Ir al contenido principal

Pueblos e imperios. (Anthony Pagden)



Con el final de la Guerra Fría, el norteamericano Fukuyama afirmó que la historia había acabado. En lo político, la visión occidental del mundo se imponía en todas partes, prometiendo con más o menos prisa la democracia y los derechos humanos y en lo económico, el neoliberalismo anglosajón aseguraba un progreso general más o menos alcanzable. Pero la historia seguía su marcha imparable, y tres décadas después, descubrimos que Occidente y sus valores pueden colapsar (empezando por la unión entre países europeos) y que en China, la fábrica del mundo, pueden estropearse las máquinas en cualquier momento. El futuro podría ser una distopía, con una VI República Francesa con Leyes de Nüremberg o un nuevo Al-Andalus  en el 2046.


Afuera hay millones de personas que no pueden esperar a que el progreso y los derechos humanos les lleguen por arte de magia. La primavera árabe y Hulliburton reventaron las vallas y la sombra del choque de civilizaciones, esa perogrullada infantil de Hungtinton, se presenta en forma de inmigración y de islamofobia. El imperio, como todos los imperios, ha perdido su legitimidad y su capacidad y va a levantar muros en lugar de vallas, muros cada vez más grandes, que no pararán a nadie. Porque al otro lado del muro hay mucha gente.


Dijo Mark Twain: «History does not repeat itself, but it does rhyme». Y últimamente, he leído alguna cosa interesante con ese símil. El mundo actual sería, más o menos, como el final del Imperio. El romano, obviamente. El espejo en el que todos los europeos nos hemos mirado alguna vez. Trajo polémica el premio que le dieron al prolífico Pérez Reverte, Arturo,  por este artículo 

Pero el tiro no iba tan desencaminado. Más sutil me parece este artículo que leí hace poco con las misma idea 
 

De todos modos, todas estas metáforas adolecen de lo mismo: la historia, la gran historia los hipnotiza. La historia será la que sea; pero la medida de todas las cosas es cada ser humano y su dignidad. Precisamente, en el libro que he leído en las últimas semanas “Pueblos e imperios. Una breve historia de la migración, exploración y conquistas europeas desde Grecia hasta hoy” del británico Anthony Pagden, aparece a veces esa visión humana y compasiva. 


En el libro, aunque breve, se trabaja a fondo la idea de que el imperio romano inspiró y sirvió de vara de medir al resto de imperios occidentales (el ibérico, el británico, el norteamericano). Y cómo las contradicciones que llevaban dentro (la fuerza centrípeta frente a las fuerzas disgregadoras y sobre todo, las contradicciones morales –lo que hagamos en las colonias puede ser hecho en la metrópoli-) se manifiestan con toda su fuerza en sus colapsos. Me asombró que el tipo conociera también algunas de las entretelas del primer gran imperio europeo: el castellano. Y es que, según leo en la Wikipedia, se formó por estos lares y dedicó mucho tiempo al estudio de nuestras lejanas glorias. Glorias que se olvidarán cuando los bárbaros que están al otro lado del muro, quemen nuestras bibliotecas, como presagia Pérez Reverte, Arturo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El olvido que seremos.

"Ya somos el olvido que seremos. El polvo elemental que nos ignora y que fue el rojo Adán y que es ahora todos los hombres y que no veremos". Del primer verso de este cuarteto de un soneto de Borges tomó el colombiano Héctor Abad Faciolince el título para la biografía de su padre, el médico Héctor Abad Gómez. Motivado por las buenas críticas, compré el libro hace ya muchos años. Y ha acabado en alguna caja, cuyo paradero ignoro, sin ser leído. Nunca nadie lo leerá. Afortunadamente, Fernando Trueba hizo esta excelente película, con guión de su hermano David y dinero colombiano. Como escribí en una entrada anterior, la vimos en dos veces en una de las muchas plataformas que pagamos. La disfrutamos mucho. El atrezzo es muy bueno y la actuación del polifacético Javier Cámara, perfecta. Así que la historia del doctor Abad no fue olvido, al menos por ahora.  John Banville escribió algo así como que estamos vivos mientras viven los que nos recuerdan. Héctor Abad Falciolince aplicó t

Itziar Ituño

Todos nos hemos enamorado de alguna profesora del instituto. Aunque aquí la palabra "amor" tenga más de deseo infantil o de curiosidad ante la vida que de pasión rotunda y madura. Y yo me enamoré de algunas Itziar que pasaron por mi adolescencia. Mujeres de rasgos hermosos, bien vestidas, con timideces mal llevadas ante clases llenitas de hormonas, con cierto pasado oscuro, quizá político, quizá canallita, que se adivinaba en algunas frases sueltas, en alguna sonrisa pícara. Cuando por primera vez vi en la pantalla a la Ituño, supe que ella era todas esas mujeres, que no envejecen nunca aunque se jubilen después de 30 años en el mismo insti y ni me recuerdan a mí ni a ninguno de los adolescentes que les escuchaban embobados. Itziar Ituño se convirtió en una superstar por su personaje de la inspectora Murillo en la serie "La casa de papel", que empezamos a reseñar aquí. ¡Qué envidia y qué manía le tengo al personaje de "El profesor" que es capaz de enamorar

El río baja sucio.

La lejana adolescencia de todos nosotros tiene un río limpio, aventuras, un enamoramiento no correspondido, días largos y borrosos, melancólicos aburrimientos y eternos paseos en bicliceta entre las limpias choperas. De eso trata este librito de David Trueba que me encontré en casa de mis cuñados en el puente de la Inmaculada Constitución.  Uno de los personajes del libro, un secundario con poca importancia en la trama me llamó la atención. Era el típico alcalde, con palillo entre los dientes, ceremonioso con los de fuera; pero astuto y malvado. España ha tenido demasiados alcaldes así, que confundían el desarrollo rural con "su" desarrollo. Han sido los alcaldes de las macrogranjas y las canteras, de los pabellones sin acabar y la ley para los enemigos, los alcaldes que exigían al gobierno obras innecesarias y que le aseguraban los votos al líder provincial, que tenía estudios y colocará al sobrino. Y lo más triste es que esos alcaldes eran de lo mejor que había en ese mundo