jueves, 18 de junio de 2015

Tablas por segundos.




En algunos medios, se habla últimamente del holocausto. O mejor dicho, de los chistes malos sobre él. Si, después de tanto esfuerzo,  todo lo que han podido encontrar para comprometer a los nuevos concejales ha sido esto, los humoristas yiddish que flotan sobre los cielos de Polonia y los caricaturistas republicanos de las cunetas españolas deben estar meándose de la risa. Aunque me temo que los que siempre han mandado en nuestras grandes ciudades confían más en inesperados accidentes de bicicleta como arma política que en rebuscar en las hemerotecas del mundo virtual.


En las últimas semanas he leído esta novelita breve ambientada en el holocausto. Se trata de la obra más celebrada del judío lituano Icchokas Meras (1934-2014), uno de los pocos  supervivientes de aquella comunidad. De adulto, se dedicó a la ingeniería y a la literatura como hobby. Según la wikipedia, escapó a Israel en 1972.


Supongo que compré el librito de saldo porque en la portada y en el título hay una referencia al ajedrez, mi pasión de siempre. Como es sabido, el ajedrez ha servido como metáfora y materia literaria a muchos autores. Si bien es cierto que una partida tiene cierta importancia en la trama, este juego, tan importante en el mundo judío de las primeras décadas del XX,  no es, ni mucho menos, el núcleo del argumento. De hecho, la traducción española del título lituano “Lygiosios trunka akimirką” no parece tener mucha relación ajedrecística con la traducción inglesa “A Stalemate Lasts But a Moment”. La novela cuenta las vivencias, hazañas y desgracias de los hijos de Abraham Lipman, encerrados en el gueto de Vilna. Afrontan su exterminio con sabiduría y valor. Cada párrafo rezuma cariño y solidaridad ante la tragedia colectiva. Una oda a la lucha de la humanidad frente al mal absoluto, encarnado en Schoger, el nazi que comanda el gueto y que lleva negras frente a Isaac  Lipman, el menor de los hijos de Abraham.

miércoles, 17 de junio de 2015

Hasta aquí hemos llegado (Petros Márkaris)



Como me gustó “Con el agua alcuello”, repetí con la que parece que va a ser la última novela protagonizada por Kostas Jaritos, comisario de homicidios en Atenas. Jaritos es un poli bueno, que sigue los procedimientos, que confía en sus hombres y que se toma un café con leche y un cruasán a mitad de mañana. Como ya tiene muchos trienios de experiencia, aplica el sentido común y su conocimiento del alma humana  para resolver los crímenes que van entrando en su negociado, mientras se preocupa por llegar a final de mes y por tener a su mujer contenta.

O sea, esquemas típicos del género, contados con una prosa fácil y muchos aciertos estilísticos. Por ello, la saga ha dado fama a Márkaris y le ha servido para retratar con sutilidad y eficiencia la crisis y la transformación de la sociedad griega. Precisamente, las últimas novelas de la saga  son las que han tenido más éxito. Los recortes que la troika impone al estado griego llegan a todas partes: a la jubilación de Jaritos, a los medios con los que trabaja y a los asesinatos que resuelve. Los europeos del norte exigen que se les devuelva el dinero que tuvieron que aportar para salvar a los bancos del norte que habían prestado dinero a los del sur.  Pero ni la economía griega ni la economía española podrán pagar nunca la deuda, mientras sigan en la jaula del euro. Nunca. Y Jaritos ahora tiene que ir a la escena del crimen en transporte público, y ve cada  día más mendigos rebuscando en la basura.

En el argumento de “Hasta aquí hemos llegado”, se introducen dos temas sugerentes que acompañan a la trama principal. El primero es la xenofobia que se ha apoderado de una sociedad griega empobrecida y que busca culpables de su fracaso. Esa xenofobia, se expresa políticamente a través de los matones de “Amanecer dorado”, esperando su oportunidad de tomar el poder y de ajustar cuentas con la historia. El odio de los pobres hacia los paupérrimos, por usar palabras de la novela. Especialmente triste al tratarse de Grecia, otro país de emigrantes, como España.

El segundo tema, que también admitiría paralelismos con la situación española, es la presencia, en el trasfondo de la novela, de unos acontecimientos históricos tan recientes que todavía siguen marcando las relaciones sociales. En el caso de Grecia es la sangrienta guerra civil posterior a la ocupación nazi y las represalias de la dictadura contra los activistas de izquierdas. Esa violencia histórica y cercana se refleja en la trama. Del mismo modo, sigue presente en la sociedad española, como una oscura humedad que empapa las paredes, sin ser reparada del todo, sin ser perfectamente identificada.

jueves, 11 de junio de 2015

El artista (Joaquín Carbonell)



No pude acudir a la presentación de este libro en la Librería Primado; pero no dudé en comprarlo en cuanto Miguel me lo mostró. Y es que todo lo que hace mi paisano Joaquín Carbonell me parece interesante. Precisamente, de paisanos y del paisanaje trata la última obra del bajoaragonés, que he leído con rapidez y gusto.


Supongo que la novela tiene mucho de autobiográfico. Si no en todos los hechos narrados, sí en el aire general de la historia. La trama se apoya en aquella contraposición tan antigua entre lo universal y lo local y que, en lo creativo, sería el contraste entre la gran cultura y los reflejos de esta en la cultura popular. Supongo que Carbonell le ha dado muchas vueltas al tema. Al fin y al cabo, ha hecho cosas que podrían ser consideradas muy “locales“; pero siempre se ha esforzado en que todo su trabajo atendiera a motivaciones más amplias. 


