sábado, 25 de junio de 2011

Camins duptosos. Las Valencias que he vivido (Jiménez de la Iglesia)


Un compañero me regaló este libro. Es una colección de artículos de prensa, noticias y apuntes que conforman las memorias del empresario valenciano Jiménez de la Iglesia. El principal objetivo del libro, como de casi todos los libros de memorias, es ajustar las cuentas con los coetáneos, especialmente con el inefable y bronceadísimo Zaplana, que le hizo dimitir de la CEV (una de las patronales valencianas).

La burguesía valenciana del XIX y del XX (en especial, el empresariado) ha sido un fructífero objeto de estudio para economistas, historiadores y polítologos. No es para menos, como clase dirigente, sus anhelos, visiones y proyectos, se convertían en los de toda la sociedad. Por ejemplo, en el terreno lingüístico, la burguesía valenciana, a diferencia de la catalana, despreció siempre la lengua vernácula, que sigue hoy en día en una situación subalterna (el libro toma el título de un famoso verso medieval valenciano, pero está escrito a excepción de 4 páginas, en castellano).

Por razones de trabajo, yo estudié el surgimiento de los sectores industriales que se convertirían a lo largo del XX en líderes europeos de la pequeña manufactura (muebles, azulejos, juguetes, calzado). Siempre me ha parecido asombroso cómo aquellos hombres emprendedores, a pesar del aislamiento de la sociedad española y de la falta de capital, pudieron montar redes comerciales competitivas y sostener pequeñas industrias que daban trabajo a decenas de miles de personas. Pero todo esto es cosa del pasado. Después del proceso acelerado de desindustrialización de los últimos 20 años, en el País Valenciano queda muy poco de todo aquello. Solo quedan naranjos entre urbanizaciones feas.

Aunque tengo que reconocer que el personaje como tal no me interesaba demasiado, a través del texto se puede rastrear ese proceso de desindustrialización y de pérdida de poder de la economía valenciana. El mismo Jiménez de la Iglesia no ha sido un industrial, sino un constructor-promotor (participó activamente en la invención-construcción de Benidorm). Los últimos apuntes del libro rezuman el fracaso de los poderes locales para salvar el sector financiero autóctono o para poder imponer un mínimo de cordura a los dirigentes del Partido. Sumidos en una crisis sin precedentes, de la que ya no se podrá culpar a ningún demonio externo en el plazo de un año, y en la que todos los recursos económicos de la sociedad van a ir a parar a las cuentas de resultados de la gran banca, nuestros líderes siguen haciendo gilipolleces. Desde mi casa, con más pena que molestia, oigo el zumbido de la feria de Ecclestone, que ni sabe quién fue Jiménez de la Iglesia, ni Ausiàs March, ni le importa.

miércoles, 15 de junio de 2011

Relatos de Aldecoa.


El libro al que me refería en mi entrada anterior es una antología de relatos de Ignacio Aldecoa. El vitoriano, que murió joven, pasa por ser uno de los grandes del género. De algún modo mágico, siempre lograba en su obra un tono equilibrado, certero, de tremenda y sombría sinceridad.

Como a otros, se le ha catalogado como un autor “realista”. Nunca he tenido muy claro a qué se refieren los críticos con eso de realista. Lo cierto es que Aldecoa dibujó con hermosa ternura y con una extraña perfección la sociedad pobre y fracturada del primer franquismo, de la que hablábamos en la otra reseña. Aldecoa, más que ningún historiador o economista, captó el alma oscura de esos viejos trenes de vapor que llevaban emigrantes y estraperlo del campo a la ciudad, de esos silencios miedosos, de esos soldados semianalfabetos, de esa tos que se podría curar si hubiera cuartos, de esa miseria que empapaba los papeles de papel pintado de pisos húmedos en donde el resentimiento convivía con las más humildes ilusiones. Si eso no es economía que venga Dios y lo vea.

Aunque Aldecoa usó varios decorados (el campo, los cuarteles, los puertos) y varios registros (la infancia, los amantes), me parece que su mejor literatura son esos relatos en los que vemos simultáneamente a varias clases sociales, que comparten las calles de una misma ciudad (Madrid, normalmente), con sus distintas soledades, anhelos, problemas, temores. “Vísperas del silencio” (1955) me parece una obra maestra que cualquier aspirante a relatista debería leer.

