martes, 27 de noviembre de 2012

Jackie Brown



Recuerdo perfectamente la primera vez que vi esta peli. Fue en pantalla grande. Con dos amigos que habían visto bastante más cine que yo. Tarantino era el director de moda entonces. “Reservoir dogs” (1991) y “Pulp fiction” (1994) le habían gustado a todo el mundo y supongo que fuimos con ilusión a este estreno, que no nos defraudó. Algún tiempo, después, veríamos otra, en la que Tarantino fue productor: “Abierto hasta el amanecer” (“From Dusk Till Down”, 1996) pero esa boutade ya no gustó tanto a mis colegas.

Este finde,  la pusieron  en la tele, en “Paramount Comedy” y no pude evitar quedarme en el sofá. Y me vi atrapado por lo mismo que la primera vez: Pamela Suzette Grier, la protagonista. En la peli hay bastantes cosas interesantes: el ambiente sórdido y cutre alrededor de los malos, la técnica narrativa de repetir la escena desde puntos de vista de diferentes personajes,  un argumento que gira alrededor de un cambiazo ingenioso (y a mí eso me gusta). Pero, en mi opinión, toda la gracia gira alrededor del personaje y de la presencia física de la Grier. Se trata de una hembra espléndida en muchos de los sentidos de la palabra: anchas caderas, culo gordo y alto y unos ojazos con esa hermosura brutal que solo da la mezcla de razas. Durante los años 70, Grier había sido protagonista de pelis baratas para el público negro y Tarantino acertó al darle el papel protagonista.

Grier le proporciona al personaje de Jackie Brown la rotundidad física que necesita para ser creíble. Y es que Jackie Brown se enfrenta al malo-malote (Samuel L. Jackson) con todo el valor que puede tener una mujer en la cincuentena, sola, sin nada que perder en última instancia. A lo largo de la trama, las infinitas caras de lo femenino se van manifestando: los temores a envejecer de Jackie, su compulsiva forma de fumar y siempre, su deslumbrante sensualidad (que se contrapone a uno de los polvos más antieróticos de la historia del cine: (Robert de Niro y Bridget Fonda). En mi sofá, mirando a la Grier me acordaba de los ojos de mujer que me han mirado y de los culos que he visto alejarse y creí entender, por un momento, algo.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Mongolia



El mes pasado, Julio Iglesias actuó para el dictador Teodoro Obiang y su tribu. El dinero infinito del petróleo, hurtado a los sufridos guineanos, pagó la fiesta. Dinero negro como el petróleo. Los valencianos, como los guineanos, también contratamos a Julio Iglesias. Y también le pagamos al muchacho con dinero negro. Fue en los tiempos de Zaplana el grande. Aquí también había tribus; pero no había petróleo y el dinero se acabó. El sistema judicial, 5 años después del delito (presunto) todavía no ha dictado sentencia. Después de Zaplana-Obiang pasaron Olivas, brillantísimo gestor de Bancaja y Camps. No se rían, probecico. Que cuando todo esto se derrumbe, también se caerá él. Al fin y al cabo duerme bocabajo, sujeto del techo mediante sus dulces garritas transilvanas.

Y más al norte es igual: al parecer, Bolívar tenía cuentas en francos suizos mientras cerraba hospitales públicos envuelto en el senyal d'Aragó. Todo es una parodia de sí mismo en el arruinado país de los pillastres, en esta endeudada tangentópolis de pícaros bronceados, en esta gran depuradora. Todo es un cachondeo en el país de negrolandia, de las traductoras búlgaras, de los diputados imputados por corrupción (tercera fuerza de les Corts Valencianes).

Como dice Xavi Castillo, ¿qué humorista puede superar esto? Si la realidad es la mejor de las comedias bufas, si los informativos gubernamentales son la mejor de las chirigotas, ¿para qué el humor? Cuando los que llevan corbata hacen tanta risa, mal lo tienen los que se llevan zapatones y narices postizas. Por eso se ha muerto Miliki.

El otro día, en un quiosco de la calle Angel Guimerà me compré un ejemplar de esta nueva revista, atraído por sus titulares: "Rajoy: Sigan chupando","Si fueran ahora las elecciones, Bildu arrasaría en Madrid. Especialmente en el barrio de Salamanca". En formato ancho, de periódico de provincia mediana, algo de humor político y algo de humor absurdo. Y en las páginas finales, algunas noticias en serio, con tono confidencial. El número que me compré dedicado a la corrupción alrededor del recién nombrado sucesor en la Comunidad de Madrid, el poniente feliz. Acusaciones graves que en una sociedad normal llevarían a una querella o a la dimisión del capitoste. Pero no es el caso.

