martes, 23 de diciembre de 2014

El concierto.



Anoche vimos en la 2 la peli franco-rumana “El concierto”. Mejor dicho, vi. Porque Merche no paró de moverse y de hacer cosas. Se perdió una película tierna y entretenida, que deja un buen sabor de boca, a pesar de las incongruencias y excentricidades que se permite el director. Especialmente hacia el final del film.


Leí hace poco que los rusos decían que lo peor del comunismo era lo que venía después. Y esta comedia intenta retratar precisamente esa situación. Las ruinas personales y emocionales que el antiguo régimen dejó. Lo consigue en parte, aunque las astracanadas de algunos de los personajes parecen exageradas.


El argumento es resultón: un director de orquesta represaliado (y que ahora es limpiador en el mismo sitio en el que era una estrella) tiene la oportunidad de ajustar cuentas con el pasado. Montará una orquesta sui generis a la que hará pasar por el actual  Bolshoi para actuar en París. Nos cuentan las picarescas que han de ingeniar para conseguir su propósito. Luego veremos a los músicos de aventuras por la ciudad de la luz, intentado ganarse unos eurillos o bebiendo como solamente un ruso puede hacerlo. Quizá lo mejor de la película son, además de los obvios minutos de  la música de Chaikovsky, esos breves destellos de la llamada “alma rusa”, chapucera y exagerada; pero que venera la belleza pura del arte, y que enamora a los franceses.  

viernes, 12 de diciembre de 2014

La medida de la realidad. (Alfred W. Crosby).



El libro empieza así: “A mediados del siglo IX d.C. Ibn Jurradadhbeh calificó la Europa occidental de fuente de “eunucos, niñas y niños esclavos, brocado, pieles de castor, gluten, martas cebellinas y espadas” y no mucho más. Un siglo después, otro geógrafo musulmán, el gran Masudi escribió que los europeos eran gentes de mente embotada y hablar pesado”. Para seguir: “Seis siglos más tarde, los francos (…) les llevaban la delantera en ciertos tipos de matemáticas e innovaciones mecánicas. Se encontraban en la primera etapa de creación de la ciencia y la tecnología que serían la gloria de su civilización y el arma afilada de su expansión imperialista. ¿Cómo habían logrado todo esto aquellos palurdos?”.

Efectivamente, el desarrollo de la ciencia y la tecnología requirieron que los europeos se pusieran a cuantificar. Aristóteles podía hacer bonitas afirmaciones sobre el movimiento de los objetos; pero no eran ciencia, en el sentido de que no eran contrastables. Para que hubiera un Copérnico y un Galileo (y para que los cañones y los barcos europeos esclavizaran al resto del orbe) fue necesario que se empezara a medir el tiempo y la distancia con cierta precisión. Y a ese proceso (entre los años 1250 y 1600) se dedica este librito, que compré de saldo ya hace unos cuantos años.

Y aunque hay buenas críticas por ahí, a mí, me ha decepcionado un poco. En mi opinión, los temas quedan un poco cortos y deslavazados. Hubiera agradecido menos párrafos sobre la perspectiva ¡cuánto les gusta a los anglosajones la pintura italiana! y más sobre la medición del tiempo o las distancias marítimas. El libro adolece de otro defecto común: una profunda ignorancia sobre el papel de los árabes hispanos en la transferencia del conocimiento clásico a la Europa occidental: una sola referencia a Alfonso X, el sabio. Supongo que manejarse solo en inglés limita un poco. Del  mismo autor, me parece mucho mejor el imprescindible “Imperialismo ecológico: La expansión biológica de Europa, 900-1900” también en editorial Crítica.

martes, 2 de diciembre de 2014

El niño que miraba al mar (Luis Eduardo Aute)



Tomás, compañero y sin embargo, amigo, me manda esta fervorosa reseña del concierto que compartimos la semana pasada:

¡Aute sigue en plena forma! Será porque nos mentalizamos para un homenaje al maestro, al que suponíamos agostado, será por envidia; pero es lo primero que me sorprendió de un concierto vibrante de música, letra y ritmo. Fue en La Rambleta, en Valencia el 28 de noviembre.

