Como casi todos los súbditos de este triste reino, he sido futbolero. El fútbol, ese rito de la tribu, esa rutina simplona, esa conversación aburrida. Incluso llegué a tener un pase, por culpa de mi viejo compañero de carrera, Javi. Así que acudí varios ejercicios a Mestalla, cuando el Valencia todavía era capaz de vencer, muy de vez en cuando, a los dos mandriles dominantes: el antipático Madrid y el antipático Barça. Y yo, activo y sonriente, iba y venía, y por los Camins al Grau, me entretenía. Pero el rebaño del Mestalla me empezó a caer todavía más antipático que los mandriles. No había ni rastro de épica, y sí mucha caspa, mucha coentor, el olor de los senyorets de la Ribera que venían los diumenches al Cap i Casal . Los que conozcan la ciudad del Turia, saben a lo que me refiero. Después, llegarían los chinos, con otros olores. También viví algunas alegrías con el Zaragoza, el equipo de mi hermano y sus amigos, a los que me arrimé buscando un Aragón, que, si ...