Han pasado ya muchos años desde mi primer viaje al extranjero: aquel recorrido por Escocia con Javi y con Leo. Así que van quedando menos recuerdos del periplo en coche que nos llevó por todo ese país de lagos, hielos y páramos. Sin embargo, una difusa sensación de libertad y alegría permanece en algún hueco de mi corazón al acordarme de aquellos días. También rememoro el asombro que sentí al descubrir la permanencia de los signos identitarios escoceses. Una parte de ellos, productos a disposición de cualquier turista (norteamericano o de Albacete, como nuestros ocasionales compañeros de entonces). Otra parte, milagros históricos de la vieja Europa, como la pervivencia en precario del gaélico escocés. Pequeños detalles que sustentan las viejas trampas que son las identidades nacionales. La identidad nacional escocesa ha permanecido tan fuerte que habrá un referéndum en otoño del 2014, que puede cambiar la relación jurídica que la antigua Alba tiene con Inglaterra desde...