martes, 31 de agosto de 2010

Centurión.

Al igual que hacían nuestros padres y abuelos, para huir de los calores del final de agosto, me fui al cine, que tiene aire acondicionado. Y escogí esta peli bélica.

Trata de unos soldados norteamericanos que combaten en Afganistán. A pesar de la superioridad en hombres, armas y preparación de las tropas de ocupación, sufren continuas bajas a manos de los pashtunes, que practican una guerra de guerrillas cruel y fanática. Después de que su división sea aniquilada, el grupo de soldados queda detrás de las líneas enemigas, al mando de un suboficial llamado Quinto Dias (Fassbender). Intentan sobrevivir, perseguidos como animales en un territorio que difícilmente puede albergar vida humana. Podemos contemplar una sucesión de escenas extremadamente violentas, que rozan lo gore, en unos paisajes desnudos y puros.

La peli solo aspira a entretener y todos los personajes, tanto los marines como los talibanes son planos; los primeros hacen de soldados voluntariosos y viriles y los segundos de fuerza de la naturaleza, que de forma inevitable acabará encontrando y aniquilando a los primeros. No pude evitar acordarme de los pobres guardiaciviles y el traductor que murireron el otro día en esa guerra absurda y cruel. Dentro de ese tedio ensangrentado, se perfila a veces el desconcierto de los soldados supervivientes, representantes de un mundo distinto, civilizado y cosmopolita, que no comprenden qué hacen allí, en el culo del mundo, enfrentados a esos bárbaros fanatizados en una guerra sin sentido que a nadie interesa, más que a los políticos corruptos que los enviaron. El colapso de todo el sistema imperial se adivina también en la desesperación y la impotencia de los soldados perseguidos como animales.


Ah! Me he confundido, la peli no transcurre en Afganistán, sino en la antigua Caledonia (Escocia), donde no hay pashtunes, sino pictos bárbaros y los protagonistas son los legionarios de una Roma lejana y exhausta.

domingo, 29 de agosto de 2010

Guipúzcoa. Bernardo Atxaga.


He pasado unos días hermosos andando por las frescas montañas de Guipúzcoa con dos buenos amigos. Durante esos días han venido a mi mente en varias ocasiones dos libros de uno de mis autores preferidos. A través de esos libros, he intentado entender la realidad de lo que estaban viendo mis ojos y mis botas de senderista. Pero a su vez, las historias que leí en esos dos libros, deformaban esa realidad que estaba delante de mí y me hacían ahogarme en un mar de tópicos y lugares comunes. La literatura como un gran prismático y también como una lente deformante. El autor al que me refiero es, obviamente, Bernardo Atxaga. Y los dos libros, escritos originalmente en euskera y traducidos por el propio autor, son: "Un hombre solo" (1993) y "El hijo del acordeonista"(2004).

Uno de los hostales en los que nos alojamos, cerca de Arrate, me recordaba al hotel rural en el que se ambienta la primera novela. Ese hotel es el refugio de un ex-miembro de ETA, que vive entre la angustia por ocultar su pasado y la incertidumbre de lo que ocurrirá cuando la organización vuelva a pedir su colaboración.

Y al llegar a Elgeta (Elgueta), en el Debagoiena, no pude evitar acordarme de "El hijo del acordeonista", que creo que ya he nombrado alguna vez en este blog. En la larga tarde que Jorge y yo pasamos, viendo como el cielo se oscurecía y haciendo la ronda de bares por la aldea. Los borrachines euskaldunes de narices rojas y anchos hombros con los que compartíamos tedio podían haber sido cualquiera de los protagonistas de aquella novela certera y potente.

viernes, 20 de agosto de 2010

Lecturas del verano.

Compruebo con asombro la cantidad de días que llevo sin meter entradas en el blog. Muchos días sin internet, días plácidos de verano, de tranquilidad y de viajes. Reseño brevemente lo que he leído en estas vacaciones que ya se van, para siempre.

A finales de julio, me leí "La historia del dinero. De la piedra arenisca al ciberespacio", de Jack Weatherford. Se trataba de un libro de saldo que me encontré por casa. Inicialmente me decepcionó al comprobar que, además de anticuado, no era un libro sobre historia económica. En realidad, trata los aspectos sociológicos del uso del dinero a lo largo de la historia. Pero luego empecé a disfrutarlo más. Comencé a comprender que si hay algo que caracteriza a nuestra civilización (la manera humana de vivir de unos 5.000 años hasta ahora) frente a otras, es precisamente que la sociedad completa gira en torno a esa cosa prodigiosa llamada dinero. Siempre me llama la atención la capacidad que tienen los autores anglosajones para relacionar temas diferentes de manera erudita y amena. En la universidad española, tan preocupada ahora por la hiperespecialización, hay pocos profesores que tengan esa visión de conjunto y esa capacidad de síntesis.

También leí "Una historia del antisemitismo", de Gerald Messadié. Un libro imprescindible para entender mejor la historia de occidente, y sus fanatismos y sus oscuridades enormes. El antisemitismo es uno de las caras de ese mal que conforma nuestra alma profunda.

Y en lo que se refiere a ficción, dos libros. Por un lado, la curiosa novelita "Alba Cromm". Se la regalé a Irene, con la voluntad implícita de leerla yo. Creo que ambos hemos disfrutado con su lectura. El argumento no es gran cosa: un suspense futurista con buenos y malos; pero tiene ingredientes interesantes: la guerra eterna entre hombres y mujeres y está narrado a través de varios lenguajes, pues los protagonistas mantienen conversaciones con el messenger o escriben en el blog. Nueva literatura para la nueva época. La red omnipresente, el sueño borgiano de la biblioteca de Babel.

Por otro, algo más clásico, que me encontré en la casa donde estuvimos en Menorca: "Opiniones de un payaso". El particular ajuste de cuentas del premio nobel de literatura Heinrich Böll con la sociedad alemana de la postguerra. Un libro lúcido, desgarrado, sobre la hipocresía religiosa, sobre el desamor y la infelicidad, sobre el alma de los artistas, sobre el fracaso personal. Está lleno de párrafos brillantísimos (mérito que supongo en parte del traductor). Vamos, lo mejor para leer en la playa.