jueves, 19 de julio de 2012

El enredo de la bolsa y la vida.


El "que se jodan" de Andrea Fabra resumirá esta época. En medio de la catástrofe, es el lema último del poder desnudo, el eslogan de la razón de la fuerza en el gran saqueo. Los culiparlantes dinásticos de este espectáculo rancio ya no necesitan cuidar su lengua ni sus modos. Mientras quede algo en la caja para los trienios de los de las porras podrán seguir con la derrama gigantesca que pague las deudas de sus fastos, de sus incendios, de sus proyectos insensatos. Pero, ¡ay! puede que algún día no quede ni para los de las porras, como anunciaba esta mañana su correligionario Montoro. Es, en esos casos, cada 100 o 200 años, cuando la pirámide se desmorona y todo se llena de polvo y escombros. Hasta los bancos alemanes llegará la escombrera.

Todas las piedras de la pirámide son interesantes. Los grandes mármoles de arriba, donde está sentada la gente como Andrea y su culo acostumbrado al escaño y sus cargos hereditarios y su vocabulario chusquero y su impunidad y sus seis generaciones en el poder. Pero también las piedrecitas de abajo son interesantes, las de más abajo, donde vive la gente que se jode y que aspira a vivir un poco menos jodida, siempre infructuosamente, siempre mirando con miedo a los de las porras y a los que les mandan.

El protagonista de esta cuarta entrega de la saga vive en esa parte de la pirámide, donde hay más humedad y más bichos, donde nunca toca la lotería. Es el sitio del lumpenproletariat, de los humillados, de los hambrientos, de los dolientes y desdichados, de los que viven cagados. Y por ello, nos hacen tanta gracia a los de las piedras de mitad de la pirámide. El otrora detective, ahora peluquero de señoras, ex interno del psiquiátrico siempre logra arrancar una sonrisa con sus razonamientos ingenuos, sus discursos barrocos, sus desventuras y afanes justicieros.

Muchos reprochan a Mendoza que haya dedicado una parte de su talento a esta literatura menor, a estas caricaturas del subsuelo. Se le valora por  “La verdad sobre el caso Savolta”; pero se le menosprecia por las irreverentes “Sin noticias de Gurb” o “El asombroso viaje de Pomponio Flato”. Yo no soy tan exigente. Simplemente, le doy las gracias por todas las sonrisas que su desdichado detective me ha proporcionado.

No sé cómo llegó a mis manos “El misterio de la cripta embrujada” (1979). Supongo que algún profesor del insti nos lo recomendó. Me impresionó hasta tal punto que se lo presté a una chica que me gustaba. No se rían. Supongo que no apreció tanto como yo el preciosismo del lenguaje en esa parodia de novela negra y relato gótico, con un argumento absurdo y un protagonista a medio camino entre el pícaro clásico y un Alonso Quijano de la transición.

Nuestro detective, entre la cordura y el delirio, maneja el lenguaje mejor que Andrea Fabra; pero se ha llevado tantos golpes que no descuida su trasero: “Soy, en efecto, o fui, más bien, y no de forma alternativa sino cumulativamente, un loco, un malvado, un delincuente y una persona de instrucción y cultura deficientes, pues no tuve otra escuela que la calle  ni otro maestro que las malas compañías de que supe rodearme, pero nunca tuve, ni tengo, un pelo de tonto: las bellas palabras, engarzadas en el dije de una correcta sintaxis, pueden embelesarme unos instantes, desenfocar mi perspectiva, enturbiar mi visión de la realidad. Pero estos efectos no son duraderos; mi instinto de conservación es demasiado agudo, mi apego a la vida demasiado firme, mi experiencia demasiado amarga en estas lides.”

Después, me fui leyendo las secuelas de “El laberinto de las aceitunas” (1982), ambientado en la Barcelona olímpica, y “La aventura del tocador de señoras” (1990). Aunque inferiores en poder cómico, añadían algo que me  gustaba: caricaturas de los poderosos que, de repente, aparecían en las tramas que pretendía desenredar el protagonista. En “El misterio de la bolsa y la vida”, la aventura se desarrolla, como siempre, en Barcelona; pero es una ciudad arruinada y triste, a la que va a llegar Angela Merkel de visita. Supongo que para darle órdenes a Andrea Fabra mientras la pirámide se va desmoronando.

sábado, 7 de julio de 2012

El fin de la expansión.

El pasado fin de semana fue asqueroso. El viento de poniente traía las cenizas y el olor de los incendios masivos en el interior de Valencia. Algunos de los mejores bosques mediterráneos desaparecían en minutos, para siempre. El cielo aparecía amarillo. La tarde era tremendamente cálida. Mi generación ya no volverá a ver esos pinos y esas sabinas. Algunos de los bosques que crucé en Colorado también estaban ardiendo, al otro lado del mundo, de nuestro pequeño mundo. Canal 9 insistía que el fuego de aquí era inevitable y que no tenía nada que ver con los recortes en prevención de los últimos 4 años. La ciudad estaba triste y briznas negras flotaban en la tarde del sábado caluroso. Murió un piloto.

La semana anterior había estado en la presentación de este pequeño libro. Su autor, Ricardo Almenar es un biólogo dedicado a lo de la sostenibilidad. Mal trabajo en esta tierra donde se decidió vender el territorio para pagar las fiestas. Almenar parece un tipo lúcido y sabio, de verbo fácil, y que sabe de bastantes temas. Obviamente, no es profesor en la universidad.

El libro, una obrita breve; pero concentrada, pone nombres a algunos del conceptos que flotan en la literatura sobre el tema. Plantea la siguiente dualidad: hay dos modos políticos-psicológicos-económicos-culturales de ver el mundo: como un mundo inagotable o como un mundo finito. A la primera manera, que recoge el concepto de "la economía del cow-boy" la llama el autor "el mundo-océano", donde se puede crecer indefinidamente o esconder la basura y cambiarse de sitio (lo hicieron en un capítulo de los Simpson). A la segunda manera, que recoge el concepto de "la economía del astronauta" la llama el autor "el mundo-isla", con recursos limitados, sin posibilidad de expansión.

La humanidad,  en los tres últimos siglos, ha vivido de acuerdo al concepto de mundo-océano. Siempre había una frontera que conquistar, manteniendo así la expansión continua de la economía y de la población. Asociada a esta idea, está la de la mejora continua e inevitable de la vida humana. Algo que sabemos que es falso, como muchos ejemplos históricos muestran (Almenar comienza la obra con la expansión polinesia, que también había estudiado Diamond, al que ya reseñamos hace un tiempo). La posibilidad del crecimiento permanente justificaba las desigualdades, la competencia y está en el alma misma del sistema (comprar-trabajar-comprar). Pero es evidente que estamos alcanzando (si no lo hemos ya) los límites del entorno. Tanto a los optimistas como a los pesimistas, les recomiendo vivamente este librito de la editorial Icaria.