Para que Mussolini pudiera reconstruir el imperio romano, era necesario que la armada italiana (la Regia Marina) superara a Francia y a los británicos en el Mediterráneo. Así que la pobre Italia fascista dedicó recursos masivos en los años 20 y 30 a la construcción de una armada poderosa. A pesar de que llegó a ser la quinta del mundo por tonelaje y de que muchos de sus barcos eran magníficos ejemplos de ingeniería naval, los británicos vencieron claramente a los italianos. Como tantas otras cosas en el país de Mussolini, bajo una apariencia espectacular, se escondían graves fallos estratégicos. Como, por ejemplo, la falta de radares o de portaviones. Además, Malta siguió en poder británico durante toda la guerra. Una china muy molesta en unas botas tan brillantes. En el ataque a Tarento de 1940, se demostró que la superioridad aérea británica obligaría a los barcos italianos a esconderse hasta la rendición de 1943. Los mayores no iban a permitirles más tontadas a los niños pequeños.
La Regia Marina también desarrolló una importante flota submarina. Según la wikipedia, hasta 58 submarinos italianos atacaron a España en la guerra del 36. E incluso le llegaron a regalar a Carrero Blanco dos submarinos de la clase Archimede. Aunque no he podido comprobar esto último. Ya se lo preguntan ustedes al almirante cuando lo vean.
La película, basada en hechos reales, cuenta las aventuras del mejor de los sumergibles italianos, el Cappellini, de 70 toneladas. Al mando de Salvatore Todaro (Favino), cruzó el estrecho de Gibraltar en octubre de 1940. Plus ultra. Todaro es caracterizado como un tipo introvertido y viril, que se identifica con sus hombres. Ni rastro de carcomas o de ideologías oscuras. Es decir, Edoardo De Angelis le ha dado un buen lavado de cara al protagonista, que también anduvo hundiendo barcos españoles en el 37. Supongo que en el mundo del futuro, todos los mandos vendrán con la cara lavadica.
Después de hundir un barco belga, Todaro decide recoger a los supervivientes, poniendo en riesgo a su propio barco y a su tripulación. Durante la segunda guerra mundial, especialmente en la batalla del Atlántico, apareció esta contradicción: los submarinos hundían mercantes de acuerdo a las leyes de la guerra. Pero de acuerdo a las leyes del mar, no se debía dejar a un náufrago a su suerte.
Se les están acabando las provisiones en el submarino. Todaro ordena al cocinero que recite las recetas que se sabe de todas las regiones de Italia . Para animar a la tripulación, que empieza a cansarse de tanta sopa insípida. La llegada a bordo de los belgas con hipotermia no mejora las cosas. Cuando les preguntan cuál es el plato típico de Bélgica, después de discutirlo un rato en francés y en flamenco, informan al cocinero que son las patatas fritas. El cocinero se sorprende; pero siguiendo las fáciles instrucciones, les prepara el mejor plato de su vida a la tripulación y a los náufragos.
Quiero creer que digan lo que digan los fascistas, en nuestra armada, en nuestros guardacostas, en nuestros soldados, en nuestros guardias, todavía queda algo de humanidad. A los negros de una patera hay que rescatarlos. Y protegerlos. Porque son las leyes del mar, que van más allá de las leyes nacionales y de las parafilias de los camisas negras. Quiero creer que incluso, cuando cambiemos de régimen, habrá Todaros que llevarán con dignidad la bandera de España, esa bandera que nació como insignia naval.

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