martes, 7 de febrero de 2017

El secreto de la modelo extraviada. (Eduardo Mendoza, 2015)




Me lo he pasado muy bien con la quinta novela paródica protagonizada por el que llaman “el detective loco”. Me ha parecido tan buena como la que inauguró la serie: “El misterio de la cripta embrujada” (1979). La ciudad de Barcelona ha seguido evolucionando, y ahora entramos en gimnasios para pijos y se nos revelan tramas de caciques tacaños, con apellidos autóctonos que evaden capitales mientras sueñan con el “país petit.” Y el pobre protagonista anónimo, recién salidito del manicomio, desentrañando misterios y desfaciendo entuertos, mientras pasa hambre y huye de una policía violenta y servil con los poderosos.

Hasta ahora, me había fijado más en cómo el genio humorístico de Mendoza no solamente sirve para poner de manifiesto la brutalidad de las desigualdades de clase, algo que ya reseñamos hace tiempo 

Pero en esta última novela, he observado más al protagonista. Describe sus aventuras con el lenguaje formalista y preciso de un señor redicho. Y esa es su realidad. Una extraña confianza en que todo se va a resolver, en que las cosas resultarán tan lógicas y justas como es el lenguaje bien usado, lo mantiene vivo. Pero también le impide verse a sí mismo: un triste loco maloliente y nervioso, hermano de una prostituta, ayudado por unos travestis y que se tiene que esconder en madrigueras urbanas. Un pobre Alonso Quijano que cambia el mundo, sin más ayuda que sus parrafadas, sus desdichas y su ingenio.

viernes, 3 de febrero de 2017

Pueblos e imperios. (Anthony Pagden)



Con el final de la Guerra Fría, el norteamericano Fukuyama afirmó que la historia había acabado. En lo político, la visión occidental del mundo se imponía en todas partes, prometiendo con más o menos prisa la democracia y los derechos humanos y en lo económico, el neoliberalismo anglosajón aseguraba un progreso general más o menos alcanzable. Pero la historia seguía su marcha imparable, y tres décadas después, descubrimos que Occidente y sus valores pueden colapsar (empezando por la unión entre países europeos) y que en China, la fábrica del mundo, pueden estropearse las máquinas en cualquier momento. El futuro podría ser una distopía, con una VI República Francesa con Leyes de Nüremberg o un nuevo Al-Andalus  en el 2046.


Afuera hay millones de personas que no pueden esperar a que el progreso y los derechos humanos les lleguen por arte de magia. La primavera árabe y Hulliburton reventaron las vallas y la sombra del choque de civilizaciones, esa perogrullada infantil de Hungtinton, se presenta en forma de inmigración y de islamofobia. El imperio, como todos los imperios, ha perdido su legitimidad y su capacidad y va a levantar muros en lugar de vallas, muros cada vez más grandes, que no pararán a nadie. Porque al otro lado del muro hay mucha gente.


Dijo Mark Twain: «History does not repeat itself, but it does rhyme». Y últimamente, he leído alguna cosa interesante con ese símil. El mundo actual sería, más o menos, como el final del Imperio. El romano, obviamente. El espejo en el que todos los europeos nos hemos mirado alguna vez. Trajo polémica el premio que le dieron al prolífico Pérez Reverte, Arturo,  por este artículo 

Pero el tiro no iba tan desencaminado. Más sutil me parece este artículo que leí hace poco con las misma idea 
 

De todos modos, todas estas metáforas adolecen de lo mismo: la historia, la gran historia los hipnotiza. La historia será la que sea; pero la medida de todas las cosas es cada ser humano y su dignidad. Precisamente, en el libro que he leído en las últimas semanas “Pueblos e imperios. Una breve historia de la migración, exploración y conquistas europeas desde Grecia hasta hoy” del británico Anthony Pagden, aparece a veces esa visión humana y compasiva. 


En el libro, aunque breve, se trabaja a fondo la idea de que el imperio romano inspiró y sirvió de vara de medir al resto de imperios occidentales (el ibérico, el británico, el norteamericano). Y cómo las contradicciones que llevaban dentro (la fuerza centrípeta frente a las fuerzas disgregadoras y sobre todo, las contradicciones morales –lo que hagamos en las colonias puede ser hecho en la metrópoli-) se manifiestan con toda su fuerza en sus colapsos. Me asombró que el tipo conociera también algunas de las entretelas del primer gran imperio europeo: el castellano. Y es que, según leo en la Wikipedia, se formó por estos lares y dedicó mucho tiempo al estudio de nuestras lejanas glorias. Glorias que se olvidarán cuando los bárbaros que están al otro lado del muro, quemen nuestras bibliotecas, como presagia Pérez Reverte, Arturo.