martes, 29 de junio de 2010

Pirineos, tristes montes (Severino Pallaruelo)


En las vacaciones de navidad del 2002 hice mi primer viaje largo a los Pirineos. Pasamos la nochevieja en unos bungalows sin alma al lado del embalse de El grado.
Fue en aquel viaje, cuando me encontré este viejo libro en una tienda de deportes y material de montaña en L'Aínsa, mientras mis amigos compraban ropa para el esquí. Entonces, yo no sabía casi nada de aquellas montañas. Por eso, cuando una de las chicas del grupo, una morena alta y fuerte, aficionada a los deportes de invierno, me espetó "¿tristes? ¿por qué tristes?", yo no supe qué responder.

A la vuelta, leí aquel libro con tranquilidad y ternura. Contaba pequeñas historias de los montañeses, de los abuelos de Pallaruelo y de los abuelos de sus abuelos. Y yo no pude evitar pensar también en mis antepasados y en la dura vida de aquellas gentes, con sus inviernos eternos. Comprendí entonces qué significaba "triste". Después, volvería a andar por los Pirineos y leería las historias de las gentes que expulsaron de sus casas a hostias o a hambres y también, descubriria los versos formidables de La Ronda "porque hay huellas en la nieve que ni un sarrio ni un esquí pueden dejar". Y me conocería mejor a mí mismo.

Ahora, preparando otro viaje a los Pirineos, releo con cariño esta colección de relatos y todavía me estremezco con la historia del viejo tión que hacía doce o catorce horas de senderos de alta montaña para transportar hielo cuya única utilidad era refrescar las bebidas de los ingenieros de los pantanos y de las primeras líneas eléctricas. Aquel viejo hombre montañés nunca se quejó de nada, nunca dijo nada.

miércoles, 23 de junio de 2010

Historia de la guerra de España. Vicente Rojo.


Supongamos que existe algo parecido a la neutralidad en historia, es decir, que los hechos ocurridos en el pasado pueden aprehenderse despojados de todo sesgo o prejuicio. Supongamos también que las personalidades individuales afectan con sus particularidades y talentos al devenir histórico y supongamos, por último, que la historia militar, es decir, lo de las batallitas y los movimientos y los repliegues, etc. es algo importante. Asumiendo todo esto, llegaríamos a la conclusión de que el general Vicente Rojo Lluch fue uno de los españoles más importantes del siglo XX. Sin embargo, este valenciano no tiene ni calles ni plazas dedicadas en ninguna ciudad grande. La razón es fácil de adivinar: se mantuvo leal al gobierno español y, por tanto, acabó en el mando de los perdedores. Mala suerte.

Para mi cumpleaños, mi cuadrilla de amigos, me regaló este libro, ¡ muchas gracias, Enrique! En él, se publica el último manuscrito inédito del general, redactado durante su exilio. Jorge Martínez Reverte lo descubrió en el Archivo Histórico Nacional y lo ha sacado sin añadirle demasiadas notas. Por supuesto, Rojo ya había publicado otras cosas autobiográficas sobre la guerra, como “Así fue la defensa de Madrid”, que aparece en este libro como segundo capítulo.

Rojo, como otros militares de la época, se vio sorprendido por el golpe de estado del 17 de julio de 1936. En su conciencia, entraban en conflicto sus creencias católicas y su aversión al desorden social con la fidelidad al gobierno legalmente constituido. Como otros, decidió mantenerse en su puesto y acatar las órdenes de las autoridades civiles. ¡Qué terrible debió ser aquel verano! Rojo describe en la primera parte del libro, con una prosa algo pesada, pero culta, sus impresiones y sus sufrimientos. Inevitablemente, me recordaba a aquel premio Planeta de 1983, “La guerra del general Escobar” de Olaizola. Muchas de estas gentes de orden acabaron impregnándose del entusiasmo popular que permitió a aquella España rodeada y aislada defenderse durante 3 años.

La segunda parte del libro, donde se centra más en su desempeño profesional, me resultó más interesante y fácil de leer. La exitosa defensa de Madrid convirtió a Rojo en Jefe del Estado Mayor, desde donde concibió sus planes estratégicos de gran alcance. Quién sabe que hubiera pasado si el medio millón de hombres en armas que la República española había logrado organizar a mediados del 38 hubiera dispuesto de suministros y si hubieran podido llevar a cabo el famoso Plan P. Muchos especialistas piensan que Franco hubiera podido perder la guerra por sus numerosos errores. A los interesados en el tema, les recomiendo “La incompetencia militar de Franco”, del coronel Carlos Blanco Escolá, que leí con placer y cierto asombro hace ya muchos años.



