martes, 24 de febrero de 2009

Por qué somos como somos.


Confieso que, a veces, compro cosas en el Opencor de mi barrio. Han cerrado algunos badulaques. Además, la fidelidad étnica y el famélico estado de mi nevera los domingos por la noche han hecho que vuelva a la gran cadena española que todo lo puede y todo lo vende. Supongo que es un pecado leve. Perdóneme, padre. Aunque quizá el siguiente pecado que voy a confesar no pueda ser perdonado: también he comprado libros. ¡Libros!...reconozco que eso sí que es grave. Es una cosa compulsiva, supongo. Que me perdonen mis amigos libreros por incrementar un poco las inimaginables ganancias de "El corte inglés". El otro domingo volví a casa con un pan integral, una ensalada de bolsa, algunas latas y divulgación científica de gran superficie. Televisión empaquetada. Entretenimiento. Todo lo que llevaba, la comida, la bebida, este libro, tenía el mismo envoltorio, el mismo olor. Olor a nada, a soledad, a tristeza.
Punset es un tipo irrepetible. No para. Organiza debates y simposios. Y además habla inglés (cosa rarísima en la castellanísima Spain) Y ahora se ha puesto a escribir sobre ciencia. Le han organizado un poco algunos de los programas que ha emitido por la tele y publica otra miscelánea científica apresurada y desordenada. La primera fue "El alma está en el cerebro", que no pienso leer. En "Por qué somos como somos" habla de genética, de evolución, de hormonas, de sexualidad. Supongo que cualquier becario mal pagado en alguna de las instituciones del sistema investigador español podría haber escrito las cosas con un poquito más de sentido; pero Punset vende más. Y además, como los asuntos de los que escribe (o le escriben) son interesantes, en el libro hay cosas interesantes. Sin embargo, el tono general no me gusta. Salta de un tema al otro sin dejar nada acabado. Supongo que eso está bien para un programa de la tele; pero no para un libro. El tipo cita entrevistas que suenan como opiniones personales, en lugar de citar publicaciones o experimentos concretos. Eso sí, como siga explicando que los hallazgos científicos modernos cada vez arrinconan más los conceptos metafísicos (alma, Santa Claus, Dios), lo van a escomulgar. Como la ciencia siga avanzando así ¿qué vamos a hacer con los curas, los telepredicadores y los ayatolás? ¿qué vamos a hacer con los filósofos?

lunes, 23 de febrero de 2009

The reader


Escribía el alemán Bertolt Brecht en 1933: "¡Oh Alemania, pálida madre! Entre todos los pueblos te sientas cubierta de lodo. Entre los pueblos marcados por la infamia, tú sobresales". Ahora está muy de moda citar a Brecht. Creo que lo citan también unos pillos a los que están investigando por corrupción. Yo me acordaba de ese poema terrible cuando íbamos al cine a ver "The reader". Los alemanes y los austriacos se han mirado a sí mismos a lo largo de los últimos setenta años, asombrados por la sangre que manchaba su espíritu, su historia. Y han intentado expiar su pecado de todas las maneras imaginables. Así, Alemania sigue pagando reparaciones al estado de Israel. Los alemanes y los austriacos han reflexionado una y otra vez sobre el holocausto y sobre el grado de implicación de toda la sociedad en los crímenes nazis. Han evaluado sin descanso el proceso de desnazificación. "Deberíamos habernos suicidado todos al descubrir lo que habíamos hecho" dice uno de los personajes de la película.
Acudimos al cine, conscientes de que íbamos a ver una nueva película sobre ese tema y nos encontramos una historia compleja y dura; pero que iba más allá de esa cuestión. El argumento, basado en la famosa novela "Der Vorleser", de Schlink (1995), es también y sobretodo, una historia de amor. De un amor culpabilizador y extraño que marca la vida del protagonista, que es interpretado en su adolescencia por David Kross y en su madurez por Ralph Fiennes. Su iniciadora en el sexo será la extraña y misteriosa Hanna Schmidt (Kate Winslet), que le dobla la edad. Él nunca llegará a comprender bien la relación y los acontecimientos le sobrepasarán, y su vida se verá inundada de silencios y cobardías, y sombras. A la Winslet le acaban de dar un merecido Oscar por su trabajo. Pero hay algo en la historia que la desequilibra, que le quita claridad y no logro entender lo que es. Quizá sea el cuerpo de la Winslet. Quizá los saltos cronológicos.
También es una película sobre las decisiones que marcan nuestras vidas, y sobre las cosas que tenemos y las que no tenemos y sobre como las historias y la poesía que llenan nuestras cabezas nos hacen lo que somos. Y lo que no somos.
Las respuestas de Hanna en el juicio a la que será sometida son sobrecogedoras, porque en su simplicidad y en su seguridad, Hanna es Alemania y toda Alemania es juzgada una y otra vez. "De nada sirve ir a los campos. Nada enseñan." dice una de las víctimas al final del metraje. Yo no puedo olvidar (ni quiero) mis visitas a Mauthausen, el campo de los españoles.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Dos películas bonitas.


