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"El ejército perdido" de Manfredi


Ya he dicho alguna vez que no me gusta la novela histórica. Por tres razones:
a) Las situaciones son descritas en base a valores o comportamientos claramente fuera de lugar y de época. Es decir, ponen tomates en el Egipto Antiguo, o los judíos de la Palestina de Poncio Pilatos hablan en inglés. Cuanto más ignorante es el autor (o autora), más errores o mistificaciones. Aunque a Dan Brown no le ganan.
b) Todas las novelas históricas alimentan en mayor medida a algún nacionalismo (el ejemplo más cercano lo tenemos en los super-ventas de Pérez Reverte, Arturo).
c) Las historias que narran suelen ser bastante vulgares: chico busca chica, chico supera pruebas, chico venga papá muerto. Si les quitaran los espadones, los castillos y los caballos, quedaría muy poco donde morder.

A pesar de todo, me convencieron de que leyera "El ejército perdido" con el argumento de que Manfredi es historiador y arqueólogo y ha investigado precisamente la historia que narra: la "Anabasis" de Jenofonte. Los que no hayan tenido la fortuna de seguir un plan de estudios del siglo XIX no sabrán que la "Anabasis" es uno de los clásicos griegos más influyentes en la cultura occidental. Narra las aventuras de unos cuantos miles de mercenarios griegos que lucharon a las órdenes de Ciro el joven por tomar el poder del Imperio Persa.
Y la novela tampoco me ha gustado. Está llena de lugares comunes para que el lector occidental se sienta a gusto: los mercenarios griegos son guapos, valientes y metrosexuales. Los persas y los asiáticos son feos, peludos y guarretes. Y la historia no tiene mucho más. Hubiera preferido que el autor tratara un poco más la ventaja que suponía tener armas de hierro, o escritura. El problema es que siempre estamos andando con sucedáneos y al final, nuestra cultura y nuestras referencias son un inmenso sucedáneo de lo que pudiera ser.

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