jueves, 30 de septiembre de 2010

María Moliner y las primeras estudiosas...


El pasado viernes fui a la presentación de este libro en el Centro Aragonés de Valencia.

Obviamente, hubo el preceptivo homenaje a Labordeta. Y es que el impacto de la noticia ha sido tan grande en Aragón como en la diáspora (he visto varias banderas aragonesas con el crespón negro en esta ciudad). La idea era poner la Albada por la megafonía, pero, por aquellas cosas de la técnica, salió esa otra canción, tan labordetiana en la que cita y pide ayuda con sorna a todo el santoral étnico, San Lorenzo, Santa Orosia y... ¿cómo no? la diosa madre, la Virgen del Pilar. A nosotros nos cortó un poco el rollo solemne, pero el abuelo debia estar descojonándose en ese infierno parecido a los Monegros donde lo han metido, destinado a los rojos separatistas y a los borbones gandules.

Vamos a lo serio: el libro en cuestion es un elaboradísimo trabajo de investigación de M.P. Benítez. A mí, como soy de ciencias, me dejó impresionado la meticulosidad y el esfuerzo que la autora ha puesto en esta obra, publicada por el Rolde de Estudios Aragoneses. Tal esfuerzo solamente puede hacerse desde la pasión. La pasión por reivindicar lo maltratado, lo discriminado, lo olvidado. En este caso, la mujer como investigadora en un mundo de hombres y para hombres, por un lado, y las lenguas minorizadas de Aragón, por otro.

Quizá lo mas llamativo, desde el punto de Vista de la gran ciencia filológica, esa que se hace en los madriles, es la aportación a un mejor conocimiento de la figura de la famosa María Moliner, nacida en Paniza, que empezó su gran carrera lexicográfica con el estudio paciente y cariñoso de la humilde lengua de las montañas: la fabla aragonesa.

Cuando ya había acabado la conferencia, de pronto, sonó la Albada. A mí, casi se me atraganta el cariñena.

lunes, 27 de septiembre de 2010

El gran Vázquez.


Fui a este estreno esperando una comedia rápida y ágil. Me esperaba también la misma estética sorprendente y poderosa de las dos pelis sobre Mortadelo que hicieron Javier Fesser y Miguel Bardem. Error. La peli no es una colección de gags de personajes de comics, sino una colección de escenas (más o menos verídicas) de la vida de Manuel Vázquez, el dibujante de historietas que tanto brillaba en los primeros 60, en una España que devoraba tebeos. Y para recrear la Barcelona de aquellos años han hecho lo que han podido, pero el presupuesto debía ser corto porque vi varias veces circulando el mismo 600.
Vázquez era un caradura, un sablista, un moroso y un polígamo, es decir, un desgraciado, asi que la peli deja una difusa sensación de tristeza. La historia no llega a resolverse y se hace un poco aburrida, a pesar de que Santiago Segura se esfuerza y pone sus mejores caras de pillo. Salvando las infinitas diferencias, la naturaleza del personaje del artista cabezarrota, me recordaba al Sean Penn de la interesante "Acordes y desacuerdos" de Woody Allen.
Dos cosas me llamaron la atención: el poder evocador de la figura del pícaro, que tanto peso ha tenido en el imaginario literario español, y por otro lado, cómo refleja la peli la transformación de la economia española. Parte de los pufos de Vázquez procedían precisamente de las compras a plazos. Después de los oscuros años de la autarquía llegaban las lavadoras y las teles, para que la naciente clase media de los 60 se endeudara. Los listos como Vázquez pensaban que podian engañar al sistema.
Cambiando totalmente de tema, el sábado me llegó la triste noticia del fallecimiento de otro dibujante (caricaturista) que procedía de un pueblo cerca del mio (firmaba como Javi Rillo), y era amigo de alguno de mis amigos. Desde aqui un abrazo para ellos. Algunos autores se hacen eco de esto. Creo que hoy volvía al Altiplano. Para siempre.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Adiós a Huesca y provincia, a Zaragoza y Teruel.

