viernes, 22 de marzo de 2013

Blancanieves



Mal que nos pese, a pesar del olimpismo, de la movida y de Ferran Adriá, la imagen externa de España sigue basándose en gran medida en lo "andaluz". Pero en un arquetipo andaluz edulcorado y asumible. En ese arquetipo, los toros, el flamenco y ciertas representaciones de lo "popular" jugarían un papel central. Se construyó para el consumo exterior (e interior) un conjunto de modelos potentes: lo moruno y exótico en tanto que diferente a lo europeo, lo gracioso, en tanto que subalterno a una identidad "nacional" castellana. Esos temas ocultaban y siguen ocultando una realidad ofensiva: la brutal desigualdad en el reparto de la riqueza en el mundo rural andaluz, el clasismo en la sociedad sevillana, lo arcaico de muchas fiestas "andaluzas", como los toros. Personalmente, cuando hablan de la duquesa de Alba, me acuerdo de una boñiga y me indignan los latifundios de su familia, cuando escucho al Herrera, me parece un señorito gilipollas, cuando leo lo de los EREs pienso en guillotinas ociosas y cuando veo plazas de toros, opino que cada uno debería pagarse sus propias perversiones.

Dicho todo lo anterior, he de admitir que Sevilla es una ciudad tan hermosa que me han saltado las lágrimas paseando por su inmenso casco viejo. Y que si hay un arte cercano al Arte, ese es el flamenco, como me hizo ver mi compa Rafa hace ya muchos años.

"El País", ese periódico propiedad de los bancos, regaló hace unas semanas un DVD con esta peli. Y la vimos en la tarde tranquila de un domingo de febrero. No me desagradó; pero tampoco me pareció para tanto. Hermosa, original, sencilla, visual; pero predecible. El tipismo al que me refería en el primer párrafo, concentradito en un ejercicio estilístico un poco vacío. Una buena idea: los enanitos del cuento transmutados en enanos toreros, idea feliz que oculta la incapacidad del cine patrio para generar buenas historias. Una actriz tremendamente fotogénica, la Verdú, que parece más deseable cuando no habla. Eso es lo bueno del cine mudo. Al parecer, Pablo Berger había tenido la idea antes que “The Artist”. Mala suerte. Supongo que esas cosas flotan en el ambiente.

En la peli también hay algo de flamenco desnatado. Y todo empaquetado y embolsado for export (hasta se abstienen de matar al toro para no desagradar a los guiris) Y como resumen, varios premios, de esos que el cine español se da a sí mismo.

Les recomiendo que la vean con niños, que siempre va bien que se les queden grabadas un par de imágenes fuertes. Les prepararán para cuando vean las duquesas o los Herrera del futuro. Y las guillotinas, desperezándose.

jueves, 14 de marzo de 2013

Searching for Sugar Man



Durante la década de los 90, un rockero norteamericano se puso de moda en Sudáfrica.  Especialmente, los afrikaaners jóvenes entendieron sus canciones como himnos. Letras poderosas que les permitían imaginar un país soportable, sin aparheid, que les ayudaban a escapar de su dorada jaula de conservadurismo e injusticia. El rockero Rodriguez se convirtió en una leyenda, como suelen hacer las estrellas del pop-rock. Solo había sacado dos discos, de los que se vendieron cientos de miles de copias, nunca había dado un concierto y al parecer, se había suicidado, como deberían hacer todas las estrellas del pop-rock.

En realidad, y ahí, está lo interesante de este documental, el tal Rodriguez trabajaba en Detroit como peón en la construcción. Sin saber nada de lo de Sudáfrica, había renunciado a su carrera musical, convencido de su fracaso. El tipo que quizá igualaba en lo lírico al mejor Dylan y en lo musical a Mc Cartney, vivía en uno de los infinitos barrios de clase media-baja enfriados por el viento inclemente de los grandes lagos. El poeta que había escrito cosas como “Woke up this moming with an ache in my head/ Splashed on my clothes as I spilled out of bed / Opened the window to listen to the news / But all I heard was the Establishment's Blues” era uno de los muchos millones de latinos de segunda generación que viven, anónimos, laboriosos  y humildes, en los estados del norte.

