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La falla King-Kong (1)


Hemos sobrevivido a otras fallas. Y ya van unas cuantas. Como el resto de  los 1.700.000 habitantes de Valencia y su zona metropolitana, disfrutamos, padecemos, odiamos y vivimos, año tras año, la fiesta de la ciudad. Las fallas forman parte de ese circuito eterno e imaginario de celebraciones ruidosas y telúricas en las que, según creen los extranjeros, siempre estamos implicados los españoles: los carnavales, las hogueras, la semana santa, san Fermín, las innumerables fiestas de los pueblos, la tomatina y la virgen del Pilar. En "Astérix en Hispania" los dos galos atraviesan la península de fiesta en fiesta, asombrados, condescendientes, felices, rodeados de íberos borrachos y de oscuros sacerdotes solemnes.

No se puede negar que las fallas y la Valencia que las celebra impresionan al que las ve por primera vez. Los monumentos, destinados al fuego, aparecen, coloridos y mágicos en cada esquina, el ruido continuo de los petardos atonta y todas las calles huelen a pólvora, al aceite requemado de las buñuelos, a verbena y a meados. Para los nativos, en cambio, todo es predecible y repetido. Y en muchos casos, molesto, muy molesto. 

Todas las fiestas masivas son contradictorias; pero las fallas deben ser las campeonas de la contradicción. Nacieron como la fiesta del gremio de carpinteros de la ciudad (els fusters), que, como en todas las orillas del Mediterráneo, celebraban el equinoccio encendiendo hogueras. Las fallas de los siglos XVIII y XIX eran profundamente subversivas, libres. La fiesta de la Valencia rebelde y menestral que había que castigar cada cierto tiempo. Obviamente, no les debía gustar demasiado a los obispos, a los alcaldes y al gobernador civil verse representados como muñecos condenados al infierno. En 1886, las autoridades consiguieron asfixiarlas económicamente y no se plantó ninguna falla. 

Durante las primeras décadas del siglo XX, las fallas se extendieron por las ciudades de alrededor y se fueron convirtiendo en un atractivo turístico. En una Valencia dividida entre el republicanismo jacobino y el incipiente valencianismo, la burguesía castellano hablante tenía su feria de julio y las clases populares valenciano parlantes, sus fallas gamberras y anticlericales, en marzo. 

Sin embargo, las fallas de hoy en día son una fiesta tremendamente controlada e institucionalizada, llena de elementos ajenos a su naturaleza original. Después de la victoria de Franco, se creó la Junta Central Fallera o la ofrenda de flores a la Virgen. Todo se militarizó y se controló.  Las fallas eran un fenómeno demasiado importante para que el nuevo régimen las prohibiera. Así que las reinventó, con todas las contradicciones a cuestas: se convirtieron en el único espacio público donde el uso del valenciano no era perseguido y donde se permitía una pequeña crítica al poder. 

Se potenció también la exaltación de las falleras mayores (falleres majors, en valenciano). La primera después de la guerra, fue, obviamente la hija del jefe de las tropas de ocupación, el general Antonio Aranda, uno de los que cobraba sobornos del Reino Unido. Y en la lista de las vírgenes vestales abundan los apellidos compuestos de gente bien. Porque la jerarquía interna de las comisiones falleras empezó a reflejar las estructuras de poder del franquismo y de la burguesía valenciana. Era y es común ver a los prohombres más poderosos detrás de las fallas más ricas y ostentosas, normalmente en el centro gentrificado de la ciudad, presumiendo de hijas bonitas, incapaces de leer un párrafo entero en valenciano. 

Mientras, los barrios y las ciudades del entorno crecieron y recibieron miles de emigrantes de las zonas hambrientas de España. Integrarse en las humildes fallas de sus calles sin alcantarillado era su camino para crear una identidad nueva. Como ya hemos escrito aquí, los emigrantes castellanos y andaluces empezaron a organizar fallas castellanas y andaluzas. Los oriundos de los pueblos del cinturón, descendientes de agricultores, valenciano parlantes, discretamente, fueron reencontrándose en otras fiestas menores, más locales, desconocidas para el gran público, como la Cordà de Paterna, la Passejà de Quart o la Muixeranga de Algemesí, la que pasa por ser la más valenciana de las fiestas.

 

 

 

 

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