jueves, 22 de mayo de 2014

Aprendiz de gigoló.



La duda sobre qué película íbamos a ver fue radicalmente aclarada por la frase: “¿Esa no es la del ménage à trois con Sofía Vergara y Sharon Stone?” Lo cierto es que ni el trío fue para tanto ni la película nos impresionó demasiado. Con todo, valió la pena entrar.


Yo no sabía que Turturro fuera también guionista-director. Hay que reconocerle que ha montado una historia divertida  y cómoda de interpretar para él y para Woody Allen; pero que queda un poco desvaída y que no sabe acabar (como me pasará a mí con esta entrada). 

Ambos personajes (el gigoló y su chulo ) tienen buenos matices y las excelentes interpretaciones logran que nos creamos situaciones que a priori, resultarían increíbles. Y a lo largo de todo el metraje se intuye una mirada sensible e inteligente sobre la soledad y el deseo..


viernes, 16 de mayo de 2014

La gran belleza



Aguantó durante muchos meses en el cartel de los estrenos, así que en cuanto pudimos, acudimos a verla en los D’Or. Y valió la pena. Salí del cine con la confusa sensación de no haber visto nada serio y al mismo tiempo, haberlo visto todo. Y con cierta necesidad de volver a sentarme delante de la peli, a pesar de sus dos horas y pico.


El cine es, sobre todo, imágenes. Y esta es una peli de imágenes. No hay una historia a la que aferrarse, no hay un principio ni un fin.  Y esa colección de imágenes transmite las sensaciones de la vida del protagonista. Una vida aparentemente vacía; pero llena de matices que la excelente interpretación de Servillo consigue. Es un escritor de esos que no escriben; pero que ha aprendido a disfrutar la belleza de las cosas y de las personas y que tiene la suerte de vivir en Roma, la ciudad que es todas las ciudades. Sus noches transcurren de juerga en juerga, como en el famoso tango “Arroz blanco”: “no es vida muy trascendente; pero es la que me ha tocao”.


Asistimos a conversaciones inteligentes de gentes desocupadas, satisfechas con ellas mismas, antiguos militantes del partido que hoy escriben guiones para los realities; pero, ante el torrente visual que se nos presenta, no juzgamos, no podemos juzgar, porque al mismo tiempo percibimos la sabiduría del  protagonista, que pasea tranquilo con su copa en la mano por los palacios más bellos de Europa.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Patrimonio de la Diputación de Valencia (MUVIM)

La trágica noticia del asesinato de la presidenta de la Diputación Provincial de León me ha traído a la memoria una exposición que visité hace unas semanas. Se trata de la exposición temporal en el MUVIM (hasta el 25 de mayo) “Patrimoni de la Diputació de València”, dividida en dos grandes secciones: una sobre el patrimonio artístico y otra, con una selección de documentos y objetos del Archivo general y fotográfico de dicha institución.

Obviamente, la interesante es la primera; pero como yo soy algo bestia, dediqué mucho más tiempo a la segunda. Se muestran algunas cosillas de la impresionante colección que, según  dicen “ocupa 3.000 metros lineales de estanterías que contienen más de 40.000 cajas y 20.000 volúmenes a los que se suman varios miles de carteles, mapas y planos y fotografías”.  

En la actualidad, un ciudadano cualquiera, habitante de un medio urbano, difícilmente podrá hacerse una idea de la importancia que tuvieron las diputaciones provinciales en la vida política y administrativa de la España del XIX y del XX. Y es que prácticamente, todos los trámites administrativos a los que se tenía que enfrentar la gente normal, y todos los pequeños efectos del poder o del estado en la vida pública (carreteras, tributos, licencias, espectáculos, beneficencia), tenían que ver con las diputaciones. A diferencia de Francia, el estado central era algo muy remoto, que solo se encargaba de la mili, de la guardia civil y de las guerras de África. Las diputaciones eran el pequeño poder de todos los días, la institución que reflejaba la verdadera estructura jerárquica de la sociedad local con todas sus carencias,  vergüenzas, reivindicaciones identitarias y voluntades de mejora. Aunque nunca fueron instituciones democráticas (tampoco ahora) eran lo más cercano al territorio, entiéndase gente, que el sistema de poder ofrecía. Aún hoy, son el agente más importante en el medio rural. Cualquier cacique de este país de caciques sabe que tiene más poder un presidente de la  diputación de una provincia despoblada que un diputado del congreso de los ratones.

sábado, 10 de mayo de 2014

La segunda mujer (Kuma)



La primera vez que estuve en Marruecos, caminando alrededor del Tubkal, con 3 buenos amigos, el guía nos colocó en el grupo a una jovencita marroquí, de habla árabe. Durante varios días, dudamos sobre qué se escondía en todo aquello. La niña no se entendía bien ni con nosotros (en nuestra mezcla de francés y español) ni con los muleros (bereberes). Nos dibujaba corazoncitos y nos hacía carantoñas y nosotros no comprendíamos nada. Solo cuando se fue y tras mucho interrogar a aquel Ibraim y atar cabos, llegamos a una conclusión que nos epató. La niña estaba destinada a un matrimonio concertado con algún marroquí de Francia y nos la habían adosado para que se fuera haciendo a los europeos. Los cuatro entendimos que en la vida de esas gentes había muchas más oscuridades que las que habíamos vislumbrado en aquellas humildes casas del alto Atlas. Oscuridades detrás de antiguas puertas de madera, hermosamente decoradas; pero resecas y cerradas.


Esta peli abre un poco una de esas puertas. Vemos la vida de una familia turca en Austria. Los bruscos giros del guión (algo forzados) nos van mostrando algunas de esas oscuridades. Y los roces infinitos entre nuestro mundo y el suyo. La historia (supongo que inspirada en muchas historias reales) juega con una irresistible paradoja: trata de la absoluta falta de libertad de la mujer; pero se desarrolla en una familia que funciona según un esquema matriarcal. Ese contraste y la abrumadora belleza de la protagonista (la turca Koldas) mantuvieron mi interés durante la hora y media del film.

martes, 6 de mayo de 2014

"Anochece en la India" y "La vida inesperada"

Los puentes del final de abril nos sirvieron para ir al cine. Y vimos películas españolas. Sin que nos obligaran.

La primera, "Anochece en la India", aborda con cierta sutileza el tema de la muerte elegida. Tiene un comienzo poderoso y sugerente; pero se va agotando según viajan hacia el este Juan Diego y Clara Voda. Todo comenzó en la India: las matemáticas y las religiones y posiblemente, la agricultura y la ganadería; pero si en esta peli se hubieran quedado un poco más aquí (en Rumanía) la cosa hubiera funcionado mejor. Por otra parte, los personajes no son creíbles. Un tipo que se supone que ha logrado cierta clase de trascendencia (el interpretado por Diego) no es un hijoputa que se pasa toda la película concitando odios. Aún así, el intento de Chema Rodríguez es meritorio y no deja de tener su interés.

La segunda, "La vida inesperada", de Torregrossa,  nos gustó algo más. Trata sobre el valor para luchar por los propios sueños, y para fracasar.  Dos primos se juntan en Nueva York. Uno (Javier Cámara) hace de indio en un salón, como cantaba Labordeta. El otro (Raúl Arévalo) no sabe muy bien qué hace allí. Pero esa ciudad es el sitio donde se huye o donde se lucha por ser aquello que se quiere ser. El buen sabor de boca nos hizo perdonar dos cosas: las demasiadas veces que vimos el torso desundo de Cámara y el previsible final feliz.