lunes, 26 de abril de 2010

Libros, libros, libros: "Edén".


Neruda decía de ellos: "Ya no caben en el mundo...cuánto libro... cuánto librito... ¿quién es capaz de leerlos?.. Si fueran comestibles...Si en una ola de gran apetito los hiciéramos ensalada, los picarámos, los aliñáramos..." El otro día se celebraba el día del libro: libros por todas partes, en mis dos casas, en el trabajo. Libros nuevecitos y libros de segunda o tercera mano, con el nombre de un antiguo dueño, con hojas marcando las hojas. Libros para cada momento, llenos de historias, de palabras, de angustias inabarcables, de risas alocadas, de polvo. Mundos infinitos. Y de vez en cuando, encuentras uno que te cuenta lo que precisamente querías leer en ese instante, uno que te trae los adjetivos que necesitabas, y que te hace ver lo insignificante (y maravillosa) que es tu vida.

La última novela con la que sentí precisamente esa coincidencia, esa señal, fue "Edén", del poeta Felipe Hernández. No sé por qué, pero viví intensamente los padecimientos del protagonista, un funcionario miope y apocado en un mundo futuro y fantasmal. "Edén" se sitúa en una sociedad que ha sucedido a la nuestra y parece haber perdido gran parte de la tecnología (no hay electricidad ni vehículos); pero conserva nuestras absurdas obsesiones por la organización y la burocracia (en realidad, máscaras del poder). La historia se desarrolla en una ciudad gigantesca en donde conviven en sus innumerables suburbios y barrios, cientos de lenguas distintas (precisamente el protagonista trabaja como intérprete-copista en algo parecido a un Departamento de Traducción). Todos los recursos de esta sociedad degradada y enferma parecen dirigidos a la construcción de una gran torre. Es decir, hay un juego de ucronías-utopías con resonancias bíblicas. El protagonista se verá atrapado en una angustiosa situación debido a un error burócratico. La influencia de "El proceso" de Kafka, una de las obras fundamentales de nuestra cultura, es innegable. Se trata el problema de la identidad, del destino, de la violencia oficial, del deseo. Con estos ingredientes, Hernández construye una historia interesante, a la que quizá hubiera podido sacar más partido; pero que me sirvió para vivir otra vida más miserable y triste que la mía durante tres largas noches.

jueves, 22 de abril de 2010

La Odisea de la plata española.


La economía ha sido coronada como la princesa de entre las ciencias sociales. Creen que a través de ella, se puede llegar a alcanzar el secreto de ese animal prodigioso, brutal, gregario y siempre hambriento, que es el ser humano. Yo no tuve esa vana ilusión hasta bien mayorcito, así que la economía que he estudiado, como ya he escrito alguna vez en el blog, ha sido la de los libros de divulgación. Es decir, que no sé nada del tema. Los de la revista Bostezo, me invitaron a una mesa redonda y no fui capaz de decir nada sensato. Cosas de los autodidactas.

Lo último que he leído ha sido este breve librito del célebre historiador italiano Carlo María Cipolla, más conocido por su teoría de la estupidez . "La Odisea de la plata española" sigue el modelo bien establecido por la historiografía económica, que ya explicara el gran Quevedo en sus célebres versos:

"Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado".


Es decir, Castilla descubrió la manera más rápida y eficiente de enriquecerse: ir a robarles a los que tenían. Pero las inmensas cantidades de plata que llegaron a la corona durante los siglos XVI y XVII, tuvieron como efecto una inflación galopante y las deudas de la monarquía hispánica acabaron financiando el incipiente desarrollo del capitalismo en los países protestantes del norte de Europa. Me ha llamado la atención el hecho de que la moneda castellana se convirtiera en la moneda de referencia internacional (incluso en la lejana China), aunque la corona que la emitía (la principal potencia militar del mundo) estuviera casi en una contínua bancarrota. De alguna manera, la situación se parece algo a la de la actualidad con el dólar, EEUU y su principal comprador de deuda pública: la China contemporánea.

martes, 20 de abril de 2010

Ciudad de vida y muerte.