Nada de esto ocurrió. El ejército mixto de la república no atacó Extremadura. La armada española no atacó a los submarinos alemanes. Franco ganó la guerra y Rojo acabó dando clases en Bolivia.

jueves, 17 de junio de 2010

Monografico.net


Uno de los tipos de literatura que más he consumido a lo largo de mi vida son los opúsculos y folletos que reparten por los bares (aunque en esos sitios también he consumido otras cosas). Se trata de publicaciones que viven de la publicidad que esos mismos garitos pagan en sus páginas. Por lo general, se trata de publicaciones con poca vida, poco talento y poco interés.

El otro día, a la segunda cerveza, agarré uno de esos opúsculos, titulado Monográfico.net. Lo primero que me sorprendió fue que llevaban 139 números editados. Automáticamente pensé que era una mentirijilla. Pero me llevé una gran sorpresa al empezar a hojear el cuadernillo y ver quiénes publicaban allí: El Roto (en página par), Darío Aranti, Calpurnio, etc... Es decir, la créme de la créme del humor gráfico latinoamericano y español. Pero es que al avanzar un poco más en sus páginas, me encuentro incluso un artículo de Noam Chomsky. Ironía: lo que no le publican en los grandes medios norteamericanos, se lo publican en los folleticos europeos 100% papel reciclado. Y entonces volví atrás, pedí otra cerveza y me dispuse a estudiar todos los textos que todavía no había leído.

Al día siguiente, investigo un poco en la red y como sospechaba, Monografico.net también es una web muy cuidadita y diseñada, donde alguien ha debido meter pasta para tener como colaboradores a tipos bastante buenos y esperar a que los probecicos dueños de los bares le vayan poniendo publicidad. Y mientras, yo sigo bebiendo cerveza mientras leo "Belleza: el hombre se fijo en la belleza de la flor. ¡Estoy perdida!- pensó la flor." (Eneko) o "No deberíamos preocuparnos tanto por la crisis, sabido es que no hay mal que cien años dure... A este sólo le quedan noventa y nueve..." (Miguel Ángel Martín).

miércoles, 2 de junio de 2010

Regular, gracias a Dios


Fue mi paisano Miguel, al que se lo había presentado Joaquín Carbonell, el primero que me dio la mala noticia: "¿Sabes que Labordeta tiene cáncer?". Así que cuando vi el título y la portada del libro que mis compañeros de trabajo me regalaban por mi cumpleaños, sabía de lo que se trataba. Labordeta ya había escrito cosas biográficas en el pasado: hace poco reseñé aquí el "Memorias de un beduino" sobre sus ocho años de parlamentario; pero este último libro es distinto. Se trata de los apuntes biográficos de un hombre enfermo, de alguien que va de su casa al hospital y del hospital a casa, pasando por el dolor y el miedo. Y eso abruma y enternece, aunque el que cuente historietas de su vida sea un mito viviente. Es lo que tiene el adjetivo "viviente".

Labordeta ha sido muchas cosas. De hecho, la capacidad para disfrazarse, para transformarse a sí mismo en lo ideológico y en cierto modo, en lo poético, es una de las características principales del personaje. Y sin embargo, su vida y su obra parecen más coherentes cuanto mejor sea la perspectiva desde la que se observan. En este libro, parece cerrarse ese periplo, porque el personaje se transforma en persona. En una persona asustada, a la que su hija tiene que ayudar a escribir estas "memorias compartidas" porque ya no tiene fuerza para agarrar el boli. Y sin embargo, incluso detrás de ese pesimismo aparente y retorcido, tan aragonés, podemos notar cierta esperanza tranquila.

En estas memorias, pone más luz en algunos de los aspectos de su vida que había dejado de lado en obras anteriores: sus padres y el negocio familiar, las milicias universitarias, su boda. Es decir, las cosas importantes de verdad. Aunque fuera la vida triste de los profesores represaliados en la Zaragoza derrotada y oscura de los 40 y los 50, esa "gusanera" como escribió su hermano Miguel, el gran poeta ausente, siempre ausente. En el libro también vuelve a contar, cambiando un poco el tono, alguna de las vivencias que marcaron su vida y lo convirtieron en el Labordeta público: los años en el Teruel contradictorio, mediocre y secreto de los 60 y las primeras canciones y conciertos. Aquellos años darían lugar a "Andalán" y a la nueva canción "baturra" como la llama irónicamente el autor, y en última instancia, al aragonesismo contemporáneo. A ese aragonesismo al que este hombre tragón, campechano y andariego le puso una voz rotunda y honrada, aunque ahora la voz ande algo aflautada por culpa de la quimio maldita.