Fue hace muchos años. Era un pueblo del sur de Aragón, de madrugada. Un pueblo de la "Sierra Callada", como él la llamaba. Éramos adolescentes que empezábamos a salir de fiesta. Eran las verbenas del verano, el alcohol. Recuerdo, como si fuera ahora mismo, a dos amigos de la cuadrilla, subidos en una mesa. Cantaban la Albada. La Albada lenta y poderosa, la Albada triste y guerrera "Y esta es la albada del viento, la albada del que se fue, que quiso volver un día; pero eso no pudo ser". Marcaban solemnemente los versos, con fuertes golpes en la mesa. Resonaba el bar. El mundo resonaba, como cuando rompen la hora en Calanda, como cuando vienen las tronadas fuertes en las montañas, "la luz golpeando la luz".

La Albada, el Canto a la Libertad, la Sanjuanada, ... y tantas otras. Himnos para una tierra de ausencias, versos para un país de silencios largos. Las llamaban "canciones de autor" aunque, curiosamente, se convirtieron en canciones de todos, en canciones de adolescentes que intentaban entender el mundo, canciones para que la megafonía municipal avisara de que llegaba el agua para regar o el pescado a la plaza, canciones para los que emigraron a Cataluña o a Valencia, y se tenían que esconder para que no les vieran llorar cuando se acordaban de los pobres pueblos que habían dejado. Canciones para que aquella tierra sin mar recuperara la voz. La voz casi perdida, "lanzada contra el cierzo y el sol". Se convirtieron en canciones del pueblo, aunque al autor, siempre tan socarrón, le hiciera mucha gracia la frase.

No sé por qué, hace unos días, mi mano, de manera inconsciente, escribió el viejo verso de ese poeta, hermano de poeta: "Somos como nuestra tierra, suaves como la arcilla, duros del roquedal". La vida tiene sus caminos misteriosos y sutiles, porque el viernes también escuché la versión aragonesa del viejo himno occitano "Aqueras montañas, tan alteras son", que él, a veces, cantaba en algún concierto.

Así que ayer, de madrugada, cuando ya debía estar haciendo mucho frío en Teruel y esa humedad persistente empapaba Zaragoza, "esa madrastra, esa tumba nacida a nuestras espaldas", me estremecí al leer el sms que mi primo me había mandado: "Ha muerto Labordeta. ¿y ahora qué?".

viernes, 17 de septiembre de 2010

Resident Evil (4) en 3D.


Mi amigo Javi me dijo que tenía intención de bajar un día a Teruel a ver esta peli. Así que, cuando volví a Valencia, picado por la curiosidad, me metí en el cine en una de las últimas tardes ociosas de septiembre.
Dicen que el 3D será el formato al que se verán abocadas todas las salas comerciales para prolongar su agonía unos años más. Y yo quería enterarme por mí mismo de lo que era.
Pues bien, la cosa no es para tanto. Cuando el ojo se acostumbra, las cuchillos que te lanzan los personajes y las visceras que aparentemente te salpican se hacen rutinarias.
De la peli en sí (y supongo que de la saga en general), poco que decir. Que no es una peli, que es una sucesión de pantallas de videojuegos en los que unas tías buenas con las camisetas mojadas destripan zombies pegándoles tiros a bocajarro con escopetas recortadas en un mundo apocalíptico. O sea, como en las pelis de quinquis pero al revés.

Entre salpicadura y salpicadura, iba pensando que los temas del fin del mundo y del mundo nuevo son constantes en nuestra cultura. Precisamente, el otro día hablaba con mi compañero Jordi de "Mecanoscrit del segon origen" del catalán Pedrolo, la típica novela de lectura obligatoria en secundaria.
Por otro lado, también me llamó la atención la idea de los "supervivientes", es decir de ese último grupo de humanos en medio del caos. Se trata de una idea muy bíblica, que en la visión anglosajona del mundo adopta un matiz muy predecible: sólo los puros serán premiados. El Myflower, supongo, rodeado de zombies.

jueves, 9 de septiembre de 2010

El mosaico partido: la economía más allá de las ecuaciones. (Dowbor).


