martes, 21 de febrero de 2012

The Watchmen.


En Estados Unidos, me compré las dos obras más celebradas de Alan Moore. Ya hablé de "V for Vendetta" en otra entrada del blog. Hablaré hoy de “The Watchmen”, que he acabado en las últimas noches. Bueno, digo “he acabado”, con mucha alegría, ya que “The Watchmen” es un cómic (una colección de 12 números), poliédrico y complejo. Es decir, creo que esas viñetas dibujadas por Gibbons y coloreadas por Higgins y esos diálogos en los que se entremezclan paráfrasis de Blake con continuas referencias a la historia contemporánea, me van a dar para muchas lecturas y relecturas. “The Watchmen” se desarrolla en los años 80 de un mundo muy parecido al nuestro; pero con ligeras diferencias, donde ha habido una guerra de Vietnam, Nixon sigue de presidente y parece que puede haber un conflicto nuclear entre los USA y la Unión Soviética, a raíz de la intervención rusa en Afganistán.

Los protagonistas son una colección de superhéroes viejunos y retirados de la circulación por un decreto gubernamental. En un contexto de creciente conflictividad social y de tensión internacional, algunos de esos superhéroes se ponen otra vez los leotardos para investigar un complot. El cómic, obviamente, dio para una peli, que no he visto, y para muchos debates sobre el concepto de superhéroe y de supervillano, esa potentísima creación de la cultura del siglo XX. Quizá una de las más interesantes. “The Watchmen” (que se traduce como “Los vigilantes”) es la reflexión última sobre ese concepto, la meta historia de los justicieros en calzoncillos, que tanta influencia han tenido sobre nuestro imaginario colectivo.

En mi opinión, lo más interesante de entre los muchos asuntos sugeridos por “The Watchmen” es aquello de quién vigila al vigilante: el “Who watches the Watchmen?” en la obra o el “Quis custodiet ipsos custodes?” de los clásicos. O dicho de otro modo, la legitimidad de la violencia. En la situación en la que estamos en el sur de Europa, cuando se están produciendo transferencias masivas de renta desde las clases medias hacia el capital, va a haber violencia. Nadie deja que le empobrezcan sin hacer nada. En nuestras democracias indirectas, ese cambio social lo están gestionando partidos que han ganado en las urnas (en España, el Partido obtuvo el 31,98% del censo). ¿Tienen legitimidad para llevar a cabo lo que no anunciaron en campaña? Todos sabemos que esos partidos tendrán que cumplir las exigencias del capital y llevarán a cabo su programa de pauperización sin temblarles la mano. Sus watchmen trabajarán a destajo para disolver las protestas. Ya lo están haciendo en Valencia. Pero, cuidado, porque cuando se acaben las últimas monedas de las arcas públicas y no haya ni siquiera para pagar a los watchmen, quizá estos también empiecen a usar sus superpoderes contra el Partido y sus jefes allá en Bruselas y en la City.

lunes, 6 de febrero de 2012

12 Angry Men.


Como ahora se ha puesto muy de moda lo de los jurados, me dio por sacarme de la biblioteca un DVD con esta famosa película, la obra por excelencia sobre el tema. La historia original fue escrita por Reginald Rose para un teleplay de los años 50. Y dio en el clavo, porque a raíz del éxito hicieron la peli, dirigida por Lumet. En casi todos los países donde se proyectó, dio lugar a secuelas o adaptaciones teatrales. La versión española (en el añorado Estudio 1) tuvo un gran éxito. Un amiguete me comentaba el otro día que, en cierto modo, se consideraba a alguien un buen actor en aquella época si había participado en esa obra. Creo que hubo un remake en los 90, que no he visto.

Los 12 hombres sin piedad (en la traducción española del título) son los componentes de un jurado que tiene que determinar la culpabilidad de un acusado al que todos los indicios parecen llevar a la silla eléctrica. Afortunadamente para él, uno de los miembros del jurado es un tipo de una inteligencia sutil y compasiva. Al volverla a ver, advertí que cada uno de los personajes se ciñe a un rol estereotipado que quizá le resta frescura (el violento, el sumiso, el comercial...) y recordé las muchas páginas que me ha tocado leer en mi vida profesional sobre lideragos, sobre roles y sobre equipos. De todos modos, fue un verdadero placer seguir los diálogos en inglés y la esgrima mental entre los miembros del jurado. En la discusión sobre el crimen se cita el sistema de trenes en altura de Chicago, el llamado "El", que es una de las cosas más curiosas que he visto en mi vida.

Aquí, un jurado determinó hace poco que Camps y Costa eran no culpables del cargo de cohecho impropio. Me imagino que un bondadoso Henry Fonda fue desmontando en las deliberaciones del jurado todos los indicios que tan claros parecían. No tiene mucho mérito, cualquiera que haya visto y oído a Ric Costa se da cuenta de que a lo largo de toda su vida solamente un valor le ha guiado: el servicio desinteresado y honesto a la sociedad. Y el jurado no se ha tragado el montaje que los malvados enemigos del Partido y de los valencianos habían tramado.