martes 13 de marzo de 2012

11-M


El domingo por la noche estuve viendo varios capítulos de la teleserie producida por el grupo Tele5, basada en los atentados en los trenes de Madrid. No me gustó.

Intentaron hacer una historia lo más cercana posible a los hechos, donde aparecen unas víctimas desdibujadas y abstractas, y unos fanáticos aburridos, que trabajan incansables y aplicados hasta lograr el criminal desastre (la última escena es la de las explosiones en Atocha). Me llamó la atención que los actores que hacen de terroristas tuvieran que hablar entre ellos en un improbable español con acento magrebí (¿tan políticamente incorrecto hubiera sido que hablaran en su árabe  norteafricano?). O que la serie no indague en nada en su proceso de radicalización, en el que tanto ha tenido que ver el Islam wahhabista, procedente de la rica Arabia Saudí, al que, irresponsablemente, las autoridades españolas, permitieron tomar el control de muchas mezquitas a las que acuden los inmigrantes marroquís, originariamente malikís. Supongo que ya es mucho pedir.

Asumo que el reto cinematográfico de hacer un documental ficcionado era grande; pero el resultado me dejó indiferente y aburrido. Al menos, tuvieron la decencia de no meter un atrezzo de sangre y humos. Lo agradecí por la gente cercana a mí que sufrió el atentado.

La fecha fatídica del 11-M seguirá marcada en rojo por mucho tiempo. No solo en la intimidad dolorida e inescrutable de las víctimas y sus familiares, sino en la vida pública. Especialmente, ahora que, desde varios grupos de presión mediática, vuelven a arreciar las teorías de la conspiración. Su objetivo es doble: por un lado vincular a los que ellos consideran los enemigos esenciales de su patria (el PSOE de las dos “ilegítimas” legislaturas  y el terrorismo de ETA). Por otro, intentar influir y lograr cuotas de poder en el Partido, que creen les corresponden por derecho divino. Para ello, no han dudado en ningunear a la mayoría de las víctimas y a sus familiares.  Como comentó Pilar Manjón, oyendo y viendo los insultos que les dedican, es un poco más fácil entender cómo puede haber gente que mate por una idea estúpida, por una raza, o por un Dios adusto y lejano. Muy lejano.

martes 21 de febrero de 2012

The Watchmen.


En Estados Unidos, me compré las dos obras más celebradas de Alan Moore. Ya hablé de "V for Vendetta" en otra entrada del blog. Hablaré hoy de “The Watchmen”, que he acabado en las últimas noches. Bueno, digo “he acabado”, con mucha alegría, ya que “The Watchmen” es un cómic (una colección de 12 números), poliédrico y complejo. Es decir, creo que esas viñetas dibujadas por Gibbons y coloreadas por Higgins y esos diálogos en los que se entremezclan paráfrasis de Blake con continuas referencias a la historia contemporánea, me van a dar para muchas lecturas y relecturas. “The Watchmen” se desarrolla en los años 80 de un mundo muy parecido al nuestro; pero con ligeras diferencias, donde ha habido una guerra de Vietnam, Nixon sigue de presidente y parece que puede haber un conflicto nuclear entre los USA y la Unión Soviética, a raíz de la intervención rusa en Afganistán.

Los protagonistas son una colección de superhéroes viejunos y retirados de la circulación por un decreto gubernamental. En un contexto de creciente conflictividad social y de tensión internacional, algunos de esos superhéroes se ponen otra vez los leotardos para investigar un complot. El cómic, obviamente, dio para una peli, que no he visto, y para muchos debates sobre el concepto de superhéroe y de supervillano, esa potentísima creación de la cultura del siglo XX. Quizá una de las más interesantes. “The Watchmen” (que se traduce como “Los vigilantes”) es la reflexión última sobre ese concepto, la meta historia de los justicieros en calzoncillos, que tanta influencia han tenido sobre nuestro imaginario colectivo.

