejas preguntas. "La fiesta del chivo" me ha ayudado a comprender, a mirar las palmeras y la basura, a escuchar, a andar por la que fuera la primera capital de América. La literatura es la realidad. Sin ese libro, no se puede entender la historia de ese país pequeño, herido y hermoso que ocupa los dos tercios orientales de la Española. 

La novela se mueve en dos periodos. Urania regresa a la isla a mediados de los 90; pero la historia se centra en el atentando ("ajusticiamiento") contra Trujillo, en 1961 y los acontecimientos que el magnicidio desató. La prosa de Vargas Llosa es lineal y brillante, engañosamente simple, adictiva. Pocas veces se ha indagado tan bien en la relación entre el poder y la violencia sexual, entre el poder absoluto y el mal absoluto. Se recuerdan para siempre, los olores de la infancia y a mí, me vino el olor de "La guerra del fin del mundo", que estará guardado en alguna caja.

Rafael Leónidas Trujillo fue uno de los grandes hijosdeputa de la historia latinoamericana. Mediante el terror, la tortura y la corrupción, fue el dictador y dueño de la República Dominicana durante 30 años, hasta que la Iglesia y los yanquis dejaron de apoyarle y el 30 de mayo de 1961, a las 9:45 de la noche, en el kilómetro 9 de la carretera de Santo Domingo a San Cristóbal, murió acribillado. Jorge me llevó a ese sitio en el viaje anterior. No les sorprenderá saber que Trujillo, junto con algunos de su clan, como el psicópata de su hijo Ramfis, está enterrado en El Pardo, en Madrid.

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