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Capitães de abril

Creo que la primera vez que vi a la guapísima María de Medeiros Esteves Victorino d'Almeida fue
en su papel de la mafiosa  Fatima do Espiritu Santo, en la gran "Airbag"(1997). Ni siquiera la negociación absurda que mantiene con su genial contraparte, el gallego Pazos (Manquiña) acerca del "conceto", empañaba su belleza casi sobrenatural, casi casi concebida por la IA. 

Tres años después, dirigió su opera prima, "Capitães de abril". Este fin de semana perezoso y lento era el momento adecuado para volverla a ver. La película es un drama histórico que cuenta el golpe de estado con el que la mayoría del ejército portugués tumbó a la vieja dictadura. Se han cumplido 50 años de la gesta. En el viaje que hicimos allí a principios de este abril, pasamos una mañana en la hermosa ciudad de Castelo de Vide, de donde procedía el capitán Salgueiro Maia, un hombre honesto y valiente, principal protagonista de la película. 

En 1974, el pueblo portugués estaba cansado del régimen fascista fundado por Salazar, cansado de derramar sangre propia y ajena en las estúpidas guerras coloniales y de vivir en un país autárquico y aislado, es decir, en el rincón más pobre de Europa occidental. A las 00:25 horas del 25 de aquel abril, se emitió la prohibida "Grândola, Vila Morena". Fue la señal para que los capitanes sacaran las tropas a la calle. Casi nadie defendió a la triste dictadura. Solo hubo 4 muertos, producidos por disparos de los pocos policías y torturadores de la PIDE que se negaban a rendirse. La gente se montó en los tanques porque eran sus tanques. Los claveles florecieron en los fusiles, que fueron los fusiles del pueblo durante unos días. Nunca hubo un mes de abril tan hermoso. El mundo tuvo que girar los ojos hacia ese paísito donde había llegado, de repente, la primavera más digna de la historia. Desde el otro lado de la frontera, donde el viejo dictador seguía pudriéndose y donde los oficiales no eran el ejercito de una nación, sino los guardas de una finca, también miraron. Y tuvieron miedo.

Portugal, siempre ahí, siempre desconocido, tan cercano y tan lejano. Es la pieza que falta en el puzle. Portugal son los 100.000 kilómetros cuadrados que estropean todas las pajas mentales del nacionalismo español más rancio e ignorante. Nada se entiende sin Portugal, ni la geografía ni la historia. Frontera maldita. Si España tiene dos mil años de antigüedad, ¿Por qué no ocupa toda la Península? ¿Por qué no tiene su capital en Lisboa? Portugal es el espejo pequeñito y hermoso donde mirarse, donde aprender. Siempre juntos. "Os nossos irmãos". Pueden tirar a la basura cualquier libro sobre "Historia de España" que no hable de Portugal. Portugal y Castilla protagonizaron la gran expansión europea del XVI. Fueron los reyes del mar. Aprendieron a cruzar océanos infinitos para apoderarse de un mundo entero. En 1640, el conde duque de Olivares tuvo que decidir dónde mandar a las tropas. Eligió mantener Cataluña. Como España, como el lado oriental de Hispania, quiero decir, Portugal perdió sus territorios americanos a principios del XIX y también vivió su propio ciclo de conflictos internos y de larga decadencia. Iberia, tan hermosa, tan triste.

Y en los últimos años, de nuevo, vuelve a haber historias paralelas. El espejito, que siempre tiene dos lados, todo lo refleja. El legítimo presidente António Costa dimitió, cuando se inició una investigación judicial contra él y algunos de sus ministros. En Madrid, un juez ha admitido una denuncia basada en recortes de periódicos y quizá el presidente legítimo dimita. No conozco el sistema judicial portugués; pero mucho me temo que los jueces portugueses se deben parecer a los españoles en sus cuatro principales características: 1) sesgo conservador, por su origen social, 2) pereza, 3) falta de preparación profesional, 4) prepotencia e imagen distorsionada de sus propias capacidades. 

Algún día, todos los habitantes de Iberia volverán a estar juntos, como siempre debieron estar, y mirarán a los mares occidentales con ojos felices, sin miedo a viejos dictadores. Las mentiras parecerán mentiras y las verdades parecerán verdades. Y en los tinteros medievales que todavía usan los jueces florecerán claveles justos.

 

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