En mi opinión, lo más interesante de entre los muchos asuntos sugeridos por “The Watchmen” es aquello de quién vigila al vigilante: el “Who watches the Watchmen?” en la obra o el “Quis custodiet ipsos custodes?” de los clásicos. O dicho de otro modo, la legitimidad de la violencia. En la situación en la que estamos en el sur de Europa, cuando se están produciendo transferencias masivas de renta desde las clases medias hacia el capital, va a haber violencia. Nadie deja que le empobrezcan sin hacer nada. En nuestras democracias indirectas, ese cambio social lo están gestionando partidos que han ganado en las urnas (en España, el Partido obtuvo el 31,98% del censo). ¿Tienen legitimidad para llevar a cabo lo que no anunciaron en campaña? Todos sabemos que esos partidos tendrán que cumplir las exigencias del capital y llevarán a cabo su programa de pauperización sin temblarles la mano. Sus watchmen trabajarán a destajo para disolver las protestas. Ya lo están haciendo en Valencia. Pero, cuidado, porque cuando se acaben las últimas monedas de las arcas públicas y no haya ni siquiera para pagar a los watchmen, quizá estos también empiecen a usar sus superpoderes contra el Partido y sus jefes allá en Bruselas y en la City.

lunes 6 de febrero de 2012

12 Angry Men.


Como ahora se ha puesto muy de moda lo de los jurados, me dio por sacarme de la biblioteca un DVD con esta famosa película, la obra por excelencia sobre el tema. La historia original fue escrita por Reginald Rose para un teleplay de los años 50. Y dio en el clavo, porque a raíz del éxito hicieron la peli, dirigida por Lumet. En casi todos los países donde se proyectó, dio lugar a secuelas o adaptaciones teatrales. La versión española (en el añorado Estudio 1) tuvo un gran éxito. Un amiguete me comentaba el otro día que, en cierto modo, se consideraba a alguien un buen actor en aquella época si había participado en esa obra. Creo que hubo un remake en los 90, que no he visto.

Los 12 hombres sin piedad (en la traducción española del título) son los componentes de un jurado que tiene que determinar la culpabilidad de un acusado al que todos los indicios parecen llevar a la silla eléctrica. Afortunadamente para él, uno de los miembros del jurado es un tipo de una inteligencia sutil y compasiva. Al volverla a ver, advertí que cada uno de los personajes se ciñe a un rol estereotipado que quizá le resta frescura (el violento, el sumiso, el comercial...) y recordé las muchas páginas que me ha tocado leer en mi vida profesional sobre lideragos, sobre roles y sobre equipos. De todos modos, fue un verdadero placer seguir los diálogos en inglés y la esgrima mental entre los miembros del jurado. En la discusión sobre el crimen se cita el sistema de trenes en altura de Chicago, el llamado "El", que es una de las cosas más curiosas que he visto en mi vida.

Aquí, un jurado determinó hace poco que Camps y Costa eran no culpables del cargo de cohecho impropio. Me imagino que un bondadoso Henry Fonda fue desmontando en las deliberaciones del jurado todos los indicios que tan claros parecían. No tiene mucho mérito, cualquiera que haya visto y oído a Ric Costa se da cuenta de que a lo largo de toda su vida solamente un valor le ha guiado: el servicio desinteresado y honesto a la sociedad. Y el jurado no se ha tragado el montaje que los malvados enemigos del Partido y de los valencianos habían tramado.

martes 31 de enero de 2012

This is England.


El protagonista de esta peli debe tener más o menos, mi edad. Pero hay muchas millas de distancia entre sus tristezas adolescentes y las mías, y entre las grises ciudades inglesas del thatcherismo y las luminosas ciudades españolas del primer felipismo.

Es un muchacho, feo y paliducho, es decir, inglés, que ha perdido a su papá en la guerra de las Falkland, aquella imbecilidad que se les ocurrió a los milicos y que tan bien le vino a Maggie para acabar de clavar las recetas de Chicago en la economía británica. Al chaval le pegan bastantes collejas. Hasta que encuentra unos amiguetes que se portan muy bien con él. Le regalan una camisa elegante y le cortan el pelo a la moda. La verdad es que se les ve majos, el único problemilla es que de vez en cuando buscan paquistanís para apalearlos.

