viernes, 28 de febrero de 2014

El vuelo de las termitas (Luis Leante)



Hace unos años pusieron unos carteles en el hermoso camino de chopos que va desde mi pueblo a  San Juan. Señalaban un largo sendero en dirección al sur. Todos los caminos en Aragón van al sur. Los carteles balizaban un recorrido de cientos de kilómetros por lo que fueron territorios templarios hacia Caravaca, donde se guarda un fragmento de la cruz. Uno de los muchos lignum crucis que atesora la cristiandad. Este es el único verdadero. Supongo.


No creo que recorra nunca ese camino de los templarios hasta la Región de Murcia. Prefiero los senderos homologados y cartografiados. No soy un peregrino, soy un senderista. Sin embargo, cuando me regalaron esta novela por navidad y barrunté el motivo principal de la historia, me vinieron a la mente los chopos de San Juan y la fiesta que hacen en mi pueblo para celebrar la Pascua. Hogueras, meriendas, caballos, antorchas, jaimas y túnicas de aquellas antiguas órdenes militares, que empujaron, fanática, heroicamente, las fronteras de Aragón y de Castilla hacia ese sur seco y lejano.


La novela empieza, cómo no, en Roncesvalles. La primera parte transcurre en ese monasterio por el que mis pies han andado algunas veces. Habrá pocas obras que hayan sido tan influyentes en su ámbito como “El nombre de la rosa”.  Y luego, hay muchas aventuras. Demasiadas, quizá. La ambientación es buena y las ideas, inmejorables, pero la cosa es demasiado folletinesca. Y se hace un poco pesado ver a los protagonistas dar tantas vueltas y revueltas (el camino de Santiago, Toledo, Murcia) en busca de la reliquia. En busca de sí mismos. 


Todos los viajes son iniciáticos. Porque solo los viajeros, los peregrinos, pueden lograr cierta clase de sabiduría. Como dice el libro latino que marca el leitmotiv de la novela: “Unus inenodabile multa inter millia termes ex domo per caelum fugit, dum fratres ubi nascuntur ibi perituri. Haec Regina est.” (Inexplicablemente, una termita entre millones huye volando del termitero, mientras sus hermanas morirán allí donde han nacido. Esta es la reina).

jueves, 13 de febrero de 2014

Nebraska



Los estados del centro son, en general, de relieves planos, de paisajes monótonos. Granjas, pequeños pueblos, pastos grises y árboles enjutos. O así los recuerdo. Una densa soledad impregna esos paisajes de caminos rectilíneos y cielos oscuros que, de vez en cuando  descargan alguna nevada gigantesca o algún tornado.
  
En esos estados viven los descendientes de los alemanes, suecos, irlandeses, que huyeron de la miseria europea y se trajeron su hambre, sus dioses austeros, su alcoholismo. Y el estado más alejado del mar, el estado central por excelencia, es Nebraska. Yo lo crucé en un tren, que recuerdo lento y triste.

Los protagonistas de la película también viajan hacia Lincoln, Nebraska. Viajan hacia su pasado, hacia el porqué de sus soledades. La excusa para la road movie es que el viejo Woody (Bruce Dern) cree que ha ganado un premio y consigue que su hijo, otro fracasado como él, lo lleve a cobrarlo desde Montana.

Vamos conociendo así, a través de la mirada de los otros,  la vida de este anciano al borde de la demencia. La fotografía en blanco y negro, la excelente selección de actores (incluyendo a los secundarios), nos atrapan en una gran película, nominada a toda una colección de premios. Prosa de la buena. Melancolía con olor a bar y regusto a lager americana.  

martes, 4 de febrero de 2014

Una cuestión de tiempo.



Una fotografía excelente y unos actores simpáticos evitaron que la peli se me empalagara. Se trata de una comedia romántica y de moraleja previsible, basada en unos viajes en el tiempo. La cosa no es muy original y no aguanta unos análisis muy profundos; pero Rachel Mc Adams es preciosa, el director Richard Curtis sabe manejar los tiempos de la historia y viene bien que, cada cierto tiempo, alguien te diga: Carpe Diem.