Sangre. Mucha sangre. Para atrapar al espectador desde el principio, la peli comienza con escenas muy violentas. La aviación fascista italiana masacra un pequeño pueblo español. Ya se sabe que los fascistas eran muy buenos matando gente desarmada. Los fascistas italianos masacrando a los abisinios o a los campesinos españoles, por ejemplo. Sin embargo, cuando los que tenían enfrente iban mínimamente armados, los fascistas eran más bien cagones. Los fascistas italianos ya no fueron tan valientes frente a los griegos en octubre de 1940 o frente a los británicos en El Alamein en 1942. Y volviendo a casa, frente las tres divisiones del ejército popular de la República en Guadalajara en marzo de 1937 (es que los españoles llevaban fusiles, los muy cabrones). Dicen los arriacenses viejos que todavía se ve pasar a algún italiano corriendo, cubierto de barro.
"Otra película sobre la guerra civil", pensarán ustedes. Pues no. Y la peli nos lo advierte en seguida: vemos a uno de los protagonistas huir de las bombas, refugiándose en la iglesia destruida, subiendo trabajosamente el torso de un San Sebastián asaeteado. Uno de los muchos símbolos poderosos que nos van a mostrar a lo largo de una película hiperbólica y tremendista. Pronto comprendemos que la cosa trata del amor. Sobre el amor homosexual. La violencia brutal de la guerra, que aparecerá de nuevo, varias veces, sirve precisamente, para realzar ese tema principal. "Vivimos en un país lleno de historias de amor, enterradas" dice más adelante otro de los protagonistas, el del siguiente párrafo.
Granada, 1932. Pero el protagonista de esa parte no se llama Federico, sino Carlos. Aunque también anda enredado en los prejuicios de clase y en el deseo que debe esconder constantemente. Vemos unos bares de ambiente en un Sacromonte demasiado sofisticado. Para ser nombrado socio del casino, Carlos debe ser aceptado por la junta directiva. Sale hasta un obispo gordo, muy arquetípico. Las bolas negras ganan a las bolas blancas y es que en una ciudad de provincias como Granada se conocen todos. Y los señoritos no van a permitir que se les cuele en sus sociedades un marica. Bastante tenemos con que les estén enseñando a leer y a escribir a los jornaleros.
El campesino huido acaba en las filas del ejército sublevado. Parece que es después de la caída del frente norte, en septiembre del 1937. Está destinado como guardia en un hospital de campaña, en la costa cántabra. Un creíble Albert Plá manda en ese infierno. Sale la Penélope haciendo de la Maura o la Adámez en "Ay Carmela". Pero nuestro soldadito se enamora del preso principal, el oficial republicano Rafael Rodríguez Rapún, un personaje real. Rafael, interpretado por el guapetón Bernadeau, intenta proteger un secreto, quizás información militar. Y es tan valiente y tan apuesto, incluso con las tripas fuera, que hasta yo me enamoraría de él.
No podemos relacionar la historia de la Granada de 1932 con las aventuras del soldadito despistado de 1937; pero, de pronto, aparece una improbable hispanista, Glenn Close. Suponemos que tenían presupuesto y se lo han gastado en la gran actriz estadounidense para asegurarse el favor de la crítica cultureta allí. Con lo que la Close le cuenta al tercer protagonista, el de la época actual, se cierra el círculo. Los tres planos temporales, cada uno de ellos con su amante insatisfecho, cuadran y coinciden bien. Empezamos a entender que hemos visto un "Soldados de Salamina" más ambicioso y exagerado, más potente visualmente; pero también más pretencioso.
Creo que casi todos los que estábamos en la sala salimos satisfechos. Del manantial prolijo de nuestra historia pueden seguir saliendo dramones como este, que ganarán muchos premios en certámenes homo, hetero y queer. Al menos, hasta que vuelvan los del primer párrafo. Como entonces, para proteger a Europa, serán necesarios fusiles y muchas historias de amor.

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