La peli no aspira a grandes revelaciones sociopolíticas. Se conforma con seguir las emociones del chico y con indagar un poco en los lazos estéticos y políticos entre las distintas tribus que poblaban los barrios obreros de Inglaterra en los 80. Así que me supo a poco. En cualquier caso, en los rebuznos de los rapados que van asomando por la pantalla, podemos identificar uno de los lemas más usados en las ideologías occidentales, especialmente en los fascismos y en los nacionalismos reciclados: “la culpa de lo malo siempre es de otro. Normalmente, del extranjero o del diferente”. En el sur del sur de Europa andamos ahora muy ocupados buscando culpables de la catástrofe. Tiemblo al pensar que las millones de personas a las que van enviando a la pobreza pueden empezar a rezar ese lema, como otras veces en la historia.

jueves 26 de enero de 2012

The Beast of War.


Esta peli es considerada por algunos una obra de culto del cine bélico contemporáneo. Como yo desconfío un poco de las palabras "bélico", "contemporáneo" y "culto", me limité a verla sin zapear demasiado, mientras deglutía un filete de panga descongelado (pesca extractiva, Vietnam) y dos vasos de un tinto de Titaguas (tempranillo, serranía de Valencia).

La peli cuenta los apuros de un tanque soviético, perseguido por los muyahidines, que quieren vengarse de las fechorías que los invasores rusos han cometido en su aldea. El tanque anda desorientado por un desierto reseco e inclemente (creo que la peli fue rodada en España). Los del tanque, que son unos comunistas malos y ateos, saben que si los nativos, que corren como cabras entre las peñas, les agarran, les van a cortar el escroto con mucha paciencia y salero. Este es el motor de un argumento que, en otro caso, podría resultar pelín monótono y previsible. El viejo tema de los soldados, huyendo aterrorizados por tierra extraña, ha sido contado muchas veces. El modelo clásico es la "Anabasis" de Jenofonte, de la que ya hablamos una vez. Que se jodan, por irse a hacer maldades fuera de su pueblo.

La peli también pertenece a otro género: cuando los afganos eran los buenos y los invasores los malos. Una secuela de la serie “Rambo”, que desgraciadamente se repone poco, trata este tema. Los amigos de antes se convirtieron en los enemigos de ahora. Ironías de la historia: el maldito tanque no es conducido ahora por pálidos soldados rusos con la hoz y el martillito, sino por latinos con la Old Glory o la rojigualda.

viernes 20 de enero de 2012

Leaving Las Vegas


La organización y la subasta de la TDT ha sido, como tantas otras cosas en nuestra sociedad, un fracaso. Los distintos virreyes repartieron las frecuencias entre los amigos del Partido. En ese espacio público podríamos haber tenido una buena oferta de canales en diferentes idiomas, pluralidad informativa, acceso a los otros canales públicos europeos, etc. La técnica y el mercado lo permitían. En su lugar, nos hemos quedado con un lamentable catálogo de mierda y moscas, poblado de tarots y de proxenetas, y de tertulianos semianalfabetos entregados devotamente a la tarea de analfabetizar a los
televidentes. Y casi todo en español, que para eso estamos en España. Y al que no le guste que se vaya. Al parecer, ya se han ido 110.000 personas con formación entre abril de 2008 y abril de 2010.

Aun así, como hay muchos canales, de vez en cuando se puede encontrar alguna sorpresa agradable. El otro día fue "Leaving Las Vegas", en versión original (el doblaje era espeluznante). La peli obtuvo un merecido reconocimiento cuando fue estrenada en 1995 (premios en festivales y un óscar para Nicholas Cage) y sigue siendo una obra potentísima y sugerente. Cuenta la autodestrucción de un tipo, que quiere beber en Las Vegas hasta morir. Una puta (Elizabeth Shue) se enamora de él y le va limpiando las babas en ese suicido persistente y abrumador.

La otra noche, viendo la peli, en la soledad de mi piso, hubo momentos en que se me puso la carne de gallina. Vi lugares que conocía. Llegué a pensar que el hotel cutre en el que se aloja Cage era el mismo hotel cutre en el que yo me alojé en aquella ciudad asombrosa y hortera. Así que en algún momento, difusa y tistemente, me vi a mí mismo. El cine es un espejo, supongo. Tardé en comprender que la peli no solo habla de la depresión y del sin sentido, del alcohol como desesperada huida, de la horrible autodestrucción, sino de algo hermoso y pleno: del amor de mujer, de la absoluta entrega, del cariño que a todo se superpone.