Aute ya tiene 71 años, nunca ha exigido mucho a su voz y las mesas de mezclas hacen maravillas, pero todo eso no desmerece que sonó limpio e intenso. Uno no puede menos que preguntarse cuál será el secreto de su vigor, y cómo aplicárselo.

Cantó las canciones de su último disco “El niño que miraba el mar” y algunas de sus discos anteriores, ya 46 años componiendo. Al final del concierto se centró en las históricas las de los 70 y 80 después de haber amagado tres veces con terminar e irse. Total 3 horas sin descanso. Se hicieron cortas. Le acompañaron tres músicos muy buenos, incluido su productor musical y arreglista: Toni Carmona. Casi cantaba en familia pero sonó fenomenal. Aute es de los que suena mejor en directo que en disco.

Pasado el primer asombro, pudimos entregarnos al arte y el discurso de este enorme músico y poeta. No parece pose cuando mezcla los temas más mundamos como el sexo, la broma fácil, o la palabra soez con miradas lúcidas y llenas de belleza sobre la condición humana. Va por la vida como Tácito horrorizado por la vanidad, la necedad o la codicia del ser humano y se exilia en su arte, y en el sexo (o eso dice). Desde ese ensimismamiento se sigue cuestionando en sus canciones el origen del ser humano, el sentido de la vida, o el destino que nos aguarda. Y nos propone que el sentido de la vida es la belleza interior, crecer como humanos críticos, sensuales y desprendidos.

Y entonces comprendes por qué el concierto, además de calidad musical, transmitió los valores de Aute. La inspiración del que sigue buscando respuestas, del que sigue curioso; la coherencia del que sigue defendiendo sus posiciones, que siguen vigentes; el magnetismo del que se sigue gustando y no presume de ello; y la sensualidad y energía … ¿que le da el sexo?

En su último disco vuelve a ser irregular pero tiene momentos lúcidos y sublimes. Me tiene dando vueltas a la cabeza la imagen de un viejo que mira a un niño, que es él mismo, y quiere preguntarle “¿ves al verdugo de tus sueños?” Por cierto, no me gustó el vídeo que nos pasaron al principio sobre ese mismo tema, le prefiero mucho más cuando canta.

Al final nos fuimos a casa sintiendo que habíamos visto un concierto estimulante inspirado y profesional, cualidades que te impresionan duraderamente cuando coinciden. 

Chema también escribió una hermosa reseña en su blog.

martes, 25 de noviembre de 2014

Dos días y una noche.



Juan insistió en que no nos debíamos perder esta peli mientras disfrutábamos de un banquete en mi casa. Y yo me olí que la cosa iba por lo social, porque la conversación en seguida viajó hacia quién no votará a Podemos. Efectivamente, algunos críticos han calificado esta cinta belga de “épica socialista en miniatura”. Yo no diría tanto; pero es cierto que la obra tiene todos los ingredientes de las grandes pelis del género: una historia profundamente personal pero enlazada con las crudas vivencias de toda una clase social (en este caso, los obreros belgas); dilemas éticos a los que el espectador ha de dar una respuesta; y sobre todo, malos y buenos. Y como me gusta mucho el género, me gustó mucho la peli.


Cuenta la historia de la empleada de una fábrica de paneles solares que se ve ante una situación angustiosa. La despedirán a no ser que sus compañeros de línea acepten renunciar a unas primas de producción. A contra reloj, ha de convencer a la mayoría de que se pongan a su lado. La fría lógica del capitalismo postmoderno (“la producción asiática nos está hundiendo”) triturando las solidaridades entre iguales (“necesito la prima para mandar a mi hija a la universidad”). Pero detrás y alrededor del conflicto laboral, problemas matrimoniales y personales. La vida y sus nudos apretando los cuellos de la gente, en forma de deudas y de enfermedad. Todo ello contado a través de una excelente Marion Cotillard y una emotiva colección de primeros planos de dos días y una noche angustiosos. Cine social sofisticado, donde el envoltorio es tan importante como el contenido, como todo en nuestras sociedades aparentemente derrotadas.