martes, 25 de noviembre de 2014

Dos días y una noche.



Juan insistió en que no nos debíamos perder esta peli mientras disfrutábamos de un banquete en mi casa. Y yo me olí que la cosa iba por lo social, porque la conversación en seguida viajó hacia quién no votará a Podemos. Efectivamente, algunos críticos han calificado esta cinta belga de “épica socialista en miniatura”. Yo no diría tanto; pero es cierto que la obra tiene todos los ingredientes de las grandes pelis del género: una historia profundamente personal pero enlazada con las crudas vivencias de toda una clase social (en este caso, los obreros belgas); dilemas éticos a los que el espectador ha de dar una respuesta; y sobre todo, malos y buenos. Y como me gusta mucho el género, me gustó mucho la peli.


Cuenta la historia de la empleada de una fábrica de paneles solares que se ve ante una situación angustiosa. La despedirán a no ser que sus compañeros de línea acepten renunciar a unas primas de producción. A contra reloj, ha de convencer a la mayoría de que se pongan a su lado. La fría lógica del capitalismo postmoderno (“la producción asiática nos está hundiendo”) triturando las solidaridades entre iguales (“necesito la prima para mandar a mi hija a la universidad”). Pero detrás y alrededor del conflicto laboral, problemas matrimoniales y personales. La vida y sus nudos apretando los cuellos de la gente, en forma de deudas y de enfermedad. Todo ello contado a través de una excelente Marion Cotillard y una emotiva colección de primeros planos de dos días y una noche angustiosos. Cine social sofisticado, donde el envoltorio es tan importante como el contenido, como todo en nuestras sociedades aparentemente derrotadas.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

UNA APRESURADA VISITA A LA FARMACIA-MUSEO ARAMBURU DE PLENTZIA (VIZCAYA) (3ª parte y final)


Un buen amigo de este blog, José María de Jaime Lorén, de la Universidad CEU Cardenal Herrera (Valencia) nos envía una interesante crónica en tres entregas de sus viajes como historiador de la ciencia y la farmacia.




El Museo farmacéutico

Cuando inicia Enrique la tarea de explicarnos los materiales farmacéuticos expuestos, nos indica que apenas vamos a ver allí una mínima parte de los que tienen guardados en otros lugares. Nos habla igualmente de una enorme bola que se exhibía en una ventana, de color verde en situaciones normales, y de color rojo en épocas de epidemias para advertir a los viandantes de la circunstancia. Bola que ha cedido a cierto museo bilbaíno. Los objetos que se exhiben están dispuestos en los mismos anaqueles que, convenientemente restaurados, constituían el mobiliario de la farmacia Aramburu y de la farmacia Ruiz de Gopegui, esta última adquirida y amortizada en 1966 por Alejo Aramburu Gardoqui.

En la sección que llama Farmacia y medicamento, perfectamente dispuestos encontramos dos juegos de botes y albarelos de farmacia fabricados en Francia. Pero, cuidado, con los mismos productos en el interior que se anuncian en los artísticos rótulos externos. Es decir, botámenes usados y susceptibles de usarse todavía hoy. Lo mismo que los bellísimos frascos de cristal azul que siguen conteniendo en la actualidad las mismas cremas, pastas y ungüentos que tuvieron siempre, y que aparecen en las etiquetas.

Magnífica es asimismo la colección de productos naturales, guardados en frascos rotulados. Algunos con las muestras puras y con las falsificaciones correspondientes, que de todo había. Los productos químicos imprescindibles para componer los medicamentos, tienen también su espacio y su representación. Lo mismo que el utillaje formado por balanzas y granatarios, morteros de todos los tamaños (desde los grandes que se usaban para machacar raíces, hasta los más delicados de cristal), pildoreros, tamices, dispositivos varios para baño de María, ampollas de decantación de líquidos, alambiques, hornillos de varios modelos, molinillo para semillas, aparato de vacio para el llenado de ampollas viales, moldes para óvulos y supositorios, encapsuladores, sellos, papeles, etc.

Recipientes para envasar medicamentos de todas las clases, saquitos de papel, cajas de cartón de varios tamaños y toda suerte de frascos. Pero entre todos los recipientes farmacéuticos, nos llamaron sobre todo la atención unos manojos de fundas de papel para botellas de varios tamaños. Nos explicaron que se daban a las personas que acudían a la botica con sus botellas de casa para introducir en las mismas los medicamentos líquidos. Sobre estas botellas se colocaban a modo de forro las fundas de papel para evitar los efectos de la luz solar y, encima, se pegaba la etiqueta con el nombre del producto. Curioso asimismo es el recipiente de barro donde se guardaban vivas las sanguijuelas para dispensarlas a demanda del médico. De hecho, vimos en el libro recetario algunos asientos de estas dispensaciones.

Hubo sin embargo un medicamento que, lo reconocemos, no habíamos tocado nunca con nuestras manos y que nos emocionó poder hacerlo: la famosa triaca magna. Allí estaba como un medicamento más, con sus correspondientes instrucciones de preparación, lo mismo que otros electuarios de aspecto pulverulento. Sólo por esto merece la pena desplazarse a Plentzia a visitar el museo.

