Si reescriben el párrafo anterior con el talento literario del que yo carezco, y lo alargan hasta construir una novela perfecta, y hacen que el dolor y la incertidumbre sean, además de individuales, colectivos. Y consiguen describir la oscuridad como una maldita ceguera blanca. Si pueden ustedes añadirle toda la maldad humana y al mismo tiempo, toda la hermosura, toda la heroicidad de la que solo los desesperados son capaces, quizá les den el premio Nobel de literatura, como a José Saramago.
El gran escritor portugués imaginaba sus novelas prodigiosas a partir de improbables eventos personales. Partiendo de esas situaciones individuales hacía crecer la trama hasta alcanzar a toda la sociedad. Una anécdota seminal (la pulsión coleccionista del funcionario del registro en "Todos los nombres"(1997) o la existencia de un sosias en "El hombre duplicado" (2002)) le servía para analizar todas las ambiciones, todos los odios, todas las soledades, de nuestros países imperfectos y doloridos. Saramago publicó 10 o 12 novelas redondas. Yo prefiero "Ensayo sobre la ceguera"; pero mi compañero Toni elige "Ensayo sobre la lucidez".
"Ensayo sobre la ceguera" es un lúcido anuncio de la distopía que han diseñado para nuestras sociedades los tecnoseñores. El clima se va al carajo y el gasóleo se acaba; pero los dueños de las grandes plataformas creen que podrán seguir sin pagar impuestos y que podrán huir a Marte, y que los demás, aquejados de la ceguera blanca, no nos daremos cuenta. Votamos y elegimos como jefes a nuestros propios enemigos. A los que nos internarán en campos para exterminarnos. Estamos ciegos. En estos tiempos desgraciados, el malismo es revolucionario. Es una epidemia. El sálvese quien pueda es la nueva religión. Los muy ricos usan a los nuevos fascistas, disfrazados de inconformistas juveniles, para jodernos a todos. Pero siempre hay una esperanza, se llame José de Sousa Saramago o Lula da Silva. Hasta los ciegos comprenden que es mejor colaborar, que es mejor ir todos a uno para lograr comida y esquivar los excrementos. Lo colectivo, lo común supera a lo individual, a lo personal. Y siempre hay heroínas que van limpiando el camino de nazis o al menos, le ajustan las cuentas al jefe de los malos: " La mano levantó lentamente las tijeras, las hojas un poco separadas para penetrar como dos puñales. En aquel momento, el último, el ciego pareció notar una presencia inesperada, pero el orgasmo lo alejaba del mundo de las sensaciones comunes, lo privaba de reflejos, No llegarás a gozar, pensó la mujer del médico, y bajó violentamente el brazo. Las tijeras se enterraron con toda la fuerza en la garganta del ciego, girando sobre sí mismas lucharon contra los cartílagos y los tejidos membranosos, luego, furiosamente, siguieron penetrando hasta ser detenidas por las vértebras cervicales."
Hace unos días, se celebró en Madrid la XXX Cumbre Iberoamericana. Los iberistas somos personas ingenuas que nos conformamos con poco. Personalmente, me alegró que el Borbón fuera capaz de hablar en portugués. Se nota la mano de la Letizia. Saramago, el gran iberista, imaginó que nuestra tierra hermosa se separaba del resto del continente en "La balsa de piedra" (1986). Quizá haya que cruzar otra vez el Atlántico para vencer a los malos que se han vuelto a hacer dueños de las tierras del otro lado y que aspiran a apoderarse también de las nuestras.

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