Y es que, más que Cela o cualquier otro, Aldecoa fue el gran escritor de aquel Madrid oscuro y hambriento. Así que la antología trae, por supuesto, el célebre relato “Chico de Madrid” (1950) ese niño que murió “cuando la tierra se pone morena y hay violetas en los tejados y el primer murciélago hace su ronda de animalejo complicado y se extiende como una gasa de tristeza por las orillas del Manzanares. A consecuencia de su última cacería, en la que si no pudo cazar ratas, como nunca falló, cazó un tifus; el tifus que lo llevó a los cazaderos eternos, donde es difícil que entren los que no sean como él, pobres y como él, de alma incorruptible”.

lunes, 13 de junio de 2011

Economía franquista y corrupción.


Durante el gris febrero, leí dos libros que tratan una época gris. Un libro de relatos y un libro de historia económica. La vida y la economía, que siempre andan tan juntas; aunque ahora nos intenten convencer de que no es así, de que los mercados son algo parecido al Dios de los semitas, un implacable ser sin rostro que decide sobre el bien y el mal y a cuya voluntad nadie puede oponerse.

El primer libro “Economía franquista y corrupción” de tres profesores de la Universidad de Barcelona, es un manual sencillito (demasiado, para mi gusto). Trata la historia de las políticas económicas de los 39 años de dictadura (más unos cuantos de prórroga). El libro cuenta lo que es la opinión común entre los expertos, es decir que la política económica franquista fue un puto desastre, incluso teniendo en cuenta las guerras y el aislamiento de los cuarenta. Evidentemente, las absurdas decisiones económicas de las dos primeras décadas del régimen tenían unos claros beneficiarios: las clases y los estamentos sociales que resultaron vencedores en la guerra. Pero incluso desde el punto de vista de estos, resulta difícil hacer peor las cosas.

El resto de la historia es bien conocida: en la segunda mitad de los 50 a Franco le quitaron definitivamente las palanquitas de mando de la economía. En 1959, llegó el plan de estabilización. Dice el libro: ”la economía, y por extensión, el propio país, se encontraban al borde del precipicio (…) el tratamiento implicaba renunciar ahora de forma clara y contundente, a la autarquía fascista y al intervencionismo asfixiante”. Se trataba de homologar, de crecer, de vender, para sobrevivir. En lo que se refiere al desarrollismo de los 60, el libro hace hincapié en los desequilibrios sociales y territoriales en los que se basó y en el coste humano (especialmente, las migraciones interiores y exteriores) que supuso. Hay, obviamente, unas páginas sobre el célebre caso Matesa (cuando los historiadores hablen de nuestra época y de nuestros propios cataclismos citarán Filesa, Gurtel y Brugal). Para acabar, el libro defiende la tesis de que fueron aquellos desequilibrios los que hicieron precisamente a la economía española, de entre todas las europeas, la más vulnerable ante la gran crisis de los 70.

En la próxima entrada, reseñaré el libro de relatos con los que simultaneé la lectura de este.

lunes, 6 de junio de 2011

Aragón sin empalmes


NOTA: La siguiente entrada trata sobre temas identitarios y/o humor. Recomiendo la huída al no interesado.

Mucho se ha discutido sobre qué sería aquello de las literaturas regionales, los humores regionales, los gustos regionales. Para los diferentes nacionalismos irredentos habría, obviamente, una literatura nacional catalana, un humor escocés o una gastronomía gallega. Lo que no queda tan claro es si Joyce pertenecería a una hipotética literatura nacional irlandesa y Conan-Doyle a una escocesa o estas quedarían circunscritas a lo escrito en gaélico. Mal negocio para los pubs de Dublín y de Edimburgo.

Los que son más pequeñicos se tienen que conformar con asumir un papel asignado desde los centros. Así, habría un folclore andaluz, un humor aragonés o una gastronomía alsaciana que existirían solamente como complementos y matices de una identidad centripeta española (o francesa). Y ese folclore o ese humor se habrían deformado hasta lo monstruoso para adaptarse a un papel periférico, subsidiario. En Aragón, estaríamos hablando del estúpido baturrismo tan en boga en los 60 y 70, donde los maños adoptaban el papel del rústico noblote, que con sus gracias y barbaridades, entretiene al madrileño, ese chulapo de gallarda hidalguía. Los arquetipos caricaturescos son así la herramienta para domar e integrar lo "diferente" en el cuerpo nacional.

