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La gran belleza



Aguantó durante muchos meses en el cartel de los estrenos, así que en cuanto pudimos, acudimos a verla en los D’Or. Y valió la pena. Salí del cine con la confusa sensación de no haber visto nada serio y al mismo tiempo, haberlo visto todo. Y con cierta necesidad de volver a sentarme delante de la peli, a pesar de sus dos horas y pico.


El cine es, sobre todo, imágenes. Y esta es una peli de imágenes. No hay una historia a la que aferrarse, no hay un principio ni un fin.  Y esa colección de imágenes transmite las sensaciones de la vida del protagonista. Una vida aparentemente vacía; pero llena de matices que la excelente interpretación de Servillo consigue. Es un escritor de esos que no escriben; pero que ha aprendido a disfrutar la belleza de las cosas y de las personas y que tiene la suerte de vivir en Roma, la ciudad que es todas las ciudades. Sus noches transcurren de juerga en juerga, como en el famoso tango “Arroz blanco”: “no es vida muy trascendente; pero es la que me ha tocao”.


Asistimos a conversaciones inteligentes de gentes desocupadas, satisfechas con ellas mismas, antiguos militantes del partido que hoy escriben guiones para los realities; pero, ante el torrente visual que se nos presenta, no juzgamos, no podemos juzgar, porque al mismo tiempo percibimos la sabiduría del  protagonista, que pasea tranquilo con su copa en la mano por los palacios más bellos de Europa.

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