Una conocida mía es de origen polaco. Recuerdo que en una discusión sobre historia, para hacerle la puñeta, yo le decía que la Segunda Guerra Mundial no había empezado con el ataque alemán a Polonia, en 1939. A ella le daba mucha rabia; pero yo le quería hacer ver que la historia siempre es maleable y que cada nacionalismo (especialmente el de los Estados-Nación) la manipula y la adapta a sus intereses estratégicos. Manu Leguineche podía decir, con toda propiedad, que la Segunda Guerra Mundial empezó en su pueblo (Guernica) con el bombardeo del 26 de abril de 1937. Si uno adopta un punto de vista más universal y cosmopolita, advierte en seguida que, en realidad, el que sería el peor conflicto armado de la historia de la humanidad, había empezado unos años antes, con el proceso de expansión japonesa en el extremo Oriente. "Ciudad de vida y muerte" trata de la conquista y ocupación de la antigua capital del imperio chino, Nanjing-Nanking, por parte de las tropas japonesas.

La publicidad la presentaba como una gran película bélica y efectivamente, se trata de una peli bélica, en blanco y negro, espectacular, atronadora, imparcial, majestuosa y equiparable a los grandes clásicos occidentales; pero solamente durante el primer tercio del metraje. Después, cambia el tono épico y empieza a narrar algo distinto: las brutalidades y crímenes que cometieron los ocupantes japoneses contra los prisioneros y la población civil después de su victoria absoluta. En el segundo tercio del metraje asistimos a la sobrecogedora descripción del asesinato a sangre fría de las decenas de miles de chinos prisioneros. La brutalidad del vencedor parece no tener fin: los vencidos son muertos a bayonetazos para ahorrar balas. O enterrados vivos. Y sin embargo, el espectador todavía está llamado a visitar el horror un poco más de cerca. El último tercio de la película se centra en las violaciones de las niñas y las mujeres chinas por parte de los soldados japoneses. Millares de ellas se vieron convertidas en esclavas sexuales cuya vida no tenía ningún valor en medio de una locura de humillación y dolor.

Lo narrado es tan abrumador que al director y guionista Lu Chan se le puede perdonar cierto academicismo en la manera de construir la peli y algunos minutos que parecen sobrar. El contenido satura cualquier juicio sobre la forma. Afortunadamente, Lu Chan ha huído de planteamientos maniqueos e incluso, en medio de ese infierno, entre los soldados japoneses podemos encontrar la compasión y entre las víctimas la voluntad de vivir y de sobrevivir. Es decir, incluso en medio de la muerte, fluye la vida, que siempre encuentra su camino misterioso, aunque "vivir sea más difícil que morir", como dice uno de los protagonistas.

viernes, 16 de abril de 2010

Las viudas de los jueves


Yo he estado alguna vez en residencias privadas para clases altas en países latinoamericanos. Bien, no en residencias tan lujosas para gente tan rica como los que salen en esta peli; pero sí en urbanizaciones cuya motivación era la misma: la necesidad de separarse, de vivir prodegidos, y al mismo tiempo, encerrados. "Las viudas de los jueves" trata de la vida en una de esas residencias donde los argentinos más ricos (abogados de multinacionales, businessmen, médicos high-class) viven: hay piscinas, jardineros, güisqui de importación, canchas de tenis y mucha gente armada en la puerta, para evitar que pueda entrar el país real, la verdadera Argentina, la América Latina de la pobreza y las villas miseria. Es el sistema, cuanto más pobre es el entorno, más ricos son los ricos; pero más condenados están a vivir en su jaula de oro, sin saber nada de su país, sin ver nunca lo que hay más allá de las verjas vídeovigiladas.

La historia transcurre en diciembre de 2001, cuando el "corralito" y la congelación de los depósitos, es decir, durante la crisis más grave de la Argentina contemporánea. Esa misma crisis que hizo salir a las calles de Buenos Aires a las multitudes también afectó a los residentes de esas urbanizaciones.

