miércoles, 29 de enero de 2014

Todo lo que era solido.



Hay que devolver la deuda en la que incurrimos (incurrieron) nuestros bancos y nuestra sociedad para construir la gran burbuja. Y para ello, están remodelando brutalmente nuestro mundo. Nada volverá a ser igual. La burbuja explotó en el 2008 y al explotar, nos ha remojado a casi todos, nos ha dejado más pobres; pero también nos ha hecho ver que el rey, además de corrupto, estaba desnudo.


Hay muchas maneras diferentes de ver a ese rey; pero se podrían resumir en dos afirmaciones distintas: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” o “Han vivido por encima de nuestras posibilidades”


Antonio Muñoz Molina se sitúa bajo la primera afirmación y presenta un ensayo que muchos han calificado como “imprescindible”. Yo lo llamaría más bien “necesario”. Hace una especie de viaje al pasado, o mejor dicho, a los sentimientos del pasado. Un viaje en primera persona; pero también un viaje colectivo, hacia aquella España de los 2000 en la que todo parecía brillante, sólido. Y ajusta cuentas consigo mismo; pero también nos reprocha a todos lo ciegos que estuvimos, cuando pensábamos que éramos más ricos simplemente porque nos daban más crédito, cuando perdimos aquella dignidad pobre y honrada que los españoles siempre tuvieron, cuando nos volvimos imbéciles. Se ceba con los virreinatos de la España descentralizada (tronchante, e hiriente, el relato sobre las visitas de algún presidente valenciano a Nueva York) y exige, desde cierto sentido común convencional, menos cainismo, menos caciques, menos salvapatrias, menos tertulianos, menos ruido. Advierte del riesgo de que todo se siga desmoronando. Y usa para esta confesión individual y colectiva su mejor estilo: esa prosa fácil y exacta, que recuerdo tanto de la obra menor “Ardor guerrero”, como de su gran “Sepharad”.


Repito, un libro necesario. Aunque se discrepe de una parte o de todo el análisis. Supongo que era el momento de hablar de las emociones y los sentimientos de ese pasado que ahora parece tan lejano. El que quiera hablar de economía, de deuda odiosa y de la actual remodelación neoliberal del sur de Europa, que vea “Deudocracia”.

martes, 14 de enero de 2014

Con el agua al cuello.



Seguimos con historias de detectives. Pero esta vez, traducidas. No había leído nada de Márkaris, de hecho, creo que nunca había leído literatura griega contemporánea, y la cosa ha valido la pena. Al parecer, Márkaris se ha puesto muy de moda por su llamada “trilogía de la crisis”, de la que “Con el agua al cuello” sería la primera entrega. 

El comisario Kostas Jaritos resuelve crímenes en una Atenas paralizada por las manifestaciones, mosqueado por el cambio que le han impuesto en sus condiciones de jubilación y preocupado porque su hija no encuentra trabajo. Lo interesante es que los asesinados son financieros y banqueros.  Es decir, gentuza a la que cualquiera desearía asesinar (incluyendo el propio Kostas).  Para acabar de embellecer el tema, las muertes se han producido por decapitación. Supongo que la literatura es como los sueños. Puedes soñar cualquier cosa, no hay reglas, no hay moral. Puedes quedarte a gusto. Igual que si sueñas con la decapitada cabeza de Blesa en un contenedor incendiado en Burgos.

Kostas, formalito y cumplidor, se mueve de un sitio a otro para investigar la vida de las víctimas. Informa a menudo a sus superiores, siempre preocupados por lo que pensaran los europeos y empieza a comprender mejor la naturaleza de la gran estafa que supuso el crack del 2008. La novela reflexiona así sobre la catástrofe financiera del sur de la zona euro, sobre las deudas odiosas y sobre ese gran invento de los beneficios privados y las pérdidas públicas. 

Todo predecible y fácil de leer, aunque un poquito irreal. Me temo que la parte detectivesca de la historia y la resolución de los asesinatos decepciona un poco. Aún así, intentaré hacerme con “Liquidación final” (2011) y “Pan, educación, libertad” (2013) a ver si se cargan también a algún banquero español.

jueves, 2 de enero de 2014

A death in Valencia.



Varios autores de novela negra-policíaca han situado a sus detectives protagonistas en el extranjero.  Proporcionan a sus lectores una visión más o menos anecdótica de países lejanos e interesantes. El más célebre es el comisario Brunetti, de Donna Leon, que resuelve casos en su ciudad natal, Venecia. Buen destino para el turismo virtual que toda novela supone. Creo que, hace unos años, leí “Acqua Alta”. Investigo un poco y descubro que la norteamericana tuvo un predecesor en el británico Michael Dibdin y su detective Aurelio Zen. En el éxito de ambos, hay mucho del afán de los lectores anglosajones por comprender cosas de ese cálido y anhelado  sur.

El californiano Jason Webster ha seguido la estela de los anteriores y ha creado el personaje del inspector Maximiliano Cámara, que resuelve casos en Valencia. Supongo que Spain está un poco por debajo de Italy y de Greece en el ránking de lo típico y de lo mediterráneo. Así que hay que agradecerle el intento. Para su primera novela “Or the Bull Kills You” (2011) usó el tema evidente de la tauromaquia. Para su segunda novela valenciana, ha usado, obviamente, el tema de la corrupción. 

“A death in Valencia” (2012) tiene lugar durante la visita del Papa de julio de 2006. Con amabilidad, el autor ha transformado el accidente del metro en el derrumbe de un edificio y ha cambiado el nombre y las costumbres sexuales a nuestra indescriptible alcaldesa. El tema del aborto juega cierto papel en el argumento, así que la novela me ha obligado a reflexionar sobre la ley que el actual gobierno pretende. 

La trama tiene que ver con la destrucción del Cabanyal, que Webster conoce bien, por haber vivido en la ciudad. De hecho, creo que en algunas de sus páginas capta bien la imbecilidad de nuestros dirigentes locales. “It felt good to be back in this part of the city: the area had a villaje-like feel to gave i tan elegance and sense of history that was hard to find in all parts of Valencia. More reason, he thought, for the Town Hall to want to pull swathes of it down. Like tyrannical rulers of the ancient wold, the authorities had a crazed need to destroy anything that had been made before their rule, setting the clock to zero in order to remake the city in their own, shining, modern, reinforced-concrete image.”

Leer sobre tu ciudad y tu sociedad es simpático y cómodo. Por ejemplo, la novela cita “El polp”, o “La Pascuala”, lugares donde he pasado buenos ratos; pero no deja de ser cierta concesión a la pereza. Supongo que es lo propio de estas fechas.