jueves, 26 de abril de 2012

Crimen perfecto


El viernes pasado fue un viernes cálido, silencioso, tranquilito. Me quede en casa frente a la tele, cansado de todo el trabajo de la semana. Afortunadamente, la tele pública aún se puede ver. Pero parece que la retrorrevolución también quiere hacer sus cambios ahí. Ahora que la chusma está como atontada es cuando todo puede ser reformado, cuando las cosas volverán a ser como Dios manda, cuando todos los viejos y rancios deseos podrán hacerse realidad…

En fin…vi "Crimen perfecto", de Andrew Davis (1998), un remake de una de las obras maestras de Hitchcock. Esta versión no es tan buena como el original; pero entretiene. El Michael Douglas y el Mortensen son creíbles. Más desubicada veo a la Gwyneth Paltrow. Con las cosas que le pasan y solo cambia de cara cuando yace con Vigo.

En la peli reconocí numerosos lugares de Nueva York: Washington Square, el ferry a Staten Island, etc. Me acordaba de cuando le contaba a Glenn, de Brooklyn, que era difícil para nosotros, los turistas, asumir que Nueva York es una ciudad normal, que no es un inmenso escenario, dispuesto para nosotros. Es difícil comprender que esos decorados que hemos visto desde la infancia son un sitio con basura de verdad, con taxis de verdad, con violadores y cucarachas, con alcantarillas que emanan vapor entre los rascacielos y donde hay gente muy rica y muy pobre y las armas de los policías que protegen la riqueza de gente como los personajes de Douglas y Platrow están cargadas con balas reales, de las que matan.

Disfruté el thriller y me fastidió mucho que el crimen perfecto al final no fuera tan perfecto, que es lo que suele pasar. ¿Por qué nos gustan tanto las historias de asesinos planificadores y sutiles? Muchos autores ya advirtieron esto y cambiaron el enfoque de la cámara, pues, en cierto modo, todos nos ponemos de parte del malo. La reina del género fue la Highsmith y su insuperable Ripley. Nos deleita ver que el malvado puede salirse con la suya, gracias a su maligna inteligencia ¿Dónde está el encanto de que el mal triunfe?

miércoles, 11 de abril de 2012

Xavi Castillo en Matisse


Anoche, con Enrique e Íñigo, fui a ver a Xavi Castillo a la sala Matisse, en Valencia. Obviamente, se llenó y es que el tipo se va haciendo cada vez más popular. Xavi Castillo es un showman-monologuista que hace un humor obsceno y violento, gritón y destartalado, sudoroso y sincero. Durante mi estancia en los Estados Unidos, me propuse no ver ni escuchar vídeos ni en español ni en valenciano, pero Guillermo me envió un enlace y no pude evitar seguirlo. Aun me acuerdo de las carcajadas en la soledad de mi cuarto, escuchando a este tipo de Alcoi insultar y ridiculizar sin piedad a la casta que nos gobierna desde hace tantos años. Desde entonces, no me pierdo ni un capítulo de su última creación: el "Veriueu-ho teatre" ("investigation theater", aclara el clown).

¿Por qué Xavi Castillo y Pot de Plom se han hecho tan populares? Porque son los únicos que hacen parodia de los gerifaltes del Partido. Eso les ha costado el ostracismo en el sistema público, es decir, en casi todas partes. Internet bendita.

La incapacidad de las sociedades para reírse de sí mismas es uno de los síntomas más evidentes de su decadencia. Y aquí casi nadie se atreve a hacer chistes sobre la corrupción, sobre la diglosia, sobre el alcoholismo o la homosexualidad de nuestros líderes. No encontraréis en Canal 9 nada equivalente al aragonés "Oregón televisión" o al vasco "Vaya semanita" ¡Qué paradoja! La Valencia que inventó las fallas, ese fenómeno tan subversivo, la Valencia menestral y librepensadora que tanto temía la iglesia, la Valencia creativa y brillante, se ha convertido ahora en un erial disciplinado, gris y decadente. Esa ciudad rebelde y divertida es un paraíso para granujas que trepan como los caracoles, "llepant", o de silenciosos meapilas de oscuras obsesiones.

Con una tele pública secuestrada y unas fallas militarizas y alienadas, ha tenido que venir un tipo de pueblo a hacernos ver lo tremendamente ridícula que es Rita Barberá, esa señora que ha asumido la personalidad de la vieja ciudad. Ha tenido que venir un Capitá Moro d'Alcoi con la voz ronca por el café licor y la fiesta, a vociferar aquello tan valenciano de "Aixó ho pague jo!"