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El Alamein, 1942. El fascismo.

En dos o tres noches, me he visto "El Alamein, 1942", una peli italiana de 2002 que Prime Video ha añadido recientemente a su oferta. Ya saben ustedes que las plataformas cuidan bien a los hombres blancos heteropatriarcales a los que les gustan las pelis bélicas y que se acuestan tarde. 

La peli me gustó por su planteamiento sencillo. Serra, un estudiante universitario, se incorpora al 28º Regimiento de infantería de la División Pavía. Esa división guardaba el extremo sur de la línea del frente, al lado de la famosa Depresión de Qattara, intransitable. Los alemanes y los italianos habían empujado todo lo que habían podido hacia el este, durante la primera batalla de El Alamein (julio, 1942) y la batalla de Alam el Halfa (septiembre, 1942); pero se habían quedado a unas 50 millas del nudo ferroviario de El Alamein y a muchas más del anhelado Canal de Suez. Así que solo les quedaba esperar que los británicos, muy superiores en hombres y en equipo, contraatacaran. Serra llega con la típica sonrisa idiota de la retaguardia, pensando que pronto pasearán victoriosos entre las pirámides, extendiendo el imperio fascista de Mussolini. Pero lo que ve es que las tropas italianas esperan desmoralizadas, buscando la sombra, sin suministros ni agua, que llegue el enemigo. Y eso es lo que me gusta de la peli. Casi no hay escenas bélicas. Cuando atacan los británicos (en noviembre del 42), simplemente pasan con sus tanques por encima de los aterrorizados italianos. Lo pocos que siguen vivos a la mañana siguiente, buscan a pie, algún soldado enemigo, para rendirse. No hay gloria, ni aventuras, solo
derrotas y la sed infinita de los pobres reclutas engañados o forzados a la guerra por un régimen monstruoso.

Noté que en la peli no aparecía el fascismo italiano y muy pocas referencias al Duce. Se entiende que Serra, como tantos otros, se habían creído todas sus mamarrachadas. Derrotadas Abisinia, España y Francia ¿quien podía evitar la creación del nuevo imperio romano? He ahí la respuesta. En toda la cara. Los países grandes no iban a tolerar más a un payaso como Mussolini. Italia se convirtió en un lastre para los alemanes, en un cadáver que tuvieron que arrastrar por las dunas de África y por los cerros de Italia durante cuatro largos años.

El fascismo es, básicamente, el conjunto de respuestas que un niño de cinco años da a problemas muy complejos. Al niño le escuchan y se viene arriba y se pone hasta violento. Pero el fascismo no es solamente la ignorancia, o el victimismo o las ganas de revancha. Es el tacticismo: Mussolini comprendió pronto que necesitaba a los terratenientes y a los industriales del norte de Italia para llevar a cabo su revolución nacionalista. Y ellos lo necesitaban a él para que los rojos no les requisaran la hacienda. Él fue el primero, pero pronto tuvo discípulos en todos los rincones rencorosos de Europa. En España, el más destacado fue José Antonio Primo de Rivera, al que han cambiado de sitio hace unos días. Será por falta de cementerios. La ley hay que cumplirla. Y si se acercan las elecciones, más todavía. 

A diferencia de Mussolini, de Hitler, o de Pavelič, José Antonio procedía de la clase alta. Si entró en política, más bien a su pesar, fue para partirle la boca a los que criticaban la bragueta de su padre. Escribía bien. Como hijo de militar, desconfiaba de los militares africanos. Le gustaba la buena vida y que le escucharan cuando hablaba. Le hubiera gustado ser poeta. Se quedó en maestro de monstruos. Amaba a una España inmemorial e inexistente; pero despreciaba profundamente a los españoles. Compartió con los otros fascistas un nacionalismo delirante, un vanguardismo imaginativo, y la adoración de la violencia por la violencia; pero el verdadero fascismo español fue, durante su breve existencia, más bien un minoritario movimiento de señoritos que una religión de iluminados. Luego llegaría Franco, que necesitaba carniceros, borró cualquier aspecto subversivo del partido del difunto José Antonio y heredó los disfraces y las canciones rancias.



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