El documental, al que creo que le cayó un Oscar, se construye alrededor de la investigación de algunos sudafricanos sobre el que había sido el ídolo musical de su juventud. En cierto modo, el hallazgo de la verdad, le quitó magia al mito. Llevaron a un Rodriguez envejecido a Ciudad del Cabo y sus conciertos fueron un éxito; pero supongo que para muchos de sus fans, no era el mismo Rodriguez. Todos los seres humanos somos mitómanos, y egoístas, y a veces, anteponemos la necesidad de conexión con lo trascendental que el mito nos proporciona, a la persona que, en realidad, hay debajo de ese mito. El documental se me hizo un poco pesadote y el final feliz, me daba, en el fondo, un poco de rabia. El título (por una de sus canciones), me recordaba, obviamente a la imprescindible “Searching for Bobby Fischer”.

Todos los aficionados al ajedrez del mundo quedaron, en el fondo, decepcionados cuando el gran Fischer apareció, en el oscuro contexto de las guerras balcánicas. Era Fischer; pero no era el mismo Fischer. Lo hubieran deseado muerto o tarado para siempre y el mito, intocable. Yo también pequé, y por ello, fui a disculparme ante su tumba helada y solitaria  en el sur de Islandia.

lunes, 11 de marzo de 2013

Las sesiones



Mark O'Brian necesita cariño de vez en cuando. Desea el contacto de una piel femenina. Le gusta sentirse deseado y seductor y aplica a ello su pícara inteligencia y su mejor sonrisa. Es decir, que Mark O'Brian anda loquito por echar un polvo. Se está pensando contratar una prostituta. Al fin y al cabo, se lo puede pagar. Pero Mark es católico, "educated at Catholicism", dicen allí. Por ello, se plantea si lo de la puta está bien. Hasta aquí, lo normal para cientos o miles de millones de hombres en todo el mundo. Sin embargo, hay un pequeño problemita. Mark está paralizado de cuello para abajo por una poliomelitis infantil y necesita vivir conectado a un pulmón artificial.

A partir de una historia real, Lewin ha construido una peli excelente. Quizá, la mejor que hemos visto en este año que ha comenzado tan cinéfilo y tan hermoso. Y no esperen una historia basada en fáciles trucos emocionales. Hay humor, ternura y vida, mucha vida. Y todo se sostiene en lo bien que funcionan actuando el Hawkes y la Hunt, con el gran Macy de cura católico. Impagable el “¿y por qué no va a ver a un psicoterapeuta?” cuando ve que los problemas morales que plantea el poeta inválido superan con mucho sus consejos de mesa camilla. Los encuentros entre el cliente y la “sustituta sexual” marcan el ritmo de la peli, que es fácil de ver y deja un sabor agradable, de complicidades y felicidad difusa.

Para acabar de alegrarme la noche, descubrí en seguida que la peli transcurría en Berkeley, la ciudad de California donde tuve la suerte de vivir por 4 meses inolvidables. Reconocí las calles que se precipitan desde las colinas de pinos enormes hacia la bahía de San Francisco, siempre con boira. El corazón se me ensanchó cuando vi en la pantalla el campanille del campus. Ese campus de poetas y premios nobel, ese sitio de gentes felices y astutas, donde nacen algunas de las ideas que cambian el mundo.

viernes, 1 de marzo de 2013

Dos días en Nueva York



Elegimos, por eliminación, esta comedia. Yo no esperaba mucho y obviamente, no saqué demasiado. Una francesa (blanca) vive en la gran manzana con un norteamericano (negro). Acude a verla su familia, que son unos franceses (blancos) muy muy muy franceses. Es decir, con poca afición a la higiene, salidos como perras en celo y demasiado pagados de sí mismos. Y que Dios me libre de los tópicos nacionales.

La llegada de tal horda desestabiliza la vida de la pareja, que son personas muy cool, dedicados al crecimiento personal y que trabajan en cosas de gente fina y cultureta, como todos los habitantes de Nueva York (disculpen de nuevo el topicazo). Es decir, que la peli va sobre tópicos y sobre los conflictos entre hermanas y entre novios. Los chistes no están mal y la hacen digerible. Pero no deja de ser una peli flojica que se queda muy lejos de las peores obras de Woody Allen, que en cierto modo, podrían ser sus referentes. De hecho, lo dicen hasta en la cartelería.



Yo no podía evitar acordarme de las dos semanas que pasé (pasamos) en aquella ciudad, que es, para los visitantes, un inmenso escaparate, un estudio gigantesco habitado por gente que los turistas vemos siempre como figurantes. Jeen, el dueño de la mansión Akwaaaba que nos dio alojamiento por recomendación de Sandra, en uno de los barrios negros finolis de Brooklyn, se reía cuando yo le contaba cómo veíamos nosotros la ciudad. De cómo el cine hace que no la podamos ver cómo un sitio donde la gente vive, sufre y muere de verdad.