Es posible que en una sociedad normal, Mongolia tuviera mucho éxito, porque las sociedades normales necesitan periódicos satíricos para reírse de sí mismas y liberar presión. Muestra sociedad está tan enferma que Mongolia no durará mucho, pero yo me lo compraré todos los meses, en papel, aunque sea para secarme las lágrimas.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Querido Labordeta (Joaquín Carbonell)



Tengo que reconocer que cada vez me paso menos por la librería de Miguel. Lo urgente se come a lo importante. Pero en esta ocasión, no había excusa, tenía que ir. Nos visitaba un habitual de la trastienda: Joaquín Carbonell, del que ya hemos hablado varias veces aquí. Venía a Valencia a presentar su último libro: la biografía de José Antonio Labordeta. En septiembre, hizo dos años que “el abuelo” murió. Cualquier zaragozano recordará para siempre esas horas emotivas y de tristeza pública y serena. La ciudad lloraba y cantaba sus canciones. El país también.

Creo que, durante el acto, alguna vez estuvo a puntico de llorar. Aunque Joaquín tiene tablas, el recuerdo de una figura tan abrumadora y tan entrañable debe pesar muchas toneladas. Carbonell, discípulo, amigo y compañero de escenario ha sacado varias cosas sobre él: este libro, una canción hermosa, una película no publicada, etc. Sabe que su nombre siempre estará ligado al de José Antonio, del mismo modo que José Antonio se sentía a sí mismo ligado (y supeditado en el borroso escalafón de los poetas) a su hermano Miguel.

Se ha escrito mucho sobre el gran cantautor. El que educó a una generación prodigiosa (Losantos, Pizarro, Trillo, Caruana) en el Teruel oscuro del final de los 60. El que dio la voz a una comunidad muda y enmudecida. El que escribió hermosos poemas (por casa anda la reciente recopilación a cargo de Pérez Lasheras) y curiosas novelas y crónicas (también hemos reseñado alguna). El que cantaba en Jorcas sin cobrar. Preveo que se seguirá escribiendo mucho sobre el aragonés más importante de la segunda mitad del XX, aunque los culiparlantes del Congreso le pitaran o las Cortes de Aragón no sepan todavía cuál es el himno de esa tierra.

Palabras sobre Labordeta, el hacedor de palabras. Escribiendo sobre el que escribió palabras tan vivas y tan cercanas que todavía estremecen. El pasado domingo me di un buen paseo por allí y no se puede describir mejor aquella tierra abandonada. Del prólogo a “Viaje Cósmico por el Valle del Alfambra” (gracias, Mila, por la referencia):
 

"Nevase o estuviese la primavera a punto, reventase una de esas tormentas que parecía se iba a llevar Perales más allá del infierno, o estuviese el otoño agrietando de sequía los campos, auparme a las orillas de ambos lados y divisar el entorno, acabó siendo uno de mis paseos favoritos. Paseos que me servían también para maldecir el desastre de esta tierra cuando me cruzaba con el non nato ferrocarril que debería haber unido Teruel con Alcañiz y transformar la desolación y el abandono de la comarca en riqueza para asentar a las gentes. Ver los túneles, las estaciones, los apeaderos, los puentes y los depósitos de agua como esqueletos lanzados contra el abandono del viento, de los hielos, de las tórridos calores de los mediodías agosteños, me producía ya entonces -hablo de los años sesenta- un encrespamiento de rabia que me hacía maldecir el "camino de nada" que esta tierra nuestra andaba recorriendo sin encontrar el final de su caída."


La biografía que nos ha traído Carbonell está poco elaborada, lastrada por la prisa editorial y por la imposibilidad del autor para separarse de un personaje que le resulta tan brutalmente cercano. Algunas cosas me han sonado repetidas. Soy injusto porque he leído mucho del tema (hace poco, el primer tomo de las memorias de Fernández Clemente). Pero he disfrutado muchísimo leyéndola (no podía ser de otra manera). Carbonell es bueno en todo lo que hace, como lo era Labordeta, y creo que aun tiene mucho que decir sobre el maestro. A través del libro, he descubierto y suena raro decirlo, la faceta musical del personaje. Cantaron tantas veces juntos.. Carbonell mismo puso música al testamento que Labordeta dejó, en forma de albada y que suena a veces en mi corazón cuando en el otoño solitario, paseo por el valle del río rojo