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Los limoneros.


El sábado fuimos al cine. Y mi novia eligió bien, porque vimos una coproducción franco-israelí, llena de inteligencia y sensibilidad.
El planteamiento es fácil: Cisjordania, una palestina (Hiam Abbas) que vive de los limoneros que heredó de su difunto marido. El ministro de defensa israelí se muda a su lado y el servicio secreto decide talar los limoneros porque dificultan la vigilancia de la casa del ministro. La viuda Abbas se opone y el caso recorre el sistema judicial israelí. Es fácil ver el simbolismo de todo el asunto y la película podría haber caído rápidamente en un maniqueísmo simplificador. Pero el director (Riklis) se las apaña para ir sacando más cosas de la historia: la vida cotidiana de la viuda, las contradicciones internas de la sociedad palestina, las palabras en hebreo y en árabe, los problemas matrimoniales del Ministro de Defensa, etc... Es decir, la vida, más allá del conflicto en Palestina. La vida reflejada en el excelente sabor de la limonada que prepara Abbas, que con su madura belleza mediterránea, llena rotundamente la pantalla, en cada movimiento, en cada gesto. Por supuesto, el conflicto seguridad-justicia no se resuelve porque no tiene solución, del mismo modo que no hay solución satisfactoria para todos en el conflicto en Palestina.
Durante la película pensé en otro nivel, en aquellos a los que despojan de lo suyo para llevar a cabo proyectos "de interés público". Pensé en los dueños de frutales y de casas, afectados por las grandes obras hidráulicas en España (en Jánovas-Chanovas, en Riaño, en Aoiz, ahora en Yesa). En estos casos, se esgrimen para humillarlos y expulsarlos de sus casas presuntas necesidades públicas... En la película, la razón son las decisiones defensivas de un ejército de ocupación. Los guardias civiles que dinamitaron las casas de Chanovas para que sus habitantes no pudieran volver o que cargaron contra las pobres gentes de Riaño no eran un ejército de ocupación ...¿o sí?

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