Hay, además, una variada colección de fármacos que muestran perfectamente el paso de la farmacia magistral a la farmacia industrial. Desde los medicamentos galénicos, a los específicos y a la especialidad farmacéutica.

Otra sección importante del Museo corresponde a la Farmacia y la clínica, en la que encontramos toda suerte de termómetros, esparadrapos, esponjas, suspensorios, hilo y agujas de sutura, aparatos para dosificar el éter, botellas de oxígeno, pisteros, inhaladores, jeringas, pastilleros, etc.

Cómo desde 1931 Pedro Aramburu Mendieta era Titular farmacéutico municipal de Plentzia, para desarrollar convenientemente el reconocimiento de vinos, alcoholes y otros alimentos, se vio en la necesidad de instalar en su farmacia un moderno laboratorio de análisis que dotó con el mejor material del momento. Encontramos en el mismo utillaje general, a base de autoclave, balanza de precisión, etc. Ya más específico de los análisis bromatológicos, contemplamos perfectamente rotulados los alambiques de Dujardin-Salleron y de Collín, alcohómetro de Gay-Lussac, etc. Y utilizados preferentemente en analítica clínica: microscopios, aglutinoscopio, urinómetro o la pipeta de Westerngren, entre otros muchos útiles analíticos.

Naturalmente, tal variedad de materiales de laboratorio son fruto de la paulatina modernización de las técnicas de análisis, pues desde diciembre de 1951 al frente de la botica Aramburu de Plentzia se halla el menor de los cinco hijos de su fundador, Alejo Aramburu Gardoqui, que simultaneó los estudios de Farmacia con prácticas en el Laboratorio de Análisis químicos y bacteriológicos del doctor Maestre Ibáñez, en Madrid antes de hacerse cargo de la farmacia familiar. Allí permaneció hasta que en 1982 pasó la propiedad de la misma a su hijo Enrique Aramburu Araluce, que hoy la dirige.

Una farmacia centenaria

Cuando en 1988 se produjo el primer centenario de la Farmacia Aramburu de Plentzia, se hizo una catalogación sistemática de todos los materiales custodiados en la misma. Con todos ellos se realizó una magnífica exposición en el Casino de la villa que atrajo numerosísimos visitantes, tanto de estudiosos del pasado de la farmacia como de simples curiosos. Sin embargo, el objetivo era remodelar la propia farmacia para instalar en la misma a modo de museo la rica colección de materiales que atesora. A partir de 2008 se inician las obras, y hoy podemos contemplar la Farmacia-Museo de Plentzia en el mismo lugar donde ha estado desde hace más de cien años. Y ello sin dejar de ser nunca una oficina de farmacia preocupada, ese fue y es su principal activo, por dar el mejor servicio farmacéutico a la villa.

Tal vez sea este el mérito más notable de esta Farmacia-Museo: el hecho de encontrar en la misma los libros, documentos, drogas, medicamentos y materiales de laboratorio que allí mismo se usaron en otras épocas. No se trata, por tanto, de una colección formada con objetos traídos de fuera. Nada de eso. Lo que allí hay es lo que en algún momento se necesitó para ejercer, con profesionalidad y cariño, el trabajo de tres generaciones de farmacéuticos.

viernes, 14 de noviembre de 2014

UNA APRESURADA VISITA A LA FARMACIA-MUSEO ARAMBURU DE PLENTZIA (VIZCAYA) (2ª parte)



Un buen amigo de este blog, José María de Jaime Lorén, de la Universidad CEU Cardenal Herrera (Valencia) nos envía una interesante crónica en tres entregas de sus viajes como historiador de la ciencia y la farmacia.



En la vieja farmacia de Plentzia

En la puerta de la estación nos espera ya Enrique y, sin más dilación, vamos directamente a su Farmacia-Museo. Lo primero que nos llama la atención, al margen de las gruesas paredes de piedra de sus paredes, es que, efectivamente, es una farmacia en activo que dispone su museo en el mismo entorno en el que se sigue ejerciendo hoy esta actividad. Nada más entrar, nos muestra las viejas baldosas hidráulicas del suelo original, así como los techos decorados con dos querubines, uno con la copa de la Farmacia, el otro con un albarelo de quina. Estos detalles muestran ya que nos encontramos en un establecimiento donde se cuidan los detalles de buen gusto, la elegancia. No olvidemos que allí mismo, durante décadas, se celebraron las tradicionales tertulias de rebotica, formadas, generalmente, por un selecto grupo de amigos del farmacéutico que solían debatir de lo divino y de lo humano, mientras entretenían las preceptivas y tediosas permanencias del titular en su establecimiento. Por cierto, entre los tertulianos de Plentzia se contaba el mismo Miguel de Unamuno durante sus estancias en la villa.

