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No es normal, no fue y no será.


La última guerra del imbécil va a tener una cosa buena: nos va a espabilar a todos. De pronto, vamos a comprender que la prosperidad de nuestra vida anterior era ficticia. Que el capitalismo creador y el crecimiento infinito se basaban en una falacia: que los recursos eran ilimitados. Los economistas, los magos, los vendedores de pócimas, los brokers y los teólogos van a comprender repentinamente que el mundo es material. Humilde, estúpidamente material. Y que el planeta tiene límites. Todos vamos a aprender, a golpes, que nuestra vida y la subsistencia de nuestra prolífica especie están gobernadas por las mismas leyes de la termodinámica que rigen el resto del universo. Que si comemos y nos calentamos en invierno es porque hemos tenido la suerte de que las trampas geológicas y los pliegues anticlinales guardaron durante milenios, para nosotros, como un regalo envenenado, toneladas de algas pudriéndose. Pero que esa mierda prodigiosa empieza a acabarse. Y con ella, los fertilizantes, las zapatillas de running, el queroseno que te lleva de vacaciones y el gasóleo que pone marisco en tu mesa y patatas en la mesa de los pobres. No va a haber ningún milagro tecnológico. Los coches de Elon Musk no evitarán que llegue un largo invierno. Vamos a empezar a prepararnos. 

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