En dos ocasiones que me sentía muy solo, dos pelis vinieron a hacerme compañía. Inevitablemente, les tengo mucho cariño a ambas películas, aunque reconozco que ambas son truqueras, facilonas, falsas. ¿Pero qué sería de la vida, sin algunos trucos de magia, sin un poco de maquillaje, sin historias fáciles? Es decir, ¿qué sería de la vida sin cine?
Era un día festivo hace algunos años y no tenía nada qué hacer. No había quedado con nadie ni me apetecía leer o estudiar. Una lluvia fría estropeaba una ciudad, en la que yo era el único habitante. Recordé que una compañera de trabajo de negros rizos y sonrisa blanca, me había recomendado una peli que estrenaban. Y me fui al cine. Era "Amélie". Y me sentí feliz durante un rato. Y volví a casa sonriendo, con las pupilas llenas de perspectivas de París. Y aquella noche, dormí dulcemente, soñando con morenas ingenuas y sonrientes, como mi compañera de trabajo y como Tautou.
Eran las pasadas navidades. Y me quedé solo en casa y no tenía nada que hacer. Y fuera, había fiesta y se oía a la gente celebrando la vida y yo no tenía nada que celebrar. Me puse "Cinema Paradiso". aunque me sabía algunos de los diálogos y veía venir la historia, me emocioné. Supongo que la música de Morricone tuvo una parte de la culpa. Porque era el cine el que me salvaba de la tristeza y de la rutina, como a todos esos sicilianos de la postguerra, que como mis padres o abuelos, se emocionaban con lo que veían en la pantalla, que reían y lloraban, que huían de la realidad y entraban al paraíso por las módicas "cinquanta lire" que costaba la entrada al cine.

jueves, 12 de febrero de 2009

Enemigo a las puertas


Por la mañana, estuve hablando con unos amigos sobre Stalin. Quizá por ello, me saqué del vídeoclub esta peli bélica, ambientada en la batalla de Stalingrado. He visto esta producción europea varias veces y los primeros veinte minutos de metraje siempre me parecen sobrecogedores. Vemos llegar a los jóvenes procedentes de todo el imperio, que son arrojados sin armas y sin preparación al matadero del Volga. La Wermacht se limita a ametrallarlos y los cadáveres caen sobre otros cadáveres, hasta formar una muralla de carne humana. A pesar de la imbecilidad y la corrupción staliniana, Rusia fue capaz de parar la embestida nazi sacrificando a millones de personas. La película nos cuenta las aventuras entre las ruinas humeantes de un francotirador de los Urales, Jude Law. Al parecer, el personaje que interpreta, Vassily Zaitsev, fue real. Y se convirtió en un mito a través de la propaganda militar. Se escondía entre los escombros para ir cazando oficiales. Era una guerra dentro de la guerra. Mandan un francotirador alemán para neutralizarlo, Ed Harris. Y la historia coge un tono western que ya no me gusta tanto. El duelo entre ambos llega a cansar un poco. La presencia de la guapísima Rachel Weisz endulza todavía más la situación y hace la cosa menos creíble. Con todo, me parece un peli muy recomendable. Porque cuenten lo que cuenten los americanos, la guerra de verdad estaba en el otro lado.

sábado, 7 de febrero de 2009

La jungla polaca.


Durante las noches ventosas del final de enero, me he leído este libro de mi adorado Kapuscinski. Se trata de una colección de relatos que por primera vez se han publicado en castellano. Así que, aunque algunos de ellos pertenecen a sus primeros años de periodista, me han sonado como una fresca novedad, como un feliz descubrimiento. Al parecer, antes de ser corresponsal internacional de la agencia polaca de información, hizo diversos reportajes en su Polonia natal, que se reflejan en muchos de estos relatos. Nos presenta una Polonia destruida por la guerra; pero donde la gente encara las duras tareas de reconstrucción con un extraño optimismo (o quizá sería mejor decir, con una resignación de siglos). Kapuscinski se deleita en mostrarnos el alma cándida y sencilla de los campesinos, de los obreros, tan lejanos a la sofisticada y ruidosa Varsovia. Hasta los desplazados germanoparlantes son tratados con una sutil humanidad. Supongo que eran los años del realismo socialista. Es decir, el pueblo, la tierra, la revolución, el nuevo amanecer, los viejos héroes, etc. Supongo que Kapuscinski sabía moverse bien en el sistema y que; como todos los grandes creadores, tuvo que escribir entre líneas para no salirse de la línea que marcaba el régimen. Cuando nos dicen que la censura aguijoneaba la creatividad de poetas, guionistas o cineastas, hay que pensar inmediatamente qué hubieran sido capaces de hacer Kapuscinski o Berlanga sin el estalinsimo o el fascismo. Supondremos que más cosas y mejores.
En los relatos de este libro me ha parecido percibir el alma de la vieja, doliente, hermosa Europa, la Europa de las guerras y el hambre, la del colonialismo y la crueldad; pero también la Europa de los bosques silenciosos y la de los pueblos hermosos y antiguos. La Europa que, quizá alguna vez, se encuentre a sí misma.