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El correo

Noto, con cierto sentimiento de culpa, que no he publicado nada en dos meses. Agosto y septiembre se fueron casi sin dejar huella, como unos ladrones astutos, como un amante canalla, que no se queda a desayunar. La guerra perdida contra el tiempo que solamente los héroes verdaderos saben ganar. Yo no soy ningún héroe, solo aspiro a sacudirme la pereza. Me obligo a retomar el blog y para ello, reseñaré las últimas pelis que hemos visto. 

"El correo" (2024), de Daniel Carpalsoro cuenta la historia de un chaval de Vallecas, un bigardo espabilado que se dedica a transportar dinero en efectivo desde la España milagrosa a las bancos y joyerías belgas, donde lo lavan y lo dejan hecho un primor de blancura. Ya sé que dicho así, suena a la trilogía "Transporter" de Jason Statham; pero Carpalsoro ha sido honesto. Ha hecho una cosa entretenida y sin pretensiones. 

El primer acierto de la película es el ritmo. Del inicio al fin, las cosas ocurren porque sí, porque estamos vivos, aventuras sencillas, simples. Todo ligero y rapidito, algo insustancial; pero morbosamente atractivo. Coches de lujo a toda velocidad, atravesando eurofronteras sin guardias, yates en aquel mar luminoso que una vez fue nuestro, tías buenas, hoteles donde hacen negocios y descansan los hijos de puta afortunados y los muchachos valientes que se han atrevido a asaltar los cielos. Queda como cierta sensación de cosquilleo. Alguien podría decir que parecida a la que deja al principio la farli, que aliña la peli en grandes cantidades.

El segundo acierto de la película es vincular el negocio del dinero negro a los escándalos más célebres de la España contemporánea. Ya se pueden imaginar: contratistas que se han hecho a sí mismos, deshaciendo a los demás, emprendedores respetables siempre al calor de lo público, y sobre todo garrapatas y sanguijuelas de los partidos del turnismo. Es decir, el estiércol que todos conocemos. Para que la idea quede más clara, entremezcladas con las imágenes de ficción, salen Jesús Gil, Bárcenas, Rodrigo Rato y otros mierdas. Y el chaval de Vallecas es feliz acarreando el botín a cambio de un pequeño porcentaje. Su vida apresurada avanza en paralelo a la historia de nuestro país desgraciado; pero él ha progresau.

Ya se sabe que las comisiones que cobran los del PP son para el partido y para poner plantaciones de aguacates allende los mares ("overseas" dicen ellos). Las del PSOE son pa´ asar vacas y para irse de putas. Siempre han sido más juancarlistas y salerosos. Lo cierto es que la corrupción ha quemado la legitimidad del régimen del 78, quizá irreversiblemente. La regeneración democrática que exigía el 15M se agostó. Y ahora parece que la mierda solo alimenta a los psicópatas de la extrema derecha. ¿En qué momento se jodió el Perú? Pienso que el individualismo tiene mucho que ver con todo esto. El individualismo es la gran enfermedad del presente, exacerbada por las redes sociales, por los influencers y otras clases de depravados. Ya no somos españoles o gallegos, ya no somos de ningún barrio, ya no somos hijos de emigrantes o nietos de los vencidos, ahora solo somos individuos, es decir, clientes de un gym. Ni siquiera somos ciudadanos, porque así, tomados de uno en uno, como dijo Goytisolo (José Agustín), no somos nada. El protagonista es como nosotros; pero con más huevos y suerte. Hemos olvidado lo que escribió el poeta:

"Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos."

Nos hemos convertido en unos pobres diablos descastados y perezosos. Aspiramos a que nos toque la lotería, a poner el piso de la abuela en alquiler vacacional, a que nos elijan para ir a algún reality de mierda. Solamente somos consumidores, abonados a Netflix para ver películas de Carpalsoro, números de teléfono que piden comida a riders empapados por la lluvia. Esos riders también aspiran algún día a transportar el dinero negro de los ricos, en lugar de repartir bazofia por los cuchitriles donde vivimos los ignorantes que, según las encuestas, votaremos a Himmler y a Pavelic.

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