Pronto se cumplirán dos años de la quiebra de Lehman Brothers. Muchos consideran ese momento (el 15 de septiembre de 2008) el hito de la crisis subprime. En aquellos meses la percepción general era que la causa fundamental del crack había sido el programa de desregulación global que los neocons anglosajones habían conseguido implantar a lo largo de los 80 y los 90. La opinión común era que había que llevar a cabo un contraproceso de rearme de los estados nacionales y de las instituciones de control. Es decir, que había que reformar el capitalismo liberal.
Dos años después, las ideas dominantes han cambiado. Ahora el punto de vista hegemónico vuelve a ser: "contra la crisis, más mercado". De hecho, varios estados nacionales de la zona central del sistema (España, Francia, Italia) liberalizan su mercado laboral o aplican recetas liberales para cumplir las consignas de los mercados financieros internacionales. ¿Qué ha pasado en estos dos años? ¿En qué momento nos engañaron? ¿Quién decide cuál es la opinión dominante? Quizá para recomponer nuestros esquemas de análisis tendríamos que volver a algún momento previo, a lo que se pensaba del sistema antes de la crisis.

Reflexionando sobre este tema, me encontré en los armarios del pueblo este libro de la colección "Libros de encuentro" de la organización Intermón Oxfam. El libro tiene dos partes diferenciadas. La primera es una autobiografía del autor, que hizo el típico recorrido intelectual y personal de muchos estudiantes latinoamericanos: el descubrimiento de la pobreza de sus compatriotas, el enojo, el antiamericanismo, la subversión, la antisubversión, la tortura en las instalaciones militares, el exilio, el descubrimiento de la economía planificada y su posterior fracaso. Ese recorrido intelectual justifica la segunda parte del libro, en donde el autor hace hincapié en la necesidad de liberarse de los corsés ideológicos y de investigar las condiciones concretas de cada lugar. En la línea de Amartya Sen, Dowbor analiza las razones del éxito o del fracaso de muchas de las iniciativas económicas en las que participó como consejero o como profesor. Usa para ello un equipo de herramientas casi desconocidas para la economía ordinaria: conceptos como red, legimitidad o tiempo social. Recomendado para heterodoxos.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

The Karate Kid (2010).


Los de mi generación vimos muchas pelis de chinos. Era el penúltimo género al que recurrieron los cines de los barrios obreros, antes de pasarse a las clasificadas S y cerrar. Las películas de artes marciales eran sencillitas, honradas, fáciles de ver y de entender. Por lo general, tenían un protagonista que daba unas hostias como panes, recitaba haikus y siempre vencía a los malos. El más famoso fue Bruce Lee. Y como éramos inocentes y nos conformábamos con poco, todos queríamos saber artes marciales para defendernos de los tipos chungos que nos amedrentaban. Es decir, el mismo mecanismo de huída que ofrecían los superhéroes de la Marvel; pero menos fantasioso. Así que los gimnasios se convirtieron en buenos negocios (en mi suburbio eran todos coreanos huídos de la guerra que enseñaban taekwondo). Claro que cuando ibas al gimnasio te dabas cuenta de la diferencia que hay entre el cine y la realidad, esa que hace que todo el mundo prefiera el cine. Pero entre acrobacia y acrobacia se fue colando un poco de sabiduría oriental, es decir, de sabiduría.

Así que no me podía negar a ir a ver este estreno. Se trata de un remake del éxito del 84, con más presupuesto y un protagonista más mono, si cabe: Jaden Smith, el hijo del todopoderoso príncipe Will Smith. Hay que reconocerle al niño que lleva el arte en la sangre y todo lo hace bien. Le han puesto de profe de kung-fu a Jackie Chan, un habitual del género y les ha quedado una peli bonita y suave, casi Disney, con mucho karma y mucho chi, que además, transcurre en el origen de todas las cosas: China. Ideal para hacer la digestión de las palomitas y la coca-cola.