Con ese escenario, Pyñeiro, el mismo director de la tierna y hermosa "Kamchatka" intenta contarnos un thriller que sacude la acomodada rutina de los protagonistas. Digo "intenta" porque no lo consigue. La peli se hace aburrida, quizá de tan aburrida y vacía que es la vida de las cuatro parejas del argumento. Hay muchos flash-backs, mucho apunte acerca de la angustia que consume su vida muelle, y algo de moralina sobre el "nada nos basta, por mucho que tengamos siempre queremos más"; pero la peli se hace pesadita, sin que las interpretaciones del elenco de galanes y de bellezas argentinas, ni el interés intrínseco de la historia la salve.

miércoles, 14 de abril de 2010

Le Stanze di Raffaello.



Pasamos unos días en Roma. Visitamos los Museos Vaticanos, esa colección desmesurada y enorme de riquezas, ese botín gigantesco que aturde, ese almacén que guarda la historia simbólica y material de Occidente, que ES Occidente.

Por supuesto, no nos enteramos de mucho, la magnitud de lo que veíamos excedía nuestro conocimiento y nuestra sensibilidad de turistas de rebaño, que quieren ver la Capilla Sixtina. Creo que lo que más nos impresionó fueron "Le Stanze di Raffaello", los antiguos apartamentos del Papa Julio II, decorados con los frescos de Rafael Sanzio. Ya sé que ni cronológica ni artísticamente es exacto lo que voy a escribir; pero me sentí, de algún modo, ante el punto de partida del Renacimiento. Los frescos, verdaderos alardes de técnica y de belleza, irradiaban libertad.

Amparo e Irene estudiaron detenidamente el que quizá es el más famoso: la "Escuela de Atenas". Encontraron cierta incongruencia en la identificación de los personajes que hacían los paneles vaticanos. Según esos paneles y la mayor parte de los autores, los personajes que aparecen en el lado inferior derecho mostrando una bola del mundo y del cielo son Ptolomeo (de espaldas) y Zoroastro (acompañados del propio Rafael y del pintor Perugino). Sin embargo, nos pareció evidente que la figura que estaba de espaldas era la de una mujer. Ellas, que vieron hace poco la peli de Amenábar, llegaron a la conclusión de que esa mujer tenía que ser Hipatia (o Hypatia) de Alejandría, que había desarrollado los trabajos de Ptolomeo.

Aunque esa deducción no coincide con la de la mayor parte de expertos, a mí me pareció razonable. Prefiero la intución de mis chicas que los estudios de los expertos con sotana. Rafael habría pintado esa figura vuelta de espaldas para soslayar la terrible y enfermiza misoginia del arte de la época y de la iglesia católica. Supongo que algún norteamericano ya habrá escrito una novela de aventuras con el tema.

viernes, 2 de abril de 2010

La cinta blanca (Das Weisse Band)


Con tan buenas críticas y tantos premios, tenía miedo de que la quitaran de cartel, así que en la tarde del Viernes Santo, he ido a ver la última de Haneke.

"La cinta blanca" es un esbozo de respuesta a una vieja pregunta, omnipresente en la cultura europea: ¿dónde está el origen del mal? Y una de las muchas caras del mal, en nuestro mundo contemporáneo son las dos guerras mundiales y el militarismo y el fascismo que fueron sus principales causantes.

Haneke, en una película coral, en blanco y negro, muestra al juicio del espectador un pueblo del norte de Alemania, en los años previos al atentado de Sarajevo. Varias capas subyacen en la historia: el sistema feudal prusiano, el dogmatismo protestante y la obsesión por el pecado, que empapa una sociedad que esconde odios y envidias. Una opresiva sensación de maldad reina en el pueblo y se manifiesta en extraños sucesos, muchos de los cuales son símbolos de lo que ocurriría en la historia de los siguientes 30 años. Ya había encontrado esa sensación de maldad, autorreproductiva y perpetua y referida al mismo capítulo de la historia europea, en el libro que comenté en mi entrada anterior "Amphytrion".

Sin embargo, algo dentro de mí, se rebela ante la aparente imposibilidad de vencer a ese mal destructivo e inevitable, que ha reinado y reina en la historia de Occidente.