lunes, 19 de enero de 2015

Reinos desaparecidos.

Entretuve el final del otoño de 2014 con un tocho gordo, de título impresionante. "Reinos desaparecidos. La historia olvidada de Europa", de Norman Davies. Es un profesor e historiador británico, al parecer especializado en Europa del Este y que ha publicado varias cosas sobre la segunda guerra mundial.

El libro trata sobre algunos estados que fueron y que ya no son. Y ese tema siempre me ha parecido muy interesante, así que la lectura de sus casi 1000 páginas se me hizo placentera. Supongo que a la gente normal no le aporta mucho saber algo de la historia de la multiétnica Galitzia o de la reciente Prusia (actualmente territorios polacos) o de la sorpresiva Montenegro (un estado improbable y que, ironías de la historia, ha subsistido y ha escapado de su absorción por parte de Serbia). Solemos ver la historia como un proceso inevitable, cuyos resultados son los que son, sin que se hayan podido dar otros. Así, los actuales estados nacionales o los proyectos de ellos, a través de sus libros para escolares, de sus mapas del tiempo, de su mitología, tienden a transmitir que siempre han sido y que siempre serán. Y que sus fronteras y su idiosincrasia "nacional" es el resultado inapelable de la historia. Pero Lituania (los lituanos, quiero decir) podrían haber desaparecido, como desaparecieron los antiguos prusianos. Y en el sur de la actual Francia y el norte de la actual Italia, podría haber otros estados, llamados por ejemplo, Borgoña (en el libro, Burgundia) o Saboya (en el libro, Sabaudia). Los líos dinásticos, las maniobras diplomáticas, el azar siempre jugando con la realidad de los humanos.

Como ya habrán adivinado ustedes, la razón principal para comprarle a Miguel el grueso volumen, fue el capítulo sobre Aragón (la corona de Aragón, se entiende). Ese estado, uno de los primeros estados modernos de Europa, con su burocracia, su servicio diplomático, sus parlamentos estamentales y sus letrados y funcionarios, desapareció a principios del XVIII. Sus cenizas aún parecen encender brasas en la actualidad. Ese estado, al que algunos historiadores con demasiada vena lírica llaman "Confederación catalanoaragonesa" y algunos de mis paisanos "Reino de Aragón", confundiendo reino con corona, parecía haber desaparecido para siempre. Pero como canta "La ronda de Boltaña", a la que veré en unos días: "los mapas siguieron trayendo tu nombre, ¿quién puede olvidarse de ti?". Davies concluye su capítulo "Aragón. Un imperio mediterráneo (1137-1714)" con una perspicacia casi impropia: "La política moderna echa a perder, en verdad, casi todos los intentos de recordar la Corona de Aragón con exactitud y afecto. El reino-condado dual, con su larga serie de territorios dependientes, vivió y murió mucho antes de la época de los nacionalismos modernos y su espíritu es difícil de encajar con las pasiones contemporáneas.Su memoria no ha sido adoptada ni por el nacionalismo español, ni por el nacionalismo catalán y ni siquiera por el particularismo aragonés" y cita a Bisson: "Las antiguas piedras guardan ahora silencio. Hablan de (...) luchas, defensas y hazañas; de trabajo rural y ganadería; de plegarias y donaciones, de comercio y de charla, y de vínculos y aspiraciones a través de soleados mares"

miércoles, 14 de enero de 2015

Pelis en navidades.



Las vacaciones navideñas nos permitieron ir al cine y disfrutar con tres pelis. Muy diferentes; pero recomendables las tres.

La primera fue "Trash, ladrones de esperanza", la historia de unos Meninos da Rua brasileños que encuentran en el basurero en el que y del que viven una cartera. El interés de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, esos que velan por los derechos de todos, por la cartera, les lanza a la búsqueda de un tesoro evidente. Mucho mensaje social, mucha emoción (como en todas las películas de buscar tesoros), un poquito de violencia y bastante buenismo. Es decir, como me comentó una amiga, "Cidade de Deus" edulcorada con "Slumdog millionarie". El Martín Sheen haciendo de cura cooperante con problemillas con el alcohol, me encantó. Salimos del cine contentos. Hace diez años, la peli hubiera quedado muy lejana a los espectadores españoles. Pero hoy en día también tenemos expertos medioambientales venidos del Este, viviendo de los contenedores de basura y sabemos que, como en la peli, los políticos en el poder, como el actual presidente del gobierno, Mariano Rajoy, cobran comisiones en dinero negro en sobres. Al menos, la peli acaba bien. Nadie sabe como acabará esta otra.

La segunda fue "Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?" (Qu'est-ce qu'on a fait au Bon Dieu?). La comedia sobre la integración que ha tenido tanto éxito en Francia. La familia Verneuil, de Chinon, en la hermosa ribera del Loira, tiene cuatro hijas (cuatro bombonazos, por cierto). Y las tres primeras se han casado con franceses "raros" (un judío, un moro y un chino). Así que la cosa da para mucha risa, como todas las pelis sobre arquetipos. Y si no que se lo digan a Borja Cobeaga y Diego San-José, los de los apellidos vascos. La peli se hubiera borrado pronto de mi memoria, si no hubiera sido por los trágicos acontecimientos de la semana pasada. Igual que pasó aquí en el 1977, unos fanáticos descebrados han vengado las ofensas a su Alah. Si te ríes de mi superhéroe, te mato en su nombre.

Y de pronto, hemos visto que la corrección política de la peli queda en entredicho. Entre los 20 y 30 millones de musulmanes europeos, hay unos cuantos que no aceptan la separación de la religión y el estado y que van a hacer todo lo posible por cambiar nuestra sociedad. Y todo parece que lo están consiguiendo. Con la colaboración de los que iban en la cabeza televisada de la mani de París.

La tercera peli ha sido "Leviatán". Un dramón ruso que transcurre en las hermosas playas del mar de Barents. Vemos como la fatalidad se ceba con Kolia, el protagonista. También vemos que los rusos beben como ningún otro mamífero podría hacerlo; pero eso ya lo sabíamos de cuando estuvimos en Vyborg.

El título hace referencia a la célebre metáfora de Thomas Hobbes; pero el cacique del pueblo no es el único problema de Kolia. La peli debe ser muy buena porque estuvimos aguantando más de dos horas de desgracias y no nos dormimos. Un sutil mundo de sombras y de anhelos subyace bajo la trama. No sé explicarlo bien; pero volvimos a casa un poco más humanos, un poco más sabios.