miércoles, 27 de junio de 2012

Margin Call (2011)


El sistema, esa convención de confianzas y afanes, esa ciudad imaginaria formada por laberintos de pirámides donde se guardan las esperanzas de los jóvenes y los medicamentos para los ancianos, pirámides donde viven semidioses, analistas de riesgos y vigilantes nocturnos, pirámides de cartón piedra, que se pueden desmoronar en cualquier momento, porque flotan en un mar ficticio, en una gramática de números arbitrarios y apuntes contables, en una niebla de dinero "esos pedazos de papel que evitan que nos matemos los unos a los otros por la comida".

Mi compañero Salva me recomendó esta peli, cuyo argumento se sitúa en el momento exacto del principio de la catástrofe, en el inicio del actual crack sistémico. A los norteamericanos, como alguien dijo en este blog, les gusta lo del “turning point”. Aquello de en qué momento se empezó a joder el Perú. En qué momento se empezó a joder el mundo. En las wikipedias de un futuro tipo Blade Runner dirán que fue el 15 de septiembre de 2008. Lo  cierto es que la espuma hirviente del caldero ya llevaba un tiempo rebosando sus bordes.

Un analista descubre que la firma ha sobrepasado los límites del riesgo y en una noche frenética, el gran faraón (Jeremy Irons) decide que hay que vender todos los activos tóxicos "esa bolsa de excrementos", incluso bajo coste, antes que se inicie el terror en la manada. Será el principio de la catástrofe, aunque "el primero que sale no lo hace por el pánico". En la base del capitalismo está la avaricia. Será esta misma avaricia la que acabe con el sistema, antes de que lo haga el colapso mediambiental?

Se trata de una peli con una estructura teatral, escrita y dirigida por J.C. Chandor. El elenco funciona bien: el ya citado Irons, Bettany, Quinto, la Demi Moore adornando y sobre todo Kevin Spacey, al que no puedo evitar ver siempre en su papel de Buddha en “American Beauty”. Todos los personajes son conscientes del terremoto que van a desatar, desde la altura de la gran torre que es la sede de su empresa (de nombre indeterminado). Torres, pirámides que reinan en el laberinto urbano. A menudo, desde las ventanas o terrazas del rascacielos, los personajes miran trascendentes a la Nueva York nocturna, a su sobrecogedora armonía de luces, tan hermosa, tan frágil.

martes, 19 de junio de 2012

La ciencia, lo bueno, lo malo y lo falso.

He pasado el fin de semana en el pueblo. Y aunque la bici y los amigos no me han dejado demasiado tiempo, he releído algunos de los artículos de esta recopilación del célebre divulgador científico Martín Gardner.

¿Por qué me ha llamado la atención ese libro? Supongo que los cambios en mi trabajo condujeron mi mano hacia esa parte de la estantería. Ahora que debo jugar a ser científico, me vuelven a interesar los aspectos relacionados con la gran ciencia. Digo la gran ciencia por comparación con la pequeña ciencia, la que me rodea, la que repercute en el salario, la que gestiona el rufián del ministro Wert.

Martín Gardner fue el divulgador científico por excelencia. Especialmente de las matemáticas, a través de su columna en el Scientific American. Fue un activo "escéptico", ese enfoque vital del que ya he hablado en el blog, que le llevaba a enfrentarse a las pseudociencias, a los creacionistas, a los divulgadores de supercherías. En algunos capítulos de los Simpson, Lisa usa directamente sus palabras. "La ciencia, lo bueno, lo malo y lo falso" es básicamente, una colección gorda y ligeramente desfasada de artículos, de réplicas y contrarréplicas en los interminables debates que mantuvo durante años contra todo ese mundo de vividores y listillos, de cretinos y curas, de poetas y magos. Gardner se erigía así en el defensor máximo de lo racional, de lo ortodoxo. Dedicó a esa guerra contra la oscuridad gran parte de su inmenso talento.  Ojalá sirviera para algo.