Comprendí que el verdadero protagonista no es Cage con sus muecas, sino la Shue, cuando cuenta cómo la han violado o la han apaleado, cuando cuenta como se ha enamorado de un hombre que se está matando a sí mismo sin posibilidad de dar marcha atrás. La protagonista es la Shue cuando cuenta todo esto con su hermoso pelo rubio y con una profunda y humana sonrisa, llena de infinita piedad femenina, ese misterio que los hombres necesitamos vidas para entender.

martes 17 de enero de 2012

American Gothic: museos en USA.


Me ha costado mucho escribir esta entrada. En cierto sentido, es una despedida, es reconocer que ha acabado mi estancia en los Estados Unidos, que vuelve, como me susurró alguien, la "vida normal" (hermoso oxímoron). Han sido cuatro meses buenos, que le han venido muy bien a muchas partes de mi cuerpo. El corazón, las tripas y el curriculum vitæ, entre ellas. Pero esos cuatro meses ya solo son memoria. Es decir, nada.

En los USA, tuve la suerte de visitar alguno de los museos más importantes del mundo. Visité pinacotecas y museos temáticos y pasé buenos ratos en ellos. En mi opinión, los grandes museos norteamericanos superan a los europeos en concepción y ambición. Son, por así decirlo, más amplios de miras, más “amables”. Como es bien sabido, los museos son una de las herramientas ideológicas más poderosas en la construcción de imágenes de la hegemonía. Y la sociedad norteamericana dedicó mucho esfuerzo y dinero a construir colecciones y edificios que reflejaran su preeminencia mundial. Los grandes museos norteamericanos son coherentes y poderosos, completos en sí mismos, calculados y ágiles, algo que no pueden decir los de este lado del Atlántico. A menudo, los grandes museos europeos, no pueden ocultar su carácter de almacenes de viejos botines imperiales.

En Nueva York, visitamos el Metropolitan, el MOMA y el Museo de Historia Natural (tan mediático debido a las pelis interpretadas por Ben Stiller). En ellos, se da algo muy norteamericano: se paga una aportación voluntaria como entrada. Ese tipo de cosas que hacen rechinar nuestra vieja y triste tacañería sanchopancesca. En Las Vegas, estuve en un curioso e imprevisto museo sobre la zona de ensayos nucleares en Nevada. Lamenté no haber sabido más de física y de geología para disfrutarlo. Me tuve que conformar con recordar a los superhéroes de la infancia. En Berkeley, subí al Lawrence, un pequeño y simpático museo de la ciencia, alrededor del famoso laboratorio donde se descubrieron 14 elementos químicos. Pensé con tristeza que alrededor de la Ciudad de las Artes y las Ciencias en Valencia, todavía no nos ha dado tiempo de tanto, pero con el actual incremento de dinero para la investigación, pronto lograremos lo mismo. En San Francisco, esa ciudad oriental, con algunos barrios blancos, visité el Asian Museum, quizá la mayor colección de arte asiático del mundo. Pasé horas entre imágenes desmesuradas y brutales de Budas y deidades hindús, que me miraban y me decían que me mirara a mí mismo.

Pero quizá la visita más impresionante fue al Art Institute, en Chicago. Edward me acompañó por las salas de ese museo, que compite con el MOMA, del mismo modo que Chicago ha competido durante 100 años, incansable y audaz, con Nueva York, en la jerarquía urbana. El Art Institute combina una cuidada colección de impresionismo y cubismo con un arte “nacional” norteamericano. El icono del museo es el famoso cuadro de Grant Wood, "American Gothic", que tan bien y tan mal refleja el alma norteamericana. Una sensación de sobria tristeza empapa a los adustos personajes. La pareja es una alabanza a los prejuicios que los europeos tenemos sobre los norteamericanos: primarios, férreamente británicos, colonos y ladrones de tierra, oscuramente puritanos. Muchos de esos prejuicios se me han caído para siempre, después de conocer a gentes amables y generosas, alegres, mestizos y cosmopolitas como Robert, Martha o Edward.