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Vasil (1)

Al parecer, la palabra "samar" tiene muchos significados en árabe. Uno de ellos se refiere a la conversación tranquila, cuando ha llegado la noche. La conversación entre amigos que se cuentan historias cuando ya hay luna y cuando las prisas del día se han ido. 

Saco a las perritas sobre las ocho de la tarde. A mitad del paseo, me siento con un vecino en la terraza del chino. Bromeamos sobre lo sucia que tiene el chino la terraza, la barra, los váteres y el bar entero. No hace tapas, cobra caro; pero al menos tiene la cerveza muy fría. La disfrutamos durante nuestro samar vespertino. El vecino opina que el chino no podrá mantener abierto el negocio mucho tiempo, mientras solo sea un chupadero. El vecino conoce bien el Puerto, lo ha visto cambiar a lo largo de su vida. A mí me da pena porque las tres hijas del chino son guapas y espabiladas. Y porque solamente a mí me pone cacao u olivas con la cerveza. Soy el único que da las gracias en mandarín.

A menudo, más contertulios se incorporan a nuestro samar:

a) Un señor del Bierzo, que también pasea a una perrita, y que vino hace años a trabajar en la Ford. Ahora tiene que decidir si se jubila o no. Siempre tiene frío y nos hace gracia al vecino y a mí. Se supone que un leonés no puede tener frío. 

b) Un paisano mío, ya jubilado, con tanto acento aragonés, que, a menudo, solamente yo le entiendo.

c) Un albañil de origen polaco que habla español con un vocabulario rico y exacto. Le digo, bromeando, que eligió mal. Si en lugar de venir al sur, hubiera emigrado a Londres, como hicieron muchos otros polacos, ahora sería rico. Él se sonríe y apura su pacharán. Mi paisano no saluda al polaco. Viejos pleitos de albañiles viejos, supongo. 

d) Un gitano de Vallecas, que también trabaja en las obras. El otro día le contaba al polaco la sutil diferencia entre mercheros y quinquis. Mis perritas ponían atención. 

e) Un fontanero rumano, que siempre anda atareado. Según él mismo, sabe hacer de todo, y eso incluye fabricar explosivos, saltar en paracaídas, hablar alemán, escalar montañas y cambiar inodoros. El otro día, lo crean o no, me regaló una gramática del sánskrito que encontró en un piso de los que vacía y reforma.

f) El rumano es muy amigo de un moro viejo que vende ropa por los mercados de la comarca y que a veces también viene. Saluda "Salam aleikun" antes de tomar el último café del largo día. Es callado y amable.

Como ven ustedes, no son las famosas tertulias del café Gijón de la villa y corte; pero nos sirve para entretener la tarde. El vecino y yo hablamos de películas o nos reímos de las mentiras de Mazón. El vecino pertenece a la cuarta generación en el Puerto. Su bisabuelo debió ser uno de los primeros que levantó chabolas para vivir al lado del embarcadero de mineral. A su abuelo lo mataron los fascistas italianos durante la guerra, cuando aquellos hijos de puta venían desde Mallorca para entrenar el tiro al español desde sus putos aviones inmunes. El moro también lleva muchos años aquí. A menudo recuerda los negocios antiguos que había en estas plazas y calles, cuando esto era una ciudad industrial y donde ahora, hay cada vez más viviendas para los turistas. Supongo que en la jerarquía de antigüedades siguen el señor del Bierzo, que anda calculando la pensión que va a cobrar y mi paisano. Les deben seguir el polaco y el rumano, que ya sufrieron aquí la crisis del 2008. A veces, tienen que pasar al ruso para encontrar una palabra común que defina algún tipo de arandela o de llave de fontanería. No les falta el trabajo. Todas estas casas necesitan mucho mantenimiento. No le he preguntado al gitano de Vallecas, que se llama Cortés, cuanto tiempo lleva haciendo jornales en este pueblo; pero sospecho que yo soy el último en llegar. 

Entre las nueve y las nueve y media, se levanta la tertulia. El chino quiere cerrar. El vecino tiene que hacerle la cena al hijo. Los contertulios madrugan mucho (es lo que tienen los mercadillos,  la construcción y los coches). Mi paisano el jubilado y yo, nos hacemos los remolones, apuramos las cervezas y nos vamos hacia casa hablando melancólicos de aquellos altiplanos hostiles de allá arriba, donde antes había ovejas, hombres y caciques. Ahora solo caciques.

Escribo todo esto a raíz de la película Vasil, que vi el otro día en RTVE play. Después de la película reflexioné sobre los cambios que ha habido en nuestra sociedad. Sobre los extranjeros, los diferentes, que viven y trabajan con nosotros y para nosotros. Dejo el comentario cinematográfico para la siguiente entrada.


 


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