viernes, 27 de junio de 2014

La jaula dorada.



Cuando escuchaba la radio, de joven, oí “Uma casa portuguesa”, cantada por Amalia Rodrigues. Aquella canción se quedó para siempre en mi alma. Y el sonido alegre y fraternal de sus versos, que, obviamente, no entendía, me venía de vez en cuando a la boca, trayéndome una sensación difusa de felicidad, de perfección, que no conseguía explicarme.

Al ver esta película, en la que aparece la canción en algunos momentos, he comprendido el porqué de aquellas sensaciones. La familia, el amor al trabajo bien hecho, la saudade de los emigrantes portugueses en Francia. Siempre recordando la casa familiar que quedó allí, en el lejano país, allí donde se comía tan bien y éramos tan felices. Aunque el trabajo estaba aquí y hay que trabajar para comprar un segundo taxi, para ganarse otro jornalico, porque aquí se ahorra, porque este es nuestro sitio ahora. Y no hay que quejarse y no hay que dar que hablar. La orgullosa laboriosidad del emigrante que vino de un lejano mundo rural. Yo la he visto. Gallegos en Suiza, aragoneses en Barcelona, sorianos en Zaragoza, portugueses en París, ecuatorianos en Madrid.

Se trata de una comedia amable, que se atreve alguna vez con los conflictos de clase que aparecen entre patrones (los franceses) y los inmigrantes; pero que no deja de transcurrir por los cauces esperados. Unos excelentes Rita Blanco y Joaquim de Almeida interpretan a los Ribeiro, incansables trabajadores, a los que el director y guionista Alves premiara con un edulcorado final.

jueves, 26 de junio de 2014

El enigma de China.



Según la organización Transparencia Internacional, la corrupción política es “el mal uso del poder encomendado para obtener beneficios privados” 


Así que uno sospecha que en cualquier tiempo y bajo cualquier régimen, ha habido o ha podido haber corrupción política. En España andamos muy enfadados últimamente, porque hemos descubierto que el régimen del 78 albergaba mucha podredumbre. Desde el ajado Capitán General de los ejércitos a los del comité de empresa del Tribunal de Cuentas. Pero cuando todo parecía ir bien, no nos quejábamos tanto. Al fin y al cabo, en las democracias formales, los poderosos no son ni mucho mejores ni mucho peores que los consumidores que los votan. En Alicante votan a la Castedo, belleza de la hoguera del barrio Princesa Mercedes, mientras que en Bilbao votaban al médico radiólogo Iñaki Azkuna. Allá cada cual con su voto-compra.


¿Y qué ocurre en las dictaduras? Pues la cosa en las dictaduras es mucho peor. De partida, el poder público que se dilapida en cosas privadas, ya es de por sí ilegítimo. ¡Ay del que ose decir que el rey está desnudo! El exiliado Qiu Xiaolong se ha atrevido a decirlo a través de la saga que inauguró “Muerte de una heroína roja”.  Su protagonista es el inspector jefe Chen Cao, de Shanghai, poeta, buen comedor, miembro del partido. Chen Cao nos recuerda inevitablemente a Carvalho y Montalbano; pero las aguas del mar en el que tiene que nadar y guardar la ropa son mucho más azarosas y brutales que las del Mediterráneo. Yo he llegado a esta novelita, la octava de la serie, a través de una excelente reseña de mi inacabable paisano, que sabe bien que la novela negra refleja mejor que ningún otro género la corrupción política.



Me ha llamado la atención que el inspector Chen parece taparse la nariz cuando hurga en la basura. Sus poemas y traducciones sobrevuelan el profundo malestar de la China del XXI. Solo  se desahoga una vez en toda la novela:


“Harían falta tres millones de yuanes para comprar un piso de cien metros cuadrados en un barrio aceptable de Shanghai. Por consiguiente, un agricultor que cultiva media hectárea, con unos ingresos medios de ocho mil yuanes al año, tendría que trabajar desde la dinastía Ming hasta la actualidad, sin contar con posibles catástrofes naturales; un obrero con unos ingresos mensuales de dos mil quinientos, tendría que trabajar desde la Guerra del Opio en la dinastía Qing, sin vacaciones, fines de semana  ni interrupciones de ningún tipo; un oficinista, con un salario anual de sesenta mil, tendría que empezar a trabajar en 1950, sin comer ni gastar en nada; y una puta tendría que follar diez mil veces,  cada día, ininterrumpidamente, aunque tuviera la regla, sin dejar de gemir, gruñir y retorcerse, desde el día en que cumpliera los dieciséis hasta los cincuenta y cinco, y todo eso sin incluir los gastos inevitables en pintura, muebles y aparatos para la habitación.”

miércoles, 11 de junio de 2014

¿Por qué nos quitan la Justicia Universal?

Miguel me envío personalmente un recordatorio de la conferencia; así que hice un hueco en este junio atareado y ruidoso y me fui a su librería, que es más que una librería. De hecho, ayer se parecía a un pasillo de la Facultad de Derecho. Escuché una terminología a la que no estoy acostumbrado “Comisión rogatoria; archivo; provisión…” pero que me sonaba bien y me sentí a gusto. Incluso me planteé cómo hubiera sido mi vida si me hubiera dado por estudiar allí. Quizá estaría en el turno de oficio, o quizá sería un triste funcionario con más formación que la que corresponde a su triste plaza. Lo que creo que es que no sería alguien tan interesante como los dos abogados que daban la charla. Demasiado valientes, demasiado buenos. Gente de esa que hace que la historia vaya más hacia adelante que hacia detrás. 

Almudena Bernabéu ha llevado el caso Ellacuría y el genocidio guatemalteco ante la Audiencia Nacional. Mientras la oía, mis meses en Guatemala me sonaban lejanos, irreales. Contó, como, por casualidades de la historia, fue la justicia española (especialmente el fiscal Castresana y el juez Garzón) los que consiguieron el arresto de Pinochet y mostraron al público que el concepto de “Justicia Universal” era aplicable, real, vigente y que no solo era medicina para los derrotados en la segunda guerra mundial, sino para los vencedores de otras guerras, para todos los abusadores, para los torturadores de hoy. Quizá dentro de unos siglos se recuerde a este estado, España, solo por ese hito.



 José Elías Esteve ha llevado el caso del genocidio tibetano, que ha sido, a la postre, el que ocasionó las presiones que han llevado a la chapuza jurídica que se trataba en la conferencia. El gobierno chino advirtió al gobierno español que no estaba dispuesto a tolerar que ningún juez independiente se pusiera a investigar el asesinato de 1 millón y medio de personas en su rincón del mundo. Y el gobierno español legisló a toda prisa para que, en su lenguaje, “dejáramos de ser los guardianes del mundo”. Como se dijo en la conferencia, esos de las pulseritas rojigualdas, usan el término “quijotesco” de manera despectiva.

Alguien del público, de rasgos saharuis, nos sacó los colores a todos al preguntar por su tema. Es lo que le pasa a cualquier español honesto con esa parte de la historia. Yo me fui hacia el Puerto con una frase de la abogada Bernabeu rondándome la cabeza. “Para las víctimas, el mero hecho de poder contar lo que han pasado a un juez que les escucha, ya es un principio de justicia, de reparación…”