martes, 28 de mayo de 2013

La Caza.



Unos bosques hermosos en un país hermoso. La cuadrilla de amigos, cuya relación se basa en la caza. Niños rubitos, grandes casas, padres felices, buenos comedores y mejores bebedores. Es decir, gente tolerante y tranquila. Me iba dando cuenta de que la peli no se basaba en la novela homónima de Tony Hillerman, sino que la cosa iba a ser más dura, mucho más angustiosa que cualquier historia negra de tiros y de persecuciones.

Se podrá afirmar que la peli es un telefilme que se sostiene solamente en el tema principal. Pero es que el tema se las trae: a muchos hombres nos angustia o nos ha angustiado la posibilidad de que nos ocurra lo que le ocurre al protagonista. Es acusado de abusar de una niña. Eso desata una espiral de acontecimientos que atenazan al espectador y sirven al director, Vinterberg, para indagar en las imperfecciones de la sociedad noruega. Uno llega a sentir lástima del hierático Mikkelsen. Y se plantea cuántas veces ha sido injusto al decir aquello de que a “ese hijo de puto habría que matarlo”.

Solo recuerdo otra peli de temática parecida: la relativamente desconocida “Garage”  Ambas me dejaron pensativo y amargado. Pensé en los hombres que son acusados injustamente de maltratos, o de una violación Puede haber algo más terrible? Si para cualquier crimen es lacerante la condena de un inocente, aún lo es más para esa clase de delitos. Pueden suponer ser enterrado en vida, en una tumba de estigma social e hipocresías.

Dicen que una sociedad es más perfecta cuanto más reducida es la posibilidad de un error de tipo alfa. Ni siquiera sociedades como la noruega se hallan exentas de esa posibilidad. Qué decir de la nuestra?

miércoles, 22 de mayo de 2013

Rebelle



El blanco es el color de la muerte en la mayor parte de las culturas humanas. Jugando con esa idea, la presencia del blanco manda en la estética de esta excelente película canadiense, emotiva y poderosa. El blanco del protagonista albino Bastien  y el blanco de los fantasmas que la protagonista Mwanza, ve entre la selva esmeralda, en medio de los combates. Fantasmas de gentes degolladas, ametralladas, abrasadas.

La peli trata de los niños soldado. Es decir, es una historia dura. Afortunadamente, el director Kim Nguyen no se ha regodeado con las escenas más violentas. Los niños combaten en las filas de un señor de la guerra que comercia con Coltán, el mineral manchado de sangre, que hace funcionar el cacharro con el que escribo esto y la tablet con la que tú lo lees.

Quizá la mayor aportación de la peli es el cambio en los modelos narrativos. En especial, el hecho de que no haya europeos (blancos). No hay occidentales que salven a los negros. Pero tampoco hay blancos malvados contra los que luchar. Por no haber, no hay ni héroes. Mejor dicho, no hay héroes masculinos. La única heroína, a su pesar, es la pequeña protagonista, una de tantos millones de jóvenes mujeres africanas, doloridas, heroicas, invisibles. Supongo que es aquello que cantaba La Polla Records: "Cuando Dios sea flaca y negra, no habrá nadie para verla".

martes, 21 de mayo de 2013

Ayer no termina nunca.



El amor va y viene, como las lluvias y los soles de esta primavera invernal.  Lo que fue la unión más cálida, se puede convertir en una ruptura abisal. No eres tú, soy yo. Es el niño que murió, es el hijo que no tuvimos. Son las conversaciones tremendas, dándole vueltas a lo mismo. Es el daño que me hiciste y que no te quiero hacer; pero lo hago. Es la resaca del amor que deja, como las olas hermosas, la playa sucia. La peli es una de esas conversaciones agotadoras, empapadas de dolor, como el papel se empapa del aceite de la fritura. Javier Cámara y Candela Peña mantienen un alto duelo interpretativo, como diría un crítico de diario de provincias. Es  un desgarrado diálogo teatral, llevado al cine. Me pareció un poco vacío, demasiado personal, demasiado femenino,  quizás. Me cansé viéndola.

Para darle un toque "histórico", que le queda artificioso, Coixet sitúa la conversación en una plausible España del 2017: un país arruinado y sumido en la violencia política. El otro día leí en una pared "Bárcenas cárcel o me hago terrorista".

viernes, 17 de mayo de 2013

"On the road" y "Los amantes pasajeros"



En nuestra cultura occidental, las normas sociales han cambiado mucho. Los griegos, esa gente tan lista que inventó las matemáticas griegas, la filosofía griega y la Constitución del 78, consideraban aceptable la pederastia. La esclavitud fue justificada doctrinalmente por el espíritu santo hasta bien entrado el XIX. En algunos estados de los USA, la marihuana es legal, mientras que en otros, te pueden caer 2.000 años de cárcel por dedicarte a la horticultura. Los cambios en las normas pueden ser sutiles o bruscos. La actual crisis sistémica provocará una reformulación de la ideología dominante, en el sentido de Gramsci: hasta los formalitos registradores de la propiedad de nuestras aldeas comienzan a decir que quizá no se deba pagar todas las deudas. Y ya hay algún banquero del Partido en la cárcel (aunque sea por poco tiempo).

