martes, 26 de julio de 2011

Templario (John English). 2011


Para celebrar Santiago Matamoros, ayer fui a ver este estreno, basado, al parecer, en la historia de Inglaterra. Es una peli plana, con muchas cabezas rotas a espadazos, salpicaduras de sangre y de mierda, atrezzo excelente, cero pretensiones y nula importancia. Como entretenimiento facilón, no está mal.

La peli cuenta alguna de las batallitas entre Juan I y sus señores feudales. Para que lo entendamos mejor, el rey es malo (es el mismo contra el que luchaba Robin Hood) y los otros, buenos. A mí me vino a la mente que, a pesar de todo y después de Tucídides, Milton, Rousseau, Hobbes, Marat, Figueras y Habbermas, España sigue siendo una monarquía. Mala suerte. Y yo soy un súbdito que va al cine.

El protagonista es un templario, que no dice nada, que liquida enemigos a montones y que se hace el estrecho cuando la señorita del castillo se lo quiere follar.

El tema de los monjes guerreros está bastante agotado (lo acabó de gastar George Lucas con los jedi). Las novelas y la tele los pintan muy formalitos, pero debían gorronearles su diezmo a los campesinos, como todos los demás. En mi pueblo, para las fiestas, les ha dado ahora por disfrazarse con los trajes de aquellas órdenes. Las antiguas extremaduras aragonesas y su carga de mitos, sangres, héroes y guerras. Europa, supongo. Si todo se queda en la fiesta, fantástico. El problema es cuando el tema se lo cree un noruego imbécil con ganas de matar socialdemócratas.

miércoles, 13 de julio de 2011

Vida y destino. (Vasili Grossman).


Recuerdo con ternura cuando leía "Guerra y paz", dos tomos que saqué de la biblioteca de Mislata. Aquella saga familiar durante la invasión napoleónica, entreverada de las reflexiones del gran Tolstoi, el alma rusa, el principio del XIX, en las largas tardes de la adolescencia. Por aquel entonces, yo aún creía que todo estaba en los libros.

Muchos años después, demasiados, he leído la novela de Grossman, que pasa por ser la réplica de la anterior para el XX. Adopta la misma estructura formal: un momento histórico: la batalla de Stalingrado y una familia como protagonista: los Shaposhnikov (o mejor dicho, las Shaposhnikova), cuyos miembros están repartidos a lo largo y ancho de la inmensa geografía soviética, a ambos lados del frente. Pero "Vida y destino" es algo mucho más brutal y conmovedor. No puede ser de otra manera, ya que su escenario es el colosal enfrentamiento entre los dos estados todopoderosos que encarnaban las terribles ideologías totalitarias que han marcado el siglo.

Aunque “Vida y destino” gira alrededor de un punto focal que es la batalla de Stalingrado (he ido releyendo simultáneamente el clásico de Beevor para situarme mejor), no es una novela sobre la guerra. Es una novela sobre el ser humano ante la devastación y la negación absoluta. Esta historia coral visita los campos soviéticos donde perecen los asombrados bolcheviques que gimen “no era esto, no era esto”, los campos nazis, donde los untermensch son gaseados con satánica eficiencia, los escombros de la ciudad-infierno-mito, donde un soldado vale menos que el fusil que lo mata, los laboratorios de más allá de los Urales, donde mezquinos científicos inventan la muerte a cambio de cupones de comida, siempre con miedo de que les recuerden su origen judío o pequeñoburgués. Me asombra lo fácil que es decirlo, pero en Stalingrado murieron millón y medio de personas. Y durante la guerra, en la Unión Soviética, del orden de 22 millones.

“Vida y destino” es un viaje meticuloso a las mil esquinas del horror, ese horror donde el ser humano se desvanece en nombre de la ideología o de la raza y los más sádicos y abyectos crímenes se convierten en heroicos actos de servicio al partido o la patria. No es exagerado decir que esta novela, finalizada en 1959; pero publicada en Suiza en 1980 a causa de la censura, es la gran crónica del siglo. Ante la magnitud de lo narrado, podría decir aquello de "¿qué son mis penas y mis anhelos personales comparadas con esto?" pero precisamente el mensaje de la novela es que lo que es valioso, en última instancia, son las penas y los anhelos personales por encima de abstracciones que llevan, que llevaron, a la muerte y a la nada.

sábado, 2 de julio de 2011

Midnight in Paris.


Para huir del calor de julio y de la soledad, me metí en los cines Lys. Solamente pude escapar de lo primero.

Me llamó la atención que, delante de mí, en la cola, dos grupos diferentes (uno de erasmus y otro de turistas propiamente dichos) preguntaran si había pelis en versión original. Mala suerte, guiris, esto es Valencia y aquí todo es en español. Bueno, hace unos días, el Partido decretó que vamos a ser trilingües. Y mañana buen tiempo.

En cuanto vi los primeros planos comprendí porque había elegido la última de Woody Allen: por nostalgia de los días vividos allí con mis chicas, por aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. París, París... Me he quedado boquiabierto cuando he comprendido que la peli trataba precisamente de eso, del recuerdo que se desvanece, de lo vivido, de lo que se imagina haber vivido, haber amado. El protagonista, Owen Wilson, añora un tiempo ya perdido: el París de entreguerras, la ciudad nocturna y libre de Hemingway, de Fitzgerald, de los surrealistas.

A pesar de que todo indica que se trata de un encargo para promocionar París, “el lugar más feliz del universo” dicen en la peli, y a su personificación, Carla Bruni (en el reparto), en un modo parecido a lo que hizo “Vicky Cristina Barcelona”, aquí el gran Woody se ha esforzado más. Ha construido un guión juguetón pero creíble que soporta una comedia hermosa y limpia, adornada con unas preciosas Rachel McAdams y Marion Cotillard. Y es que digan lo que digan los catalanes, entre París y Barcelona la única diferencia no es el Sena.