Continúa nuestra visita, y nos cuenta Enrique que el 4 de enero de 1888 el joven licenciado Pedro Aramburu Mendieta, su abuelo, abría por primera vez las puertas de su farmacia. Mientras lo narra, nos muestra la primera página del libro recetario donde se registran las modestas operaciones realizadas en ese día. En ese día, y en todos los siguientes hasta hoy, pues la farmacia conserva la totalidad de libros recetarios utilizados durante más de cien años hasta que, definitivamente, se impuso la forma digital de recoger esta información. Repetimos, todos los libros recetarios día por día, año por año.

Sin salir del ámbito documental, hay que destacar también la conservación de un libro copiador. Se trata de un volumen formado por finísimas páginas de papel biblia donde están calcadas las cartas y la correspondencia dirigida desde la farmacia a sus principales proveedores. A la altura de la colección documental está la riqueza de la biblioteca de la Farmacia-Museo Aramburu.

jueves, 13 de noviembre de 2014

UNA APRESURADA VISITA A LA FARMACIA-MUSEO ARAMBURU DE PLENTZIA (VIZCAYA) (1ª parte)




Un buen amigo de este blog, José María de Jaime Lorén, de la Universidad CEU Cardenal Herrera (Valencia) nos envía una interesante crónica en tres entregas de sus viajes como historiador de la ciencia y la farmacia.




Callejeando por Bilbao



Hacía tiempo que deseábamos ir a Bilbao. Desde que en el pasado mes de junio conocimos a Enrique Aramburu Araluce en el Congreso de Historia de la Farmacia celebrado en Alcalá de Henares, teníamos ganas de cumplimentar la invitación que nos hizo para visitar su Farmacia-Museo. Y allí nos fuimos unos días el pasado mes de noviembre.



Bilbao está ahora mismo precioso; lo encontramos cosmopolita, abierto. Visitamos el casco viejo con una gentil guía turística que nos cuenta su historia. Cómo la vieja aldea de pescadores que vivía de lo que extraían de las aguas del Nervión, a lo largo de la baja Edad Media gana en importancia frente a la gran ciudad marinera de Bermeo. ¿La causa? La geografía. Los productos que exportaba Castilla llegaban con mucha más facilidad al pequeño muelle que hay junto al puente y la iglesia de San Antón, el verdadero origen nuclear de la urbe, que al todavía lejano puerto de Bermeo. Además, el de Bilbao era mucho más seguro y estaba bien resguardado de ataques corsarios.



Y allí mismo, a los pies de San Antón, donde se juntan las mareas altas del océano que hasta allí llegan, con las aguas dulces que bajan por el Nervión, está el verdadero origen de Bilbao. Es asimismo el sitio, en la margen derecha, donde tiene lugar la transformación del río en la famosa ría de Bilbao, la gran vía de comunicación de la ciudad con el océano. De ahí que en el escudo de Bilbao (y en el del Athletic) nos encontremos representados el agua de la ría, el puente y la iglesia de San Antón, además de dos lobos en recuerdo del fundador de la villa, Diego López de Haro. Y es que en el año 1300 este noble castellano concedió a Bilbao el título de villa, dotándola de una serie de privilegios que le permitió un rápido desarrollo económico y social. Reforzado más tarde por los importantes yacimientos de hierro que se descubrieron en la margen izquierda de la ría, de donde procederá la tradición siderúrgica de Vizcaya.



Poco a poco el pequeño núcleo de pescadores se va ampliando, con mineros, herreros, comerciantes, navegantes o artesanos, que se asientan en tres calles alineadas junto a San Antón. No tardan en quedarse pequeñas y se abren otras cuatro calles más, todas paralelas que desembocan en la ría, atravesadas a su vez por pequeños callejones que facilitan la ventilación, pues el conjunto urbano queda encerrado por las murallas. Tenemos aquí las famosas Siete calles de Bilbao. El Bocho, el agujero en vascuence, ya que se halla en el fondo de las imponentes montañas que circundan la villa. Hoy verdadera catedral para el aficionado a ir de tapas o de vinos. Algo caras, sí, pero estupendas.



El resto, ya es historia conocida. El pequeño muelle de San Antón es sustituido por el que se levanta nuevo en el Arenal, y muy pronto una burguesía emprendedora se extenderá por el ensanche en la margen izquierda hasta convertir al pequeño pueblo de pescadores en el gran Bilbao que hoy puede contemplarse. Ecléctico y moderno. Sabiendo conservar y cuidar su pasado, pero pendientes a la vez de las novedades que se producen en los lugares más adelantados.



Bien, después de hacer un poco de tiempo paseando por Bilbao con la llovizna típica, tomamos el metro para ir hasta Plentzia. Son apenas 25 los kilómetros que lo separan de Bilbao, pero preferimos hacerlos en transporte público, aunque Enrique se ha ofrecido a traernos y llevarnos en su coche. Es un viaje grato desde los “fosteritos” o estaciones del metro, así llamadas en recuerdo del arquitecto que las diseñó, Norman Forster. La gente conserva la amabilidad que ha hecho famosos a los bilbaínos, y en 45 minutos llegamos a Plentzia.