Un tipo vulgar y desgraciado acaba viviendo solo en uno de los muchos pueblos abandonados de la España vaciada. No es un neorural con ideales. No es un loco. No es un Thoreau que flipe con el olor a yerba. Simplemente, es un Robinson Crusoe que, por azar, tiene que huir de una sociedad que se va a la mierda, podrida de consumismo y de falta de sentido. Allí, en la soledad infinita y en la vieja casa abandonada que ha ocupado, descubre que es feliz. No porque aprenda a vivir con lo poco que tiene. No porque aprenda que todo le sobra. Sino porque no necesita a nadie para ser feliz. Ni siquiera a sí mismo. El silencio, la rutina, la supervivencia le bastan. Nada parece estar de más en esta novela breve de Santiago Lorenzo. Ni el lenguaje florido con pretenciosos neologismos que usa el narrador (el único contacto en la civilización que tiene nuestro Crusoe), ni cierta reiteración en las ideas, ni el brillante capítulo donde se describe a "la mochuza". Los mochuzas son esa gen...