lunes, 18 de enero de 2016

Palmeras en la nieve



Parece una película norteamericana, de las muy taquilleras. Y por eso está haciendo mucha taquilla. Es un dramón de casi tres horas, con paisajes espectaculares, actores guapos (el Casas y la Ugarte), ambientación de lujo y mucha épica.  Cuando los críticos se quejen de que la industria patria no hace productos vendibles, les arrearán con esta peli en toda la boca.  Se basa en el best seller escrito por la alcaldesa de Benasque, Luz Gabás, que se inspiró en la historia de su familia. Y del mismo modo que el libro ha tenido ediciones en otros idiomas, la peli pronto tendrá versiones extranjeras.


No me arrepiento de haberla elegido; pero la cosa, con tanta duración y tanta lágrima, me sonaba más a serie televisiva que a peli de cine. A pesar de las idas y venidas de los personajes y del final previsible, me metí en la historia y disfruté cómo debían disfrutar nuestros padres cuando vieron “Lo que el viento se llevó” o “Memorias de África”.


La historia está protagonizada por la familia Rabaltué, del Pirineo aragonés. La casa familiar está en un lugar llamado Pasolobino. El Pasolobino real es una tuca a la que se puede subir desde Cerler-Sallé. En la novela es un nombre alternativo para Cerler o alguna otra aldea del valle de Benasque-Benás. Los Rabaltué trabajan como capataces en una plantación en Fernando Poo (la actual Bioko). Ya decía Vázquez Montalbán que los españoles éramos excelentes capataces. Buenos con el látigo y la cruz. Y la trama nos lleva a esa olvidada parte de la historia española del XIX y del XX, en la que éramos (eran) una potencia colonial. Pequeñita; pero colonial, auxiliar de las grandes; pero igual de rapaz, con nuestras plantaciones, nuestros negritos (y moritos) y nuestros crímenes. Los crímenes de nuestros abuelos, más bien.


Un hallazgo inesperado me reconfortó el corazón: en el entorno familiar, los Rabaltué hablan en patués, el aragonés más oriental. Y la lengua usada tiene algo de sentido en la historia. Cuando en uno de los momentos más tiernos de la peli, Berta Vázquez (la indígena Bisila) y Mario Casas (el aragonés Kilian de Rabaltué) se acarician y se enseñan el uno al otro el nombre de las partes del cuerpo en su lengua materna, ella lo hace en bubi y él en aragonés de Benasque. Y en lo más hondo y telúrico hay ciertos paralelismos entre los indígenas y mis paisanos: especialmente, la referencia a los antepasados, que en la casa familiar de Pasolobino, se refleja en ese árbol genealógico que hay que completar para que los muertos descansen.

martes, 12 de enero de 2016

Pelis de año nuevo.



En los primeros días de este año nuevo caliente y desagradable, fuimos a ver dos películas. La elección estaba limitada, porque la oferta de los Alucine del Puerto de Sagunto no es amplia. Más bien hacen pelis para niños y para gente que no va demasiado al cine.

Así que la primera, “Padres por desigual”, era exactamente lo que parecía ser: una comedia para todos los públicos con poca gracia y ningún interés. El chiste está en los estereotipos masculinos y se agota nada más empezar. Menos mal que cogimos palomitas grandes.

La segunda “Joy”, a la que ya fuimos sin sobrinos, tenía más interés. Narra la historia de una chica creativa; pero lastrada por su entorno, que lucha por salir adelante. El sueño americano contado con cierta perspectiva de género. Una ojeada a las tripas del capitalismo. Como la peli está bien hecha y cuenta con un buen reparto, la cosa no se hace ni pesada ni previsible y se deja ver, a pesar de las casi dos horas de venturas y desventuras de la guapetona de la Lawrence.

lunes, 11 de enero de 2016

Star Wars.



Estas navidades han sido las de Star Wars. Llevé a mis sobrinos al estreno del llamado “Episodio VII. El despertar de la fuerza”. La edulcorada continuación que ha hecho la Disney de la saga que compró a Lucas. Y vimos en la tele la trilogía original (las renumeradas como IV, V y VI). Con placer, pude observar cómo la historia les atrapaba de peli en peli y cómo esperaban ansiosos que empezara cada noche la siguiente.  Estaban tranquilicos en el sofá y yo descansaba de la ardua tarea de canguro. No se quejaron de que el “Episodio VII” sea casi una copia del “Episodio IV” o de que los efectos especiales de las primeras no cumplan los estándares de hoy. Las idas y venidas de los Skywalker y de Solo y su novio Chewbacca, y de sus primos y de sus nietos les gustaron mucho. Igual que a millones de niños y adolescentes cuando se estrenó la original “Guerra de las galaxias” en 1977 o las dos siguientes en el 80 y  en el 83. Recuerdo con cariño la primera, que leí en un comic antes de haber visto la peli. Y es que mis padres no eran mucho de llevarme al cine. Al niño que yo era le pareció la historia más perfecta y más emocionante jamás contada. Yo no sabía entonces que George Lucas, el muy pillo, había cogido los argumentos del western clásico con toques de Kurosawa y les había puesto caretas y túnicas futuristas. Tampoco sabía nada del Ki o Qui, esa fuerza que nos envuelve a todos y que fluye a través de todo lo vivo…


Para mi suerte o para mi desgracia, no me convertí en un geek del mundo Star Wars. De hecho, creo que de la precuela solo he visto el “Episodio III, la venganza los Sith”, y me ha ahorrado las otras dos, bastante malas según dicen.  Con todo, sé que soy de esa generación y que cuando sea viejecito algún niño imbécil me preguntará si he visto en algún bar del barrio a un tal Kenobi.