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Elegy


Me envía Amparo la reseña del estreno que vimos el sábado en los Lys:
'Me gusta Isabel Coixet porque es maestra en el arte de hilvanar sentimientos contradictorios sin que el caos de ese tapiz nos abrume. “Elegy” empieza lenta y prosigue lenta, como “La vida secreta de las palabras”, pero lo que va aconteciendo es tan auténtico, las situaciones tan creíbles, que la cadencia de las secuencias, su ritmo pausado pero imparable, nos sujeta a la butaca sin remisión, de principio a fin. Era complicado encontrar a la pareja protagonista sin caer en el tópico de la canicular relación entre profesor y alumna. Ben Kingsley y Penélope Cruz, esa actriz de talento proporcional al buen hacer de quién la dirija, se deslizan sin estridencias sexuales y sin discordancias físicas, por una relación a caballo entre el hedonismo convencido y las correas con que nos ata la necesidad de sentirnos amados, necesidad que encierra otro temor, el de envejecer, y más aún el de envejecer solos. Es una historia sobre miedos, los miedos de todos: al compromiso, a la soledad, a perder atractivo, a no gustar, a envejecer, a enfermar, a morir. Las conversaciones que el profesor mantiene con su amigo el poeta, a pesar del humor que las edulcora, y con la amiga que ha sido su amante intermitente durante 20 años, a pesar del buen sexo que las disfraza, ahondan más si cabe en el tapiz expuesto de las paradojas humanas. Algo que dice Consuela al final quizás resuma la única verdad de la historia, que no son los años lo que marcan el tiempo, sino la actitud, la conciencia de que cada día es único y que ningún momento, presente o futuro, está a salvo del destino.'

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