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El secreto de Santa Vittoria.

Golpe de estado en los USA, yo no encuentro el boli, Hitler sigue matando niños en el gueto de Gaza, estas peras de San Juan no tienen ningún sabor, a Macron le pega su mujer, las materias primas se van acabando y la única receta es aumentar el presupuesto militar para la gran rapiña final. Solo nos queda la ilusión de que cuando Bildu, ERC o Pueyo, el de Fonz, fuercen al camarada Pedro a convocar elecciones, el año que viene, la candidata a la presidencia del gobierno sea la madrileña, a ver si se dan el gran batacazo, nos reímos mucho y ellos aprenden de una vez qué es España (y Portugal). Cuando uno envejece en tiempos tan oscuros, se aferra como un aterido náufrago a sus viejos cánones, a sus libros y pelis preferidas. Nos encerramos en nosotros mismos, en nuestras listas y en nuestros hábitos. "En tiempos de tribulación, no hacer mudanza" recomendaba el santo soldado de Loiola. Y muy arriba entre las películas de mi canon está "El secreto de Santa Vittoria" (1969). Ya se sabe que hay que ubicar en esas listas alguna cosa inesperada, que llame la atención de los críticos profesionales. Postureo lo llaman ahora. La echaron el otro día en un canal de esos en los que ponen muchos anuncios y yo la disfruté, como siempre.

El productor y director Stanley Kramer ya había tocado antes la segunda guerra mundial en "¿Vencedores o vencidos?" (1961), y ganó un Oscar como mejor director. En "El secreto..." se tomó las cosas más a broma. Aún así, no confió casi nada al azar. La peli se basa en un bestseller de R. Crichton (1966) y tiene como protagonista a un brutal Anthony Quinn (Italo Bombolini), que casi no deja sitio en la pantalla para nada ni para nadie más. Cuando Maria Bombolini (la gran Magnani) le explica a la hija por qué se enamoró del borracho de su padre dice algo así como: "Un hombre alto, de manos grandes, que siempre reía...¿cómo podía resistirme? Y míralo ahora, siempre borracho, rodeado de gorrones borrachos, roncando como un cerdo". Italo va y viene, gesticula, grita, se pone la gorra, presume, ríe, suplica, canta, bebe el vino a grandes tragos, se quita la gorra, se peina, llora asustado, ronca y baila feliz. Bombolini, el borracho exagerado, es Italia.

Los fascistas italianos eran muy valientes matando abisinios y españoles desarmados. Pero cuando se enfrentaron a griegos y británicos armados, se cagaron encima. Así que la Wehrmacht tuvo que tapar el avance aliado hacia el norte de la península desde mitad del 43 hasta la derrota de 1945. Mientras, se produjo en Italia una guerra civil durante la cual los de Mussolini se ensañaron con la población civil y los alemanes robaron todas las riquezas que pudieron. Ya se sabe que los fascistas hacen cosas de fascistas.

Santa Vittoria es un pueblo del norte. Se supone que en la zona de la efímera República de Saló, el estado títere controlado por los alemanes. En realidad, según me cuenta el Chatgpt, la peli se rodó más al sur, en el Lacio. Ya decía yo que había mucha luz en esas plazas y callejones hermosos. La trama principal tiene dos partes. La historia empieza cuando el duce colgaba boca abajo en la plaza Loreto de Milán. Así que la primera parte es cuando los fascistas tienen que dejar el poder municipal. La segunda parte es cuando llegan los alemanes para llevarse el gigantesco tesoro de Santa Vittoria: más de un millón de botellas de vino para hacer vermú. Para sustituir a los dirigentes fascistas, el pueblo ha elegido como alcalde al más inútil: Bombolini, el borracho. La mala idea es evidente, cuando vengan los alemanes a por el vino, apretarán y quizá torturarán al que encuentren al mando. Que sea al inútil de Bombolini.

Pero el inútil de Bombolini se revela sanchopancesco en esa Barataria que le ha tocado gobernar. Es alguien que, aún borracho, ve venir a los fascistas primero y a los alemanes después. Lo inspira una especie de sabiduría antigua. Actúa con una serena compasión por los suyos, independientemente de su pasado político. A cualquier español le resultarán familiares las escenas en las que los antiguos concejales fascistas se reconvierten fácilmente en demócratas. Aquí al timo del Gatopardo lo llamaron transición. Ya saben, hay una mezquina continuidad entre el marqués de Villaverde, Carlos Navarro, el borbón delincuente, Zaplana, Bárcenas y Koldo. Pero el gran Bombolini manda encarcelar a los concejales salientes y les tiene reservada cierta clase de justicia poética. Y cuando Bombolini ya es alcalde, la peli nos obsequia con varias conversaciones dignas del mejor Cervantes: Italo se pone un traje y las insignias oficiales y le pregunta al alguacil: "¿Qué parezco?" "Lo que eres, un payaso" responde lacónicamente el lacayo. 

La segunda parte de la película es la parte bélica. Hay un desertor del ejército fascista, que, como todos los del pueblo, ha cogido uva de pequeño, es decir, es de los nuestros, una condesa (la bella Virna Lisi) y el oficial alemán (Krüger) que quiere montar a la condesa y llevarse las botellas de vino. Y de nuevo, el borracho del pueblo sabe manejar la situación para proteger el bien común. Ya saben ustedes, el run run es defender el bien común, como se cantaba en otros tiempos más luminosos. 

Bombolini lo tiene más difícil. Le ponen una pistola en la frente: "Ellos aprietan, yo cedo, ellos aprietan, yo cedo". Pero el borracho  se interpone entre su pueblo y los expoliadores. ¡Cuántos socialistas dieron su vida por defender lo común, lo que era de todos, frente a los señoritos, frente a los curas, frente a los alemanes! Esos viejos héroes miran con ojos vacíos y vengadores a Koldo, a Ábalos, a Cerdán, desde las fosas comunes donde los echaron. Qué nunca te miren esos ojos.... 

Bombolini, el payaso valiente defiende a todos, poniendo su cuerpo grande y meado entre el vino y los ladrones. No quiere que los nazis lo fusilen; le queda mucho que beber y que reír; pero se arriesga, nunca dice dónde están las botellas, porque ama el vino que contienen; pero especialmente, porque sabe que las botellas son del pueblo. Son del común. Son Santa Vittoria.


 

 

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