Ir al contenido principal

La Odisea de la plata española.


La economía ha sido coronada como la princesa de entre las ciencias sociales. Creen que a través de ella, se puede llegar a alcanzar el secreto de ese animal prodigioso, brutal, gregario y siempre hambriento, que es el ser humano. Yo no tuve esa vana ilusión hasta bien mayorcito, así que la economía que he estudiado, como ya he escrito alguna vez en el blog, ha sido la de los libros de divulgación. Es decir, que no sé nada del tema. Los de la revista Bostezo, me invitaron a una mesa redonda y no fui capaz de decir nada sensato. Cosas de los autodidactas.

Lo último que he leído ha sido este breve librito del célebre historiador italiano Carlo María Cipolla, más conocido por su teoría de la estupidez . "La Odisea de la plata española" sigue el modelo bien establecido por la historiografía económica, que ya explicara el gran Quevedo en sus célebres versos:

"Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado".


Es decir, Castilla descubrió la manera más rápida y eficiente de enriquecerse: ir a robarles a los que tenían. Pero las inmensas cantidades de plata que llegaron a la corona durante los siglos XVI y XVII, tuvieron como efecto una inflación galopante y las deudas de la monarquía hispánica acabaron financiando el incipiente desarrollo del capitalismo en los países protestantes del norte de Europa. Me ha llamado la atención el hecho de que la moneda castellana se convirtiera en la moneda de referencia internacional (incluso en la lejana China), aunque la corona que la emitía (la principal potencia militar del mundo) estuviera casi en una contínua bancarrota. De alguna manera, la situación se parece algo a la de la actualidad con el dólar, EEUU y su principal comprador de deuda pública: la China contemporánea.

Comentarios

Entradas populares de este blog

ICE, F**K You - A Protest Song for Minneapolis

   La casa de nuestro vecino, el moro, tiene una fachada bonita, que combina bien con la nuestra. Me atrevería a decir que esa casa, la casa de mi mujer y la casa de nuestra derecha son las tres más hermosas de esta ciudad industrial y fea. Tres edificios de colores armónicos y marineros, balcones coquetos, rejas de forja. Si toda la calle fuera igual, vendrían los turistas a hacernos fotos y quizá pondríamos una tienda de souvenirs, gentrificada y hortera, en la parte de abajo. Mi mujer haría bonitas artesanías mudéjares y yo cubriría las pérdidas. El moro respetó la medianera común y apoyó la estructura de su nueva casa en cimientos propios y fuertes, en su lado, honradamente. El hombre es albañil y usó todo su oficio honesto para hacerse una casa linda para la vejez. Construyó una terraza parecida a la nuestra. Aunque la disfrutan más que nosotros, sobre todo, en el ramadán. Nosotros no nos quejamos del olor de sus guisos y ellos no se quejan del humo de nuest...

Palmeras en la nieve

Parece una película norteamericana, de las muy taquilleras. Y por eso está haciendo mucha taquilla. Es un dramón de casi tres horas, con paisajes espectaculares, actores guapos (el Casas y la Ugarte), ambientación de lujo y mucha épica.  Cuando los críticos se quejen de que la industria patria no hace productos vendibles, les arrearán con esta peli en toda la boca.  Se basa en el best seller escrito por la alcaldesa de Benasque, Luz Gabás, que se inspiró en la historia de su familia. Y del mismo modo que el libro ha tenido ediciones en otros idiomas, la peli pronto tendrá versiones extranjeras. No me arrepiento de haberla elegido; pero la cosa, con tanta duración y tanta lágrima, me sonaba más a serie televisiva que a peli de cine. A pesar de las idas y venidas de los personajes y del final previsible, me metí en la historia y disfruté cómo debían disfrutar nuestros padres cuando vieron “Lo que el viento se llevó” o “Memorias de África”. La historia está p...

Franco y Trujillo

Ayer cayó un chaparrón agradable que refrescó las calles de Santo Domingo. El agua corre hacia el malecón. La desmesurada capital de la República Dominicana, la primera ciudad de América, siempre mira al mar. Por ese mar, llegaron los antepasados españoles y los desgraciados antepasados africanos. Por ese mar, llegan de vez en cuando los invasores estadounidenses y los huracanes.  Santo Domingo fue el principio de todo: desde allí salieron hacia tierra firme los  aventureros sedientos que conquistaron el mundo para el rey de las Españas, el primer puerto seguro, el primer fuerte a salvo de los pobres taínos que no podían entender el infierno que había venido de otro mundo, más frío y más oscuro. Santo Domingo fue la primera catedral, la primera universidad, la primera ciudad extremeña a miles de leguas de Extremadura, la primera casilla de la terrible partida de ajedrez que las potencias europeas jugaron en las Américas. A Santo Domingo, ruidosa, desordenada, sonriente, le cam...