Las buenas gentes que, cada 12 de octubre , acuden a aplaudir el desfile militar y a pitarle al presidente del gobierno español (en funciones o investido) saben bien lo que hacen. Van con los pulmones llenos de mucho aire, ese aire que solo los nacionalismos pueden insuflar en las almas. Quizá le pitan porque tenga ministros más o menos de izquierdas, que suben el salario mínimo o los impuestos a los bancos. Pero sobre todo, le pitan porque lo identifican como la principal amenaza a la nación. A su nación. A esa nación antipática que, a menudo, parece acabarse a las afueras de Madrid. Esa nación que tiene un ejército que desfila con elegancia y una cabra y que tiene la encomienda explícita de "defender la integridad territorial", aunque lleva perdiendo territorios desde 1640. Ya se ve que las naciones-estado están obligadas a defenderse. A sobrevivir a toda costa. Tienen ejércitos, tribunales supremos, selecciones nacionales de fútbol (anoche 2-0 a Escocia), mapas del tiempo,...