En los últimos años, Carbonell y Coipesol (el cantautor Joaquín Carbonell y el periodista Roberto Miranda) han perpetrado varias obras que permiten a los aragoneses reconciliarnos con un humor aragonés, casi desconocido allende el Moncayo. Y de paso, rei'nos a to' meter. Ya hemos reseñado aquí "El estatuto de autonomía de Aragón. plan B" y la desternillante "Enciclopedia de Aragón preta". En estos libros, aparece un humor que, con un tono nuevo, hunde sus raíces en el viejo somardismo resignado pero perspicaz: " Records de Aragón: La caldereta de Maluenda. Dieron de comer a 328 con un cordero mal contao y cuatro tomates para la ensalada. Al final no se oyó ni una jota. Era un acto electoral del alcalde, y aún lo buscan".

El libro, como los anteriores, es una recomendable caída libre sobre esos tontos de pueblo tan listos, sobre los concejales con gigantescas puertas de cochera, sobre todos los fabulosos y absurdos proyectos que los locos de aquella tierra de locos quieren emprender para escapar del desierto. Muchas de las secciones del libro usan la figura de las vidas ejemplares, que me recuerda al genial Sánchez Pollack "Tip" y sus santos varones. Pero los personajes que esbozan Carbonell y cía existen o podrían existir en aquella tierra. Esa tierra tan hermosa, tan llena de caciques y de artistas, tan seca y tan inundada de "pántanos", tan viva y tan moribunda, pero que todavía se ríe de si misma:
"Roqueros aragoneses (...): Ugenio Ruppel. Enchufó la bandurria al transformador y soltó a todo pulmón Arremójate la tripa. No sabía otra moderna (...) Sus dotes para el espectáculo eran nulas pero dominaba los circuitos comarcales. Hizo toda la campaña del PAR por el altiplano de Daroca. Era un experto en llamar a los ayuntamientos a cobro revertido. Nunca grabó un disco, pese a las proposiciones que tuvo, por falta de tiempo".

sábado, 4 de junio de 2011

L'antigor de la llei electoral...


Anoche tenía intención de leer algo, acostarme pronto y descansar. Pero entré en la bodega a comprar cena y vi que había una conferencia-debate sobre sistemas electorales, organizada por una de las asociaciones culturales del barrio. El tema siempre me ha interesado, más por sus aspectos matemáticos que políticos o legales; así que no pude evitar quedarme. El ponente era un profesor de derecho de la complutense, que sabía de lo que hablaba. Lo cierto es que disfruté y aprendí, cené bien, bebí cava y hasta intervine en dos ocasiones.

Los sistemas electorales son uno de los mecanismos centrales de las democracias indirectas porque a través de ellos se produce la teórica transferencia del poder desde el elector a su representante. Cualquiera puede darse cuenta de los anacronismos que arrastran (por ejemplo, que el voto de cada diputado o concejal valga lo mismo, independientemente del número de electores que les haya votado). Eso podría tener algún sentido práctico en el XVIII; pero es difícilmente defendible en el XXI.

Con la pérdida de legitimidad de todo el sistema político español, muchas miradas han vuelto ahora hacia el sistema electoral. Cualquiera que se haya interesado en el tema, sabe que está obviamente diseñado para favorecer a los dos grandes partidos. La desfachatez alcanza el absurdo en algunos sistemas regionales, como el valenciano, donde PP y PSOE pactaron el límite del 5% (ojo, y aquí está el truco: ¡agregando las tres circunscripciones!). El PP se aseguraba así el poder ad infinitum y el PSOE una cómoda (y bien pagada) oposición. Precisamente, esa ley electoral capciosa era la que daba nombre a la conferencia.

Se habló de diversos aspectos del tema: los mecanismos arteros que conlleva el sistema español de circunscripciones, el mandato imperativo, el transfugismo; pero sobre todo se trató el tema de las listas abiertas o cerradas y hubo opiniones para todos los gustos. El ponente lanzó una idea que me pareció muy explicativa: las listas cerradas están en el corazón del sistema, que, por definición, es vertical. En la cumbre, como todos sabemos, están los poderes financieros, que dan órdenes a los medios de "comunicación" y a las cúpulas del PPSOE. Esas cúpulas emiten las listas cerradas (y bloqueadas) que el elector se ve obligado a aceptar ¿cuántos votantes del PP hubieran preferido votar a candidatos no imputados por corrupción?

Afortunadamente, parece que hay algunos ligeros temblores en el suelo que soporta a la pirámide.