La novela cuenta la historia de Antonio Zaera, originario de Andorra, la de Teruel. Huyendo de la mina y las olivas, fue camarero en Sitges y un día, se lio la manta a la cabeza y se fue a Madrid, a intentar trabajar como actor en “Viridiana” de Buñuel. Al fin y al cabo, don Luis también era paisano, de Calanda y había vuelto a España desde el exilio para dirigir la famosa película. El ansia de triunfo y de fama del bueno de Antonio, Antuán de nombre artístico, le sirve al pillo de Carbonell para describir ese  Madrid de principios de los 60. Una gran ciudad donde convive la miseria más triste y los lujos que los privilegiados pueden empezar a darse. Los gerifaltes acuden de gorra a los toros y los dirigentes del partido pronostican que el dictador caerá en cuestión de meses. El régimen desconfía de todos: de las suecas que acuden a las playas de Sitges y de los emigrantes en Suiza; pero necesita sus divisas. Y por aquello del  reconocimiento internacional, también necesita dar cierta sensación de normalidad, así que ha de que permitir al rojazo de Buñuel rodar sus “baturradas”.


Antonio se moverá entre ese mundo sofisticado y lejano y su pueblo de origen. Es la necesidad de aceptación en la patria chica, que todos hemos sentido alguna vez. Supongo que tiene que ver con la necesidad de la aceptación paterna. La aventura madrileña de Antonio, en su pueblo, le granjea admiración y también desconfianzas. No es muy normal eso de trabajar en pelis en blanco y negro, donde salen pobres tan feos. Esa película ni siquiera se estrenará allí, en esa España interior, desgarradoramente aislada, triste, desconocedora, tan desconfiada como el régimen que la gobierna a través de caciques y de guardias civiles ignorantes y violentos. Carbonell capta con maestría ese mundo, que él también vivió como “artista” (¡con cuánto desprecio se puede pronunciar esa palabra en Aragón!).  Ese mundo, que va muriendo y despoblándose, que también es el mío en parte. El  gran Labordeta contaba en sus conciertos una anécdota que lo describe bien y que debió oír su amigo Joaquín muchas veces: “Cuando Buñuel volvió a Calanda, después de haber logrado fama mundial por “Un chien andalou”, uno le dijo “esa película del perro: flojica, flojica…”.

lunes, 8 de junio de 2015

Misterioro asesinato en casa de Cervantes



Por mi cumpleaños, me regalaron esta novelita, del prolífico Eslava Galán, al que ya hemos reseñado aquí. Y la he disfrutado. Y es que el autor jienense está muy puesto en la vida y época cervantina, como ya pude apreciar en “El comedido hidalgo”. 

La novela parte del hecho histórico del asesinato de Gaspar de Ezpeleta, la noche del 27 de junio de  1605, en la puerta de la casa de Cervantes en Valladolid, la corte en aquellos años. Todos los vecinos, incluyendo a la familia del autor del “Quijote” fueron detenidos. Al parecer, por la fama de putas de las llamadas “Cervantas”. Fueron liberados unos días después y definitivamente, se cerró el asunto el 18 de julio. 

Eslava Galán fabula sobre la resolución del crimen a cargo de admiradores y amigos de Cervantes y logra un argumento resultón y entretenido. Echa en la olla todos los ingredientes que encuentra en el imaginario histórico de la época de Felipe III de Castilla: clérigos, pobres, coimas, espadachines, intrigas internacionales, luchas por el poder en la corte. Y lleva a cabo un ejercicio estilístico valioso, al imitar con más o menos éxito  el castellano de esos años, que es también el de don Miguel de Cervantes, ese desgraciado.

Precisamente la mala fortuna de aquel genio y la melancolía que Eslava Galán le atribuye, son un trasunto de la sensación de decadencia de los reinos hispánicos, que flota a lo largo de todo el texto. Explica Cervantes a un banquero italiano: “El noble quiere vivir de sus rentas; el pechero que nada tiene, queriendo subir de estado, abandona el campo y viene a la ciudad, donde se hace criado de boca y mesa y pierde la vergüenza que, en su aldea, por ser conocido, solía tener. Así se están, sin hacer nada, todo el día siguiendo al amo como el rabo sigue al perro, por tristes salarios, en oficios de pajes, de esportilleros, de lacayos, de escuderos, de triperos, de mozos de espuela, de rascamulas, de galopines, de pinches, de pasteleros, de apagavelas, de aguadores, de especieros, mientras que las otras mil labores que debieran enriquece al país quedan vacantes, sin nadie que las atienda.”

jueves, 4 de junio de 2015

Nuestro último verano en Escocia



Merche sabía lo que buscaba cuando propuso esta peli: final feliz, niños graciosos, conflictos familiares que se arreglan. Y lo encontró. Porque todo está planeado para acabar bien y para dejarte un buen sabor de boca del que uno desconfía. Pero es que es difícil resistirse al trío de niños protagonistas. Las anécdotas y ocurrencias infantiles le dan ritmo a la historia y justifican un desenlace poético y elegante. 

Eché de menos que Hamilton y Guy, los directores, no hubieran intentado sacarle más partido a Billy Connolly, que interpreta al abuelito que los niños van a visitar. Y el abuelito está jodido. Se va a morir. Supongo que tratar más profundamente el tema de la muerte y de la preparación para ella, que en eso consiste la vida, le hubiera quitado gracia a la comedia. Pero es que el personaje daba para eso y para más y también los paisajes. Ese mar, ese camino, que escribiera el poeta.

Al ver esos paisajes y ese mar, yo no podía evitar recordar el viaje del 96 con Leo y Javi por las Highlands: asombrado, feliz, voraz, afortunado. La muerte era tan lejana entonces…