jueves, 30 de octubre de 2014

El mar. (John Banville, 2005)



Como me gustó mucho “Antigua luz” (2012), volví a leer al irlandés Banville, que pasa por ser el actual número uno de los escritores en inglés. Así que este verano, me sumergí en “El mar” (2005), que fue la novela que, al conseguir el Man Booker, lo dio a conocer al gran público.


Como en “Antigua luz”, tenemos un protagonista maduro, que recuerda pasajes de su primera adolescencia. Breves fragmentos de memorias antiguas, que vienen a su mente cuando, triste y solo, vuelve a aquel lugar de la costa. Huye como todos huimos. La novela crece en torno a una tensión creciente, difusa, terrible, porque sabemos que ocurrirá algo, bien al niño de aquellas viejas vacaciones, bien al adulto maduro que se recuerda a sí mismo. Esa maestría narrativa, esa exactitud en el control del suspense es la marca de la casa del llamado universo Banville (Premio Príncipe Felipe de las letras del 2014).


Mi verano, que ahora me suena tan lejano, transcurrió también junto al mar. Los niños jugaban, competían, vibraban a mi alrededor. Algún día recordaré ese verano. A veces, me estremecía relacionar las sombras de la novela con la infantil alegría pura que me rodeaba. Afortunadamente, recordaré el pasado agosto como un verano más feliz que el de Banville. Me imaginaré (eso es recordar) el mar del sur, luminoso, vivo. Y quizás olvide esta formidable novela. Y alguien me olvidará a mí, al final del todo.


Supongo que, al fin y al cabo, la gran literatura es poner en palabras sencillas lo que tantas veces tanta gente ha intuido: “Llevamos a los muertos con nosotros hasta que también morimos, y entonces es a nosotros a quien llevan durante un tiempo, y luego nuestros portadores  caen a su vez, y así sucesivamente en todas las generaciones imaginables (…) Cierto, algo de nosotros permanece, una fotografía desvaída, un mechón de su pelo, unas pocas huellas, unos cuantos átomos en el aire de la habitación donde exhalamos nuestro último aliento, y no obstante nada de todo esto será nosotros, lo que somos y lo que fuimos sino sólo el polvo de los muertos”.

lunes, 27 de octubre de 2014

Tintalibre:



Nuestro “Fin de Régime” está siendo, como casi todo en esta estepa, lento y tranquilo, un poco provinciano, un poco hortera, aunque nos las demos de postmodernos.  Aquí no hay Rasputines montando a la zarina, sino el pequeño Nicolás haciéndose selfies con la lideresa y el presidente. Pero todo está cayendo, inexorablemente. Se cae de viejo y de podrido. Son les branques de l’arbre de Pujol. Y se va cayendo todo el sistema del 78. Quizá, al final se acelere el proceso y la cosa deje de ser tan tranquila.


La sociedad va descubriendo que no solo era el bipartidismo, sino que los medios de comunicación que sustentaban el entramado de las mamandurrias también se han quedado viejos e inservibles. Enternecedor el “yo no soy un político” del director de La Razón, Marhuenda, ese señor tan rarito y con tantos intereses políticos y económicos, que va a las tertulias a hacer de derechoso leído y digno. Siguen ciegos ante lo que está ocurriendo.


Desde hace un año, ya no leo “El País”, el diario con el nos educamos todos los de nuestra generación. No fue ninguna noticia o editorial concreta. Llegó un momento en que los intereses de sus propietarios se reflejaban demasiado en la pantalla. Así que, como tanta gente, he tenido que buscar alternativas. Alternativas más o menos ajenas al régimen del 78. Ahora miro www.infolibre.es y www.eldiario.es (precisamente fue este último el que destapó el escándalo de las tarjetas black de Blesa y Rato). Prefiero cooperativas que empresas editoriales que le paguen al CEO Cebrián un millón y medio de euros por recomendar a  Felipe VI que escuche a sus súbditos. Quizá sea ingenuo; pero me hago la ilusión de que leo a gente que no debe nada a nadie, gente a la que no le van a llamar por teléfono desde las plantas nobles, pidiendo silencio.


Así que el domingo, en la estación de tren, me compré en papel el semanal de infolibre.es, “Tinta Libre”. Venía con el atractivo título de “Alcaldes y caciques”, y artículos interesantes de R. Lobo, de mi admirado Julio Llamazares y del valenciano M.S. Jardí, sobre Carlos Fabra, ¿cómo no? También me ha gustado mucho el perfil que escribe Carabaña sobre el gran periodista GünterWallraff y la entrevista-comic a Estela de Carlotto. En ella, se comenta que las abuelas de mayo pudieron hacer lo que hicieron por la buena formación cultural y política de la clase media argentina; pero que eso hace más increíble los hechos que ocurrieron durante la dictadura. ¿Qué será de la sociedad española, mediocre y tonta, en este tiempo de incertidumbre que viene?

viernes, 24 de octubre de 2014

La isla mínima.



Ha sido un mes de octubre silencioso, pasivo. Como si este calor extraño nos hubiera impedido ir más al cine, o hubiera subido las estanterías de casa y hubiera hecho inalcanzables los libros. No ha habido alimento para el espíritu ni entradas para el blog.


En el entierro en Massarrojos, Juan me recomendó la peli con los argumentos: “es española, está técnicamente muy bien y la trama cuenta cosas”. Y tenía razón. Se trata de un thriller, que no defraudará a casi nadie. 


Creo que la clave del asunto está en la coherencia y honestidad que se mantiene a lo largo de todo el metraje. No hay trampas. El principio es visualmente maravilloso y el director no engaña: va a jugar con la belleza del entorno natural en contraste con la maldad humana propia del género. Una y otra  vez, las más duras escenas transcurren en algunos de los sitios más hermosos de Andalucía, donde la naturaleza y el esforzado trabajo del hombre (de los jornaleros) han creado tanta belleza que abruma.  En esos marjales se encontrarán los cadáveres. Regresamos a una España que todavía no se ha ido del todo: la de los señoritos, el miedo y la misoginia institucionalizada, con los retratos del dictador como oscuro símbolo del terror que nos espera. Y para seguir con lo previsible, un poli bueno y un poli hijo de puta, de los que se creían su trabajo. Algo así como “Arde Mississipi” con Arévalo haciendo de Dafoe y Gutiérrez haciendo de Hackman. Una película triste sobre un país triste, el de entonces y el de ahora.