En una de las muchas asignaturas que he impartido en mis casi 30 años de docente, intentaba que los alumnos leyeran algunos libros que yo consideraba valiosos o sabios. Todavía no existía la IA para escribir un resumen rápido (o para poner un examen rápido) sobre un libro, así que confío que alguno de aquellos muchachos leyera algo y algo quedara en su mente o en su corazón. Aquellas asignaturas no se correspondían en nada a los grados en los que se impartían; pero mi antiguo jefe era un tahúr en esto de los créditos y la gestión docente. Sabía que yo era más de letras que de ciencias. Siempre lograba hipnotizarme, me dejaba hacer, yo me trabajaba las horas de clase, mientras que él se las apuntaba. Los compañeros me miraban con lástima y callaban y yo era feliz con mis manías de diletante y mis lecturas, y me iba estancando profesionalmente. Asignaba los libros según la última cifra del DNI, lo que no dejaba de resultar controvertido, al menos, en el caso del libro que reseño hoy. Se ...