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Libros del instituto.

Durante este invierno improductivo y aburrido he leído dos libros que podría clasificar como "libros de instituto". Quiero decir, lecturas de las que suelen (o solían) recetar los profesores de secundaria a sus alumnos. Siempre me leí todos los libros que había que leerse y no podía entender cómo había compañeros que no acababan una tarea tan divertida. Ya se nota que yo era bastante imbécil. Sospecho que los actuales profes de secundaria lo tendrán todavía más difícil para lograr que sus alumnos se lean un libro entero en esta época de ruidos y de interrupciones.

Me encontré el primer libro en la basura. Para mi alegría, alguien había hecho limpieza y junto con varios libros de texto, estaba la novela breve "La gola del llop" de Ferran Torrent y Josep Lluís Seguí. En el insti, leí varios libros de Ferran Torrent. Se trataba de novela negra facilona y divertida, con un protagonista reconocible y resultón: el detective Butxana. Compruebo que  "La gola del llop" (La garganta del lobo) fue la primera obra de Torrent (no de Seguí) y ya apuntaba los temas que se repetirían en sus obras posteriores. Todo muy local: aventuras de detectives aficionados al jazz y al whisky que transcurren en una València en la que los poderosos se han adaptado deprisa a la recién estrenada democracia y se empiezan a hacer grandes negocios sin impuestos ni leyes. En esas novelas en valenciano, había algo fuera de lugar. Los diálogos tenían lugar en un valenciano rico y ágil, cuando esa lengua ya era muy minoritaria tanto en el centro como en los pueblos obreros que circundaban la capital. Era arduo imaginarse a un policía o a un empresario corrupto hablar en valenciano. Aún así, las novelas tenían algo de cercano: citaban calles, barrios o bares que reconocíamos. Gracias a esas novelas y a la tele autonómica, los hijos de los emigrantes de los primeros setenta empezamos a tener contacto con la lengua vernácula, que se resistía a morir. Incluso, algunos comprendíamos que esa lengua merecía tanto respeto como nuestra lengua materna y que también servía para las matemáticas y para la literatura, no solo para los llibrets de falla, aunque haya gente en Madrid que siga sin entender eso.

Merche me regaló el 14 de enero la segunda novela: "El desorden que dejas" de Carlos Montero. Como ya he usado antes el adjetivo "facilona",  ahora tendré que decir que es "muy facilona". Incluso un adolescente de los de ahora se la podría leer entera. O mejor todavía, ver la miniserie de Netflix que ha dirigido el mismo Montero. Un thriller que, para acabar de simplificar las cosas, transcurre en un instituto. Es decir, para qué vamos a salir de la zona de confort.  El contenido pueden imaginarlo: chavales que toman proteinas y tienen ganas de follarse a la profe sustituta, desempleo masivo, paisajes postindustriales, drogas y bullying con el móvil. Me entretuvo varias noches y me hizo acordarme de cuando iba al instituto en un pueblo obrero, al que seguían llegando emigrantes.  

Comentarios

ElSapo ha dicho que…
"huit mil, nou mil, deu mil, onze mil, dotze mil... Hala! dos millons de peles" parq ue luego se diga!

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