En los últimos meses, hemos visto en el cine dos pelis relacionadas con el  concepto de norma (norma social) o más bien, de su ruptura y cambio. La más reciente, "On the road", un valiente intento de llevar a la gran pantalla el famoso e influyente libro de Kerouac. Al parecer, ha defraudado un poco a los que han leído la novela. Como no era mi caso, la peli me gustó. Y eso que era tarde y que el planteamiento mismo de la historia la hace deslavazada e irregular. El protagonista y narrador, vagabundea por la Norteamérica de los primeros 50, en compañía de gente rarita, follando y metiéndose de todo, es decir, buscándose a sí mismo. Al parecer, la novela inspiró a toda una generación, los hippies de los 60. Yo no lo sé, que no estaba. El sistema fue capaz de digerirlo todo (la huída, el viaje liberador, las drogas, la revolución sexual). Esa es su naturaleza: gran vientre que todo lo digiere y que a todo se adapta.
 
Personalmente, me emocioné, cuando vi Denver, esa ciudad tan cinematográfica y las nieblas perennes de la bahía de San Francisco ("Frisco" en la jerga de aquella generación beat). Se me ocurre que lo equivalente, a nivel latinoamericano,  serían los libros de viajes del doctor Guevara, en busca de su San Juan Bautista. Los del sur siempre han sido más seriecitos y trascendentes. Es lo que tiene comer menos.

La otra peli ha sido "Los amantes pasajeros", del genio de la Calzada de Calatrava. Me pareció una mierda, como a todo el mundo. Al menos, dicen que ha gastado poco dinero. Mi compañero Toni, con su habitual agudeza, advirtió que la peli plantea una situación en la que las normas dejan de existir. Interesante; aunque para imaginarme esa situación prefiero ver un cuadro del Bosco que a varios actores buenos haciendo el imbécil.

lunes, 13 de mayo de 2013

La Gran Estafa (Alberto Garzón).



Marx expulsó de la historia, de una vez y para siempre, a los unicornios, a los genios de las lámparas y a las hadas madrinas. Ahora sabemos que lo único importante es lo real. Y lo real es la comida. La que hay en el plato de tu hijo comparada con la que hay en el plato del hijo del vecino. Toda la sociología y la ciencia política del siglo XX se basan en ese Schadenfreude.

Como todos los economistas clásicos, Marx imaginó que la ciencia lúgubre podría funcionar como la física y que se podrían encontrar las leyes causales que regían la historia humana. Así, predijo que el capitalismo colapsaría necesariamente, víctima de sus contradicciones internas. El futuro de las sociedades estaba tan escrito como el pasado, igual que las mareas o los eclipses son predecibles. Ese dogma fue la nueva religión de algunos de los mejores seres humanos de la historia. Y de algunos de los peores.

Así que, cada vez que una crisis hace temblar la pirámide, muchos pensamos que ha llegado el colapso definitivo, del mismo modo que cada vez que hay un seísmo en la falla de San Andrés, los millones de personas que viven sobre ella piensan que es el Big One.

El joven diputado Alberto Garzón no puede desprenderse de esa idea de necesidad en este breve libro, sencillo, didáctico y recomendable. El hilo argumental es la narración estándar de la crisis actual: la desregulación neoliberal produjo un exceso de crédito, que infló las burbujas inmobiliarias. Al explotar estas, la economía privada se encontró con una deuda enorme en un mercado financiero globalizado. Los estados nacionales han tenido que asumir la deuda privada, agudizándose su déficit. Los poderes no elegidos (BCE, FMI) ordenan reducirlo, condenando a una generación de europeos al empobrecimiento (como les había ocurrido a los latinoamericanos en la década pérdida). Parte de la educación y de la sanidad serán privatizadas, lográndose así un doble objetivo: adelgazamiento del anatemizado sector público y apertura de nuevas oportunidades de negocio para el gran capital.

El 9 de mayo acudí a la mani en defensa de la educación pública. Mucho profesor de secundaria: barbas canosas, deshabillées de ropa cara, mucha profesora de primaria con camisetas Mónica Oltra. Pensé en la capacidad que tiene el sistema para sobrevivir a costa de lo que sea: poblaciones, países enteros. A costa de si mismo. Pensé que la revolución no la haremos los que estábamos en la mani, ni Alberto Garzón. La harán los forzudos que protegían los escaparates de Bankia o los que van de contenedor a contenedor en bicicleta.