Hoy, segundo lunes de Pascua, se celebra la festividad vicentina en el Cap i Casal y en otras doscientas localidades valencianas. La elección de Sant Vicent como santo patrón del país tiene mucho sentido. La biografía de Vicent Ferrer (1350-1419) se entremezcla con la historia del Reino de Valencia, en particular, y con la de la Corona de Aragón, en general, de una manera casi, casi cinematográfica. A pesar de ser hijo de catalanes, él siempre se consideró "valenciano", y representante de una ciudad y de un reino que empezaban su siglo (o siglo y medio) glorioso cuando él comenzaba a caminar y a reñir a los pecadores. En otra época, hubiera resultado inaudito que un enjuto predicador hijo de altos funcionarios decidiera el destino de reyes y papas. Pero eran tiempos de cambios y todo era posible. En la cultura popular valenciana, Sant Vicent sigue ocupando un lugar importante. Escuchen este romance sobrecogedor cantado por el gran Pep Gimeno, el "Botifarra": "Dins del ventre, una vesprada, es sentí lladrar un gos i es quedà tota asustada. Per fi, vingué un sabedor i a la mare li digué: no tinga ningú temor que lo que tindrá vosté serà un gran predicador".
La peste negra había matado a la mitad de la población de Europa occidental. Era normal que Vicent se presentara como un ángel políglota del apocalipsis. La despoblación transformaba la economía medieval. La Corona de Aragón había sobrevivido a la terrible guerra contra Castilla. Pedro el Ceremonioso (Pere el del punyalet) había sometido definitivamente a la nobleza en la batalla de Mislata. La Corona se convertía así en el primer estado "moderno" de la historia, si ese adjetivo es válido en el paso del XIV al XV. Aquella coalición de mercaderes, guerreros, funcionarios, taumaturgos y abogados, se expandía y le disputaba el mundo conocido, es decir, Italia, a los angevinos franceses.
Además de participar en masterchef, recorrer el mundo encima de una mula seguido de flagelantes, anunciar la llegada del anticristo y de promover algún progromo que otro, nuestro Vicent Ferrer participó en los dos hitos de la política "internacional" más importantes de la época: el Compromiso de Caspe y la solución del Cisma de Occidente.
Junto con su hermano Bonifaci y el jurista Pedro Beltrán representó al Reino de Valencia en el congreso que tuvo que elegir un nuevo rey para la Corona y evitar así un guerra civil generalizada. La ley, la ley y la ley, esa obsesión tan aragonesa. Todo indica que el predicador dominico tuvo un peso decisivo en la elección del extranjero Fernando de Antequera como nuevo señor de la Corona (1412).
Por otro lado, la vida de Vicent estuvo marcada por el cisma de Occidente. El Espíritu Santo se había despistado y desde 1378 había dos sedes papales: la de Aviñón y la de Roma. Y los papas de un sitio excomulgaban a los del otro. Es decir, toda la cristiandad católica andaba excomulgada. El aragonés Pedro Martínez de Luna fue elegido papa de Aviñón en 1394. Los franceses dejaron de prestarle su apoyo, así que le tocó huir a Peñíscola en 1403. La "opinión pública" internacional empezaba a ponerse del lado de los romanos. Para la Corona, proteger a Benedicto XIII era incómodo; pero temporalmente le permitía meter el dedo en el ojo a uno de los enemigos tradicionales, el papa de Roma.
Cuando la cosa empezó a oler, tuvieron que trabajar para convencer al papa Luna de que dimitiera. Parece ser que Vicent, que había sido un aviñonista convencido, el rey en persona y Luna y su menguada "iglesia" se reunieron en Morella en 1414.
Nosotros nos hemos alojado estos días en la Casa-palacio de los Marqueses de Cruilles. Es muy probablemente que alguna de aquellas reuniones de alto nivel tuviera lugar en las salas en las que hemos dormido y disfrutado de la hospitalidad de E. Iranzo. Mirando la fachada parece evidente que la Casa Rovira, donde tuvo lugar el milagro culinario del primer párrafo, pertenecía al palacio original.
Todo indica que en este nuevo encargo de Dios, Sant Vicent fracasó. Pedro de Luna se mantuvo en sus trece. No le convencieron. El cabezón murió en 1423, viejo viejuno, sin dar su brazo a torcer. Aún le había dado tiempo de nombrar como sucesor a Gil Sánchez Muñoz, el cardenal de Teruel, que se proclamó (autoproclamó) papa como Clemente VIII. Para que digan que los de Teruel no tenemos papas o antipapas. No tuvo mucho éxito de ventas. Por aquel entonces, el negocio ya había vuelto a Roma y Vicent Ferrer había fallecido en la lejana Bretaña. Ahora está a la derecha del padre, que, amoroso y